La dignidad humana no se defiende solo en los tribunales: se construye todos los días desde múltiples disciplinas.

Cuando escuchamos la expresión “derechos humanos”, casi automáticamente pensamos en tribunales, conflictos o manifestaciones públicas. No es una percepción equivocada, pero sí incompleta y quizá cómoda.

Porque mientras sigamos imaginando los derechos humanos como algo que ocurre solo en situaciones límite, dejaremos de ver el lugar donde realmente ocurren: la vida cotidiana.

Están en el hospital, donde se protege la salud; en la escuela, donde se transmite el conocimiento; en las empresas, donde miles de personas trabajan para construir un futuro mejor. Están en la ingeniería que hace más seguros nuestros transportes, en la investigación que mejora los alimentos y en la tecnología que contribuye al cuidado del medio ambiente. No se reducen a un discurso: son una práctica diaria.

Hace unos meses, dos investigadores de mi Universidad, la Panamericana, desarrollaron un oxímetro sin contacto. Más allá del avance tecnológico, ese logro encarna algo más profundo: la protección del derecho a la salud. Así, cada innovación científica, cada mejora técnica, cada avance educativo puede ser también una forma concreta de hacer efectivos los derechos humanos.

Por eso, reducir los derechos humanos exclusivamente al ámbito jurídico empobrece su alcance. También conciernen a médicos, ingenieros, economistas, educadores y profesionales de todas las áreas.

En este contexto, la Universidad Panamericana y el IPADE han apostado por la creación de un Centro de Derechos Humanos que busca precisamente articular estos esfuerzos. A través de una maestría interdisciplinaria y de la coordinación de investigaciones y publicaciones, se pretende profundizar en los fundamentos y desafíos contemporáneos de los derechos humanos. Tan solo en 2024, investigadoras e investigadores de distintas áreas de la UP generaron más de 400 productos derivados de diversas investigaciones en múltiples disciplinas, de los cuales más de 95% tiene alguna incidencia en esta materia.

Además, esta articulación ya cuenta con un primer resultado palpable: el libro “La libertad y las libertades”, que reúne especialistas de campos tan diversos como la filosofía, la comunicación, la pedagogía, la medicina, la ingeniería y el derecho. Proyectos como este muestran que la reflexión sobre los derechos humanos no es patrimonio de una sola disciplina, sino un esfuerzo compartido.

Sin embargo, existe un riesgo evidente: que todo esto no cambie nada. Que el conocimiento se archive, que las ideas se vuelvan cómodas, que los derechos humanos sigan siendo un discurso correcto y quizá estéril. Que este conocimiento permanezca encerrado en círculos académicos. Es por eso que para evitarlo se impulsarán nuevas iniciativas de divulgación —como un podcast— que acerquen estas reflexiones a la sociedad y muestren cómo los derechos humanos forman parte de la vida cotidiana.

El objetivo es claro: que la investigación universitaria no se quede en el papel, sino que incida positivamente en la realidad. Que contribuya a diseñar mejores políticas públicas, a fortalecer las instituciones y, en última instancia, a promover el bien común.

Los derechos humanos no están llamados a ser una abstracción lejana ni un discurso reservado a especialistas. Son la expresión concreta de la dignidad humana en la vida de todos los días. La pregunta no es si creemos en ellos, sino si estamos dispuestos a vivir de acuerdo con sus exigencias.

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