Esta semana fue histórica para el boxeo mundial, pues tanto Óscar de la Hoya como Nico Ali Walsh representaron al boxeo ante el Senado de los Estados Unidos en una moción dirigida por Ted Cruz, senador por el estado de Texas.
Es de llamar profundamente la atención que, por parte del inmenso mundo del boxeo, nadie del gremio ni de la industria haya levantado la voz. Por eso, habrá que reconocer la valentía del nieto de Muhammad Ali, Nico Ali Walsh, pero sobre todo, el coraje del medallista de oro en Barcelona 1992: el mismísimo “Golden Boy”, Óscar de la Hoya.
Dicho sea de paso, De la Hoya ha dado una batalla frontal en contra de los cambios que se le quieren hacer al Muhammad Ali Act, una ley que data del año 2000 y que hoy pretende modificar Dana White, un gran empresario y promotor de las artes marciales mixtas a través de la UFC, pero que, dicho con todo respeto, tiene muy poco tiempo en el boxeo y pretende imponer cambios profundos sin construir desde dentro del deporte, ni generar consensos con quienes lo han sostenido por décadas.

El objetivo primordial del Muhammad Ali Act es proteger los derechos laborales de los boxeadores en los Estados Unidos. Y si bien tiene lagunas legales y áreas perfectibles, durante casi tres décadas ha buscado brindar cierto equilibrio en una industria históricamente compleja.
La ley establece, entre otras cosas, la separación de funciones entre promotores y manejadores, además de exigir transparencia en las finanzas de cada velada en la que un peleador es contratado, así como ciertos lineamientos para los organismos sancionadores.
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Sería mentir el decir que el Muhammad Ali Act es perfecto. No lo es, pero su esencia es correcta, porque al final proteger a las y los boxeadores es lo mínimo que se puede hacer, entendiendo que son ellos quienes ponen en riesgo su vida cada vez que suben a un ring.
En lo personal, me invaden grandes preocupaciones respecto a un posible “revival” del Muhammad Ali Act impulsado por Dana White. De concretarse los cambios al Muhammad Ali Act en los términos que se plantean, el boxeo podría encaminarse hacia un modelo de control centralizado, es decir, un grotesco monopolio muy similar al de la UFC, donde una sola estructura domina contratos, patrocinios, derechos televisivos y carrera de los peleadores, entre otras cosas.
Y es aquí donde se está dejando a un lado lo más importante, porque hoy, incluso con el Muhammad Ali Act vigente, a las y los boxeadores se les sigue robando.
Platicando recientemente con Robert García, con quien hago el programa “BoxingScene al Día” de lunes a viernes, coincidíamos en que el mayor cáncer del boxeo son los intermediarios. Esos que, en el camino, van reduciendo la bolsa original que el promotor ofrece a los peleadores. Cantidades que se van mermando por malos manejos de matchmakers, brockers, manejadores y otros actores del sistema.
Ahí está el verdadero problema que se debe atacar. ¡Ya paren de robarle a los boxeadores!
Finalmente, espero que Óscar de la Hoya y Nico Ali Walsh continúen dando la batalla en nombre del boxeo. Y también espero, aunque se antoje complicado, que Dana White entienda que en el boxeo, como en la vida: no se impone, se construye.
Un deporte con tantos años de historia, errores y aprendizajes difícilmente puede ser transformado desde fuera sin escuchar a quienes lo han vivido desde dentro.