Cada mañana dedica dos largas horas a construir su pedestal, que imagina más alto que el de Juárez, tan alto como un faro para los siglos venideros. Basado en la mentira, la simulación y el pensamiento mágico, ha concentrado más poder que ningún otro desde Calles. Para conservarlo más allá de su mandato, necesita, como un paso más, el control de aquella prensa capaz de buscar el único antídoto posible: la verdad. No quiere periódicos, quiere panfletos para su causa.

Su necesidad enfermiza por el aplauso y el halago es bien conocida por sus principales colaboradores, los cuales, por un lado, boicotean a los verdaderos periodistas llenando el montaje mañanero con canallas capaces de cualquier bajeza y, por otro, jamás disienten ante el pensamiento mágico que predomina en sus acciones. De ahí que todo contacto con la realidad a través de la prensa crítica resulte un golpe a su ego, y toda alabanza de sus aliados, un bálsamo, aunque sea en la redes sociales que controlan desde hace tiempo.

Ha hecho de la mentira una política de Estado, organizada y sistemática. En consecuencia, la prensa independiente es la única garantía para impedir que termine por desterrar a la verdad del discurso público. Luis Estrada ha venido realizando un extraordinario trabajo en las páginas de El Universal para exhibir la pulsión por las afirmaciones no verdaderas: en promedio 69 por conferencia, con un total de 23,759, un récord que no tiene ni Trump con casi cuatro años de gobierno. Es un trabajo pionero que merece ser imitado en otros medios. Las mentiras son tantas y tan frecuentes, que desenmascararlas debe ser un trabajo colectivo.

Siente que posee la “verdad verdadera” y su equipo le sigue el juego. Si dice o insinúa que los mexicanos constituimos una raza superior frente al coronavirus, su equipo hace todo para darle la razón. ¿Cómo aceptar a una prensa que recurre a los especialistas para documentar el fraude estadístico del vocero?, ¿cómo aceptar a los medios que revelan un subregistro de casos?, ¿cómo admitir que los periodistas revelen que se cambia la causa de cierto numero de decesos sólo para ajustar los resultados a su visión?

Gusta de los anuncios espectaculares aunque sean ilógicos. Por eso no quiere que la prensa pensante se pregunte cosas elementales: ¿Cómo es posible ahorrar suprimiendo diez subsecretarías si al mismo tiempo no hay despedidos y se mantiene a todos con su salario? ¿Cómo es posible crear 2 millones de empleos en 9 meses, en un contexto económico donde la economía podría caer hasta 10 puntos bajo cero del PIB? ¿Cómo lograr una hazaña que no se ha hecho nunca, ni cuando el país crecía al 8 por ciento? Son preguntas que un pensamiento mágico predominante no puede admitir. Su deseo es anular la posibilidad de que tales preguntas pudieran llegar a la mañanera.

Habla mucho de moral, pero en su conducta no hay integridad, bondad ni caridad. Bien decía León Tolstói: “un hombre de Estado ético, virtuoso, es una contradicción tan grande como una prostituta casta, un alcohólico abstemio o un ladrón honrado”. Para ser un Jefe de Estado, puntualizaba: “debe ser cruel y estar definitivamente debajo del nivel medio de moralidad de la gente de su época y de su sociedad”. La prensa libre es un peligro para un político así.

De la misma manera que no duda en exhortarnos a comer futuras y verduras o en darnos consejos, en cadena nacional informal, para preparar papas con poco aceite, un pozole o aguas frescas, no vacila ni tiene escrúpulos en sacrificar el futuro de generaciones por un presente de aplausos. Un hombre así no puede admitir que la prensa independiente se pregunte: ¿de dónde saldrá el dinero para garantizar el pago de sus programas clientelares? No puede tolerar que se diga lo obvio: que su única preocupación es ganar votos para seguir acumulando poder.

Pero no nos engañemos. No tiene sueños pequeños, el control de la prensa es sólo un paso intermedio, lo que en realidad quiere es desaparecer la verdad objetiva e imponer su propia versión, sus otros datos, como hicieron Stalin, Mao o Fidel Castro.

La prensa independiente, la que no ha renunciado voluntariamente a su capacidad crítica, es el valladar más firme para impedir la sepultura de la verdad. No dejemos que el poder la suprima: compremos los periódicos y revistas, suscribámonos, porque la prensa necesita de sus lectores y sus lectores necesitamos que sea libre.

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