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La fuerza de la inteligencia social

Enrique Márquez

I. El grupo sin grupo

De la marmórea y densa generación de Los Contemporáneos sólo conocí, pasados un poco mis 20 años, a Carlos Pellicer y Salvador Novo. Del resto, José Gorostiza, Bernardo Ortiz de Montellano, Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta, Gilberto Owen y Enrique González Rojo, no obstante mi admiración por ellos o estaban muy lejos de mi geografía o ya habían muerto.

El caso de Jaime Torres Bodet se coció aparte, pues pese a que al presentarlo en su ya clásica antología Poesía en Movimiento/México 1915-1966, Octavio Paz, justificándolo, señaló: “sus preocupaciones ocupacionales no han limitado la vocación artística”, para un joven poeta provinciano como era yo resultaba muy poco atractivo un escritor demasiado envuelto por el halo de sus altos cargos en Educación y Relaciones Exteriores en las épocas de Ávila Camacho, Alemán y López Mateos, y no en el prestigio contundente de sus versos.

II. Un gran mexicano en el desierto de la UNESCO

Tuvieron que pasar casi cincuenta años del trágico suicidio de Torres Bodet y el mundo estar en una crisis mayor de reinvención y futuro como en la que estamos para que yo pudiera aproximarme al personaje a partir de una pregunta muy circunstancial. ¿Cómo enfrentó el hombre clave de la Diplomacia y la Educación de México el desafío de participar en la reconstrucción del mundo destruido por la Segunda Guerra desde la dirección general de la UNESCO (1948-1952)?

De acuerdo con sus Memorias, la organización “debía ser la conciencia alerta y vigilante del mundo nuevo” pero para lograrlo sería preciso librar -en plena guerra fría- duras batallas con las grandes potencias que “veían -continúa- muchas de nuestras actividades con enojoso desinterés (pues) ¿Qué podían importarles nuestras campañas de educación de base o el analfabetismo? ¿Qué podían significar para esas democracias de blancos puros, nuestras luchas contra los prejuicios raciales?

En noviembre de 1952, después de cuatro años, Torres Bodet se vio obligado a renunciar luego de una fuerte pugna entre los estados miembros por el tema de las cuotas y los presupuestos y la postergación de los programas primordiales.

“Amargos años viví en la UNESCO. Lo que viví en múltiples circunstancias fue una trágica soledad. En las horas decisivas tuve la impresión de encontrarme en un desierto…”, revelaría con mucha amargura al final de todo.

III. Llegó el tiempo

En el derrumbe actual, cuando todas las ilusiones o certezas se han arruinado tras cuatro décadas de un régimen económico y político que sustituyó el bienestar por la ganancia, la cultura, que en la segunda posguerra fue llamada a construir la paz, hoy podría actuar para defender la vida, a partir de los principios y valores que nos son comunes.

En muchos sitios del orbe, la comunidad de creadores, artistas, intelectuales, científicos y ambientalistas, está llamando por ello a reinventar el mundo. Porque la pandemia convoca a resolver algo más profundo que la simple reconversión digital.

Porque, al final, el compromiso de quienes trabajamos en el horizonte institucional de la cultura es cómo apoyar la fuerza de la inteligencia y la iniciativa social. Sólo de esta manera podríamos impulsar además la nueva solidaridad global que el futuro necesita.

Porque llegó el momento de definir un horizonte común. De entender, juntos, que las crisis sanitarias, ecológicas, climáticas, sociales y políticas, forman parte de una sola crisis: la crisis del exceso, del desprecio a la vida y a la dignidad humana.

Llegó el tiempo de reedificar al mundo, no de restaurarlo. De pensar que la cultura es algo más que una cosmética o la vitrina de un nacionalismo vistoso o colorido. Que la cultura somos todos los que podríamos, en este tiempo crucial, sí, cambiarlo todo, contando con el amor solidario. El amor amoroso.


Poeta e historiador. Director Ejecutivo de Diplomacia Cultural en la SRE

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