Uno de los ejemplos más claros de que un sector —desafortunadamente grande— de mexicanos no reconoce los éxitos de sus atletas, es el fenómeno Canelo. Un peleador que ha escrito un legado prácticamente imposible de igualar, y mucho menos de superar.

Canelo ha dominado no solamente al mundo del boxeo dentro del encordado. También le dobló las manos al corrupto sistema de este deporte, donde —antes de la llegada del púgil tapatío— el peleador (lo más importante de este deporte) era tratado como un empleado, sin voz ni voto.

Saúl Álvarez cambió el juego al convertirse —al mismo tiempo— en empresario y campeón del mundo, dictando sus propias condiciones.

Algo que ni el hoy emproblemado Floyd Mayweather pudo lograr. Sí, Canelo perdió con Money arriba del ring, pero es innegable que terminó superándolo en prácticamente todos los sentidos fuera.

Cité a Canelo para poner en perspectiva lo que hoy vive la Selección Mexicana en su participación en la Copa del Mundo.

En su momento, el oriundo de Guadalajara barrió con la división de los supermedianos, al proclamarse como el primer campeón indiscutible en la era de los cuatro cinturones, el primer latino en conseguirlo y el primer ser humano en lograrlo en las 168 libras. Para alcanzar esa hazaña, derrotó a tres campeones invictos: Callum Smith, Billy Joe Saunders y Caleb Plant, quienes llegaban con un récord combinado de 78 victorias y 45 nocauts. Así de grande fue aquella conquista.

Ahora, hablemos de la Selección Mexicana de futbol.

Al terminar la fase de grupos, los muchachos del Vasco Aguirre entregaron números perfectos: Tres triunfos en tres partidos, nueve puntos de nueve posibles, la portería inviolable y un saldo de +6 goles.

Un logro que únicamente habían conseguido antes selecciones de la talla de Holanda en Alemania 1974, Brasil en México 1986, Italia en su Mundial 1990, Argentina en Francia 1998 y Uruguay en Rusia 2018.

Basta revisar esa lista para entender la magnitud de lo conseguido por un equipo que, curiosamente, sigue siendo mucho más criticado que reconocido.

Sin embargo, para algunos, nunca será suficiente.

Las buenas noticias no dan carnita. Una derrota vende más, genera más clics, más reproducciones y mucha más polémica que una victoria.

Por eso, hay comunicadores que parecen sentirse más cómodos cuando México pierde que cuando gana.

David Faitelson representa, para mí, ese tipo de periodismo. Criticar, cuando hay motivos, es una obligación; criticar, incluso cuando los números hablan de perfección, termina convirtiéndose en un modelo de negocio. Siempre habrá un “sí, pero...”, porque el éxito jamás generará la misma polémica que el fracaso.

México derrotó con autoridad a Sudáfrica, Corea del Sur y República Checa. Los agrios dirán que ninguna de esas es una potencia mundial.

Tal vez tengan razón, pero también es cierto que las tres salieron con el cuchillo entre los dientes para derrotar, futbolísticamente hablando, al anfitrión de una Copa del Mundo. Ningún partido en este torneo se gana por decreto.

Este servidor prefiere otro camino. Me alegra que a México le vaya bien.

Claro que una derrota genera más vistas y más interacción en redes sociales, pero no estoy dispuesto a convertirme en alguien que necesite un fracaso de la Selección Nacional para tener de qué hablar durante los próximos cuatro años.

Estoy convencido de que algunos ya esperan el primer tropiezo de México. No para analizarlo con objetividad, sino para volver a ser protagonistas ellos y no la Selección.

La diferencia entre los amargos y nosotros es muy simple: Vivimos más felices, porque nos da gusto el éxito ajeno. Y, de paso, entendemos una frase que se ha convertido en uno de mis estandartes:

“La popularidad es la prima prostituta del prestigio”.

Mientras algunos buscan desesperadamente el negrito en el arroz, yo seguiré celebrando cada triunfo de México, porque reconocer el éxito de los nuestros nunca debería ser motivo de vergüenza.

@ErnestoAmador

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