¿Por qué México no se hunde?

Enrique Márquez

1. El Rey Fito.

Antes de entrar en materia política nacional, que está bastante descompuesta desde hace 30 años o más, hablemos del Wasa, un muy infortunado galéon de guerra construido durante la segunda década del siglo XVII por órdenes del rey Gustavo Adolfo II de Suecia (en adelante, simplemente, el Rey Fito, Fito mi Rey o Fito, a secas), de la dinastía de Vasa, que en pleno viaje inaugural el domingo 10 agosto de 1628 habría de hundirse a una miserable milla náutica del puerto de Estocolmo.

Para hablar de México y de la decadencia atroz, incontenible, que vive, junto con otros procesos, desde desde el inicio de la década de 1980, pero más pronunciadamente desde 1991 -cuando Salinas pervirtió la modernización y pretendió reelegirse- yo hubiera podido optar por la referencia bastante socorrida del Titanic que se fue a pique en abril de 1912, dieciocho meses después de que el régimen del dictador Porfirio Díaz se colisionó con el iceberg fatal, norteaño y antirreeleccionista Pancho I Madero. Porque a fin de cuentas lo más interesante, corrijo, lo más atractivo o seductor del súper vapor británico que naufragó, de madrugada, luego de dejar Southampton, con destino a Nueva York, ha sido el taquillero film de James Cameron, y, en especial, el cálido desnudo de la inglesita Kate Winslet, quien, recostada como maja cachonda, con una cara de “tú me haces los mandados, muchachito”, observa, desde un canapé bordado color champange, al infantil de Leonardo Di Caprio que intenta capturar con la diestra y en un lienzo improvisado las guapuras redondas y magníficas de la tímida pelirroja.

Prosigamos con la historia del naufragio del Wasa, que, como desastre internacional, le lleva al Titanic casi 250 años de ventaja.

El nórdico y nefasto domingo de agosto de 1628, minutos después de que se elevaran cuatro velas disparándose el saludo a Fito mi Rey con dos tiros, el Wasa cruzaría lentamente el lago Skeppstron, y luego, con un viento engañoso y suave, a lo largo de los montes meridionales cuando, de pronto, una infame y para nada presentida ráfaga vino a
azotar fuerte y fatalmente al navío ante la mirada atónita de Fito mi Rey y la de sus muy emperifollados invitados de no pocos reinos europeos.

No habían pasado dos horas del humillante acontecimiento, cuando comenzó la búsqueda del sueco expiatorio. El primero en ser interrogado sería el capitán Söfring Hansson, a quien se le preguntó si los marineros y soldados que iban a bordo -cerca de 400-, estaban ese día a reventar de vodka o aquavit o no; si los 64 cañones del barco habían sido amarrados o por qué se decidió llenar el fondo de la nave con 120 toneladas de piedra.

Hansson habría de venir, en un arrebato de increíble confesión, a explicar que antes de la partida ¡hizo correr a treinta hombres alrededor de los mil metros cuadrados de la superficie del barco para checar su estabilidad! y que después de tres vueltas tuvieron que parar porque vieron peligrar la integridad del galeón.

2. ¿Por qué México no se hunde?

Se hunden barcos, yates, balsas, prestigios y barcazas. Pero el país flota y reflota.

Hablando de esa nación que lleva desde hace tiempo en sus desbordantes bodegas, tanques de doble fondo, entrepuentes caídos, compartimentos estancos y piques en proa y popa, una carga infinita de violencias, de fraudes de toda especie y tamaño, impunidades y desigualdad más que extremas, partidos políticos arcaicos y tribales, para no ir más lejos. ¿Por qué, a pesar de todo esto, México no se ha hundido?

¿En qué se sustenta el flotar y reflotar increíbles de un país pleno de bucaneros, traficantes, corsarios y saqueadores multimillonarios, en el que, incluso, la transición a la democracia resultó pirata?

(Entrada del libro de Enrique Márquez, “Breve historia de nuestra decadencia: del hundimiento del Agualeguas del Líbero Comercio al naufragio del Atlacomulco Querido” (1991-2018.), de próxima aparición.

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