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Por mis vecinas

Enrique Márquez

Cómo habremos de convertir este dolor tan grande y nuestro en vida? ¿Cómo crecer para ponernos por encima de la situación y arrojar por la borda todo aquello que nos pesa y aflige? ¿Cómo poder seguir, ¿no obstante?  ¿Cómo iniciar el vuelo necesario que nos falta?

Porque hoy no tenemos más opción que la opción por la vida. Así lo pide la honra de quienes ya se han ido, es la demanda grande y sentida de quienes vagan, vagamos, en las grisuras de lo incierto pero con el alma viva y el corazón entero.

Así lo gritan los más pobres miserables de los pobres relegados en las cavernas del desprecio y la injusticia.

Los iletrados, pero también los de mayor fortuna o suerte, seres humanos lastimados, también tristes. Pero enteros, como yo, como tú, que hemos comenzado a ver la luz al fondo después de tantos días de sombra y hastío.

 El país del sol, este ser de mazorcas y rehiletes de colores que somos, lleno de toritos festivos de lumbre y fuego, está triste, melancólico sin más y no merece demora.

Por más que nos escondamos en el chiste y el desmadre ingenioso y florido, en la indiferencia que responsabiliza sólo las ineficacias y desórdenes de la esfera pública.

Tras la ventana de mi refugio, por encima de mis orquídeas ejemplares, cantan, como cada mañana, muy cerca de Chapultepec, unos pájaros pardos desde la casuarina, árbol históricamente feliz, muy mío.

Pájaros de calor, combustibles y aéreos como yo, llegando, desde temprano con las albricias de la muerte de Doña Margarita, mi vecina del 3, a tan sólo una semana del deceso de Lupita Medina, la vecina del 1, que en su ventana exhibía el símbolo de los Rosacruces de André Bretón, poeta muerto de tanta realidad increíble en 1996.

La muerte ciriquiciaca, como una sombre terrible, subiendo por la escalera de la casa de Samuel León, por las enredaderas de la morada azul de Rafael Loyola, universitarios, mexicanos entrañables, amigos que fallecieron de pronto la semana pasada en la batahola del Covid. Increíble. Ya no están.

Con Rafa y Samuel, hombres de bien, un día soñé, en medio de la parvada feliz de Don Pablo González Casanova, desde la Torre II de Humanidades de CU, que el mundo y México podían cambiar.  Y cambiaron, para bien, después de todo. Aunque queda mucho por hacer.

La muerte y los fantasmas de Juan Rulfo o Thomas Mann, recordándonos que tras la montaña mágica hay un pueblo pleno de vida, aunque algunos se empeñen en pintarlo de negro.

Luego del dolor seguirá la vida, como bien lo aprendí con mis hijos ante la pérdida injusta de Marisa.

La confusión en esta materia tiene que ver con el entendimiento de la idea cristiana: “venimos a sufrir, nuestra divisa de siempre es y será el dolor.”  A diferencia de la Iglesia de Oriente, que desde el 1080 propuso el canto a la vida a partir de la representación de la Virgen amorosa que consiente a su crío y lo abraza, en contraste con la imagen del Cristo sufriente y sangrante, occidental, merecedor de lágrimas y sacrificios hasta el agotamiento de las lágrimas.

¿El dilema estriba, la disyuntiva se marca con enérgico gis entre el dolor y el placer?  ¿Entre Eros y Tánatos?  
Porque el mundo para la vida, la igualdad y la justicia que no supimos inventar después de dos grandes guerras, terminó en los excesos presentes en todo y por todo. En un el goce vacía y sin sentido.

Y la cultura, como una forma de avanzar y convivir, en ese mundo de locura y extravío, perdió peso ante la voracidad del tener, del consumir, hedonista y depredador.

¿Qué sigue? ¿Cómo aspirar a que nuestro dolor se constituya en una digna y nueva grandeza como civilización y vida?

El mundo, nuestro mundo de hoy tan quebrado pero vivo, requiere para seguir que defininamos una economía de la vida, una política nueva, solidaria y vital orientada por la justicia. Y una gobernanza prudente, acotada, eficaz y creativa, que restituya el verdadero sentido de la democracia.
 

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