Deambular por el estudio de Alberto Giacometti (1901-1966) en el vecindario parisino de Montparnasse es como vagar entre seres demasiado vivos y visibles como los muertos.

Porque la obra del gran escultor suizo es un extenso desfilar de muertos y más muertos de yeso duro y blanco, bastante melancólicos, singularísimos y enjutos.

Porque Giacometti era un alma doliente que venía de la segunda dolorosa y traumática postguerra y, sin vacilar, un buen día, decidió cortarles el paso a a todos los sufrientes y sacrificados por “la solución final” del antisemitismo hitleriano.

Es por eso que las figuras largas y perturbadas de cal que viven desde hace tiempo en el universo insoportable de las estatuillas-víctimas aparecen, como noticia o advertencia, para quienes todavía no han nacido.

Un homenaje a quienes vendrán a la vida después de la más pura y desgraciada y violenta muerte.

Porque la solución y la razón nazi todavía están aquí, reapareciendo en explosiones periódicas de odio, discriminación y supremacismo.

¿Por qué?

Los psicoanalistas freudianos hablarían de la incapacidad de duelo de una “Alemania para nada culposa.”

Hannah Arendt se refiere a la “banalidad del mal” al abordar al caso de Eichmann, el asesino nazi que administró “la solución final.”

Arendt manifiesta su horror ante la manera rutinaria, objetiva, burocrática, diligente, en la que hombres de una normalidad desconcertante pusieron en marcha una máquina asesina.

Hitler escribió: “Quien entiende el nacionalsocialismo sólo como un movimiento político no conoce nada de él. El nacionalsocialismo es más que una religión: se trata de la voluntad de crear un hombre nuevo, una creación que pasa por la aniquilación del ser humano.”

Ante esta declaración de principios del Führer, el trabajo de duelo es imposible, un laberinto sin salida, un enigma alemán cuya historia quedó sepultada en un búnker de Berlín.

Pero su locura y la inhumanidad manifiesta, no.

Y el arte, predique o no, salve o no, entretenga o no, es ante todo, podría afirmar Giacometti, la aventura de descubrir esa herida secreta que todos llevamos dentro para poder nombrar y reinventar la vida, la nuestra o la del mundo, hoy tan herida y no de un modo tan secreto, de una forma aviesa, podría decirse que hasta perversa, que nos ha traído hasta aquí, convertidos en una ingrata y sobre poblada necrópolis dada la bárbara “Cultura del Arma de Fuego” contemporánea y el virus imbatible que nos agobia y ha sido el punto de reaparición de las explosiones indeseables de odio y racismo.

“La pandemia de coronavirus sigue impulsando una oleada de odio y xenofobia alrededor del mundo —advirtió hace algunos días— el secretario general de la ONU, António Guterres.

“El discurso de odio sigue buscando chivos expiatorios y fomentando el miedo. El sentimiento extranjero aumentó en internet y en las calles. Las teorías de la conspiración antisemitas se extendieron y produjeron ataques contra musulmanes en relación con el Covid-19.

“Guterres repudió además que se haya vilipendiado a los migrantes y refugiados como fuente del virus y en consecuencia se les haya negado la atención médica.” (La Jornada/08/05/20)

Dos estatuas de yeso de dos jamelgos dos muy erguidos y esqueléticos dos esperpentos bastante magros me despiden de la galería difunta de difuntos que ahora pienso nunca vivieron, aunque del sufrimiento vaya que sí tuvieron experiencia.



Poeta e historiador. Director Ejecutivo de Diplomacia Cultural en la SRE

Google News

TEMAS RELACIONADOS