A ocho semanas del regreso presencial a clases, los contagios siguen bajando

Fernando Carrera Castro

Debemos asumir a la pandemia como un reto que nos impulse a crear una educación más inclusiva y de calidad

En la historia reciente de México, es muy probable que el cierre prolongado de las escuelas en todo el país, a consecuencia de la pandemia por COVID-19, haya sido uno de los mayores retos que ha enfrentado el sector educativo.

Por ello, la decisión de las autoridades mexicanas de reabrir las escuelas en este nuevo ciclo escolar 2021-2022, tras 18 meses de cierre, ha sido acertada, necesaria y consistente con el cumplimiento del derecho de todo niño, niña y adolescente a una educación de calidad, además de valiente ante la reinante controversia sobre el regreso presencial, definida por preocupaciones y miedo – totalmente comprensibles – sobre un posible impacto de esta decisión en las tasas de contagio y en la salud del cuerpo estudiantil y el personal escolar.

Afortunadamente, hasta hoy, la evidencia confirma lo observado en países que reiniciaron la educación presencial desde hace meses: las escuelas no son el principal impulsor de la transmisión comunitaria y, si se aplican las medidas de prevención de contagio adecuadas, pueden ser incluso espacios más seguros para los niños, niñas y adolescentes.

Los datos de contagios por COVID-19 a 8 semanas del retorno presencial indican que:

  • La tendencia a la baja se ha mantenido.
  • Mientras que en los 14 días previos a la reapertura de escuelas el promedio de casos por día era algo menor a 1,500 (oscilando entre 2,239 y 563 casos diarios), desde el 30 agosto a la fecha el promedio de casos al día es de 914 (oscilando entre 976 y 200 casos diarios)
  • Un día antes del regreso a clases, se contabilizaban 11,763 casos activos de COVID-19 en niñas, niños y adolescentes; con corte de información al 13 de octubre, los casos activos en esta población asciende a 4,536, lo que representa una reducción de -61.4%

Por supuesto, ha habido y habrá casos de contagio por COVID-19 en las escuelas, al igual que los ha habido en otros entornos sociales.
Sin embargo, de las 100,271 escuelas de educación básica que actualmente están compartiendo información en el tablero de análisis integral del regreso a clases presenciales (67% de las escuelas han regresado a clases), desarrollado en colaboración entre UNICEF y la Subsecretaría de Educación Básica, se reporta que menos de 1% de las inasistencias del alumnado se debe a casos de contagio por COVID-19 (5,407 casos reportados).

El regreso a clases presenciales ha sido posible gracias a las decisiones y orientaciones de las autoridades educativas, pero también gracias a la contribución de todas y todos los integrantes de la comunidad educativa, cuyos esfuerzos queremos reconocer el día de hoy: las y los docentes que retomaron las clases presenciales con motivación y dedicación; los padres y las madres de familia por su rol activo, comprometido y voluntario en la implementación de los filtros escolares y en las jornadas de limpieza; y, por supuesto, las y los estudiantes que cumplen con los protocolos de higiene y seguridad, volviendo a las aulas con una felicidad que contagia.

El regreso a clases presenciales, sin embargo, es solo el primer paso y debemos aprender de lo vivido durante el largo período de cierre de las escuelas en el país.

El costo de ese prolongado cierre ha sido devastador para el aprendizaje, la salud y el bienestar de las y los estudiantes, particularmente de aquellos que viven en mayor desventaja y vulnerabilidad, y su impacto se hará notar por años en toda la sociedad.

Aparte del impacto inmediato y grave en los aprendizajes y el aumento de la deserción escolar, el cierre de las escuelas ha impactado negativamente en la salud física y mental de muchos niños, niñas y adolescentes.

La pérdida de aprendizajes además conlleva pérdidas económicas a nivel de ingresos individuales y del PIB de un país. Como señaló un informe de la OCDE en septiembre del año pasado, se puede esperar una reducción promedio del 1.5 % del PIB anual durante el resto del siglo, algo que impactará principalmente a las poblaciones más vulnerables.

Tras la valiente reapertura de las escuelas, necesitamos ahora intervenciones audaces que pongan a la niñez y a la adolescencia en el centro de todas las decisiones nacionales, que permitan recuperar los aprendizajes y contribuyan a regresar al sistema educativo a aquellos niños, niñas y adolescentes que han dejado de estudiar durante la pandemia, especialmente los más vulnerables social y económicamente.

Aunque el efecto general de la pandemia en la educación fue sumamente negativo, también hubo experiencias positivas: las y los maestros innovaron para mantener el aprendizaje durante la educación a distancia, se fortaleció el uso de tecnologías para la educación, las y los estudiantes aprendieron a ser más autónomos en sus estudios, los padres y madres asumieron roles muy activos en la educación de sus hijas e hijos, entre otras.

La vuelta a clases presenciales nos da la oportunidad de construir sobre lo aprendido durante el confinamiento y crear un sistema y comunidades educativas más resilientes ante futuras contingencias.

México puede seguir contando con UNICEF en su marcha hacia esa meta. La pandemia estará con nosotros por mucho tiempo, y debemos asumir su presencia como un reto que nos impulse a crear una educación más inclusiva y de calidad para toda niña, todo niño y adolescente.
 

Representante de UNICEF en México

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