Dado que la poesía y el amor perdieron su circunstancia es preciso que los devolvamos al centro.

Esta es la nueva obligación ética de la Civilización que empieza.

Porque la poesía y el amor, como el pensamiento crítico, fueron arrojados un día por la borda por los muy obscenos e insaciables constructores del poder de siempre. Porque el poder, toda la obra de Maquiavelo así lo demuestra, es invención sobre la inocencia, el engaño o la fortuna.

Si escribo, en plenos días patrios: “entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”, no estoy siendo sincero, porque nada tienen que ver el amor y la poesía que me inundan con las sentencias del poder.

Por más juaristas que sean.

Si escribo “te amo, te amé, siempre te amaré”, quiere decir estoy más cerca de Francis Cabrel (https://www.youtube.com/watch?v=85lKsSCZm4k) que del paraje mítico y retórico aquél en el que el pastorcito Juárez, vencido por el sueño, extravió un rebaño completo.

Si escribo “Mi sirena” estoy ya en mi elemento, y si anoto “Estambul”, todavía más. Porque entonces los recuerdos son azules, verdes, verdecitos. Lumbres pacíficas convertidas de pronto en incendios y promesas infinitas. Porque el mar y el amor nunca terminan, “sólo recomienzan” (Paul Valéry.)

Si escribo “pozoleros” para recordar el día infausto en el que se reveló que los criminales de mi país disolvían en sendos tanques de químicos los cuerpos de sus competidores, la humanidad se me quiebra.

Y me lleno de pena por tanto y tanto miserable desamor.

Porque la barbarie del siglo XX y del que corre nos ha llenado de muertos y más muertos que la memoria trata de olvidar. Como Creonte, tres veces rey de Tebas, que prohibió sepultar a Polinices para que unas rapaces falconiformes (buitres, pues) vinieran a remover sus entresijos.

Como los miles y miles de quienes han fallecido durante estos meses solos o abandonados en un infame camastro. Sin asistencia ni duelo.

Por eso, para nunca jamás vivirlo, volvamos al centro amorosos, rebosantes de poesía.

Si escribo, como escribió Leonard Cohen, viejazo querido: “Suzanne te lleva a su escondite, al lado del río. /Puedes pasarte toda la noche a su lado. /Y te da té, y naranjas de la China. /Y cuando tratas de decirle que no tienes amor para ofrecerle, /te coge y te mece en sus brazos, /dejando que sea el río el que conteste (…)”

Si escribo todo esto es que voy ya con ella en esa barca del mar que nunca termina.

Si escribo que amo el amor, en pleno 16 de septiembre, cuando cientos de hombres y mujeres de verde o camuflados están ya listos para un desfile militar más por el Paseo de la Reforma, no es que no ame a mi patria, es que no estoy en mi elemento, en la hora precisa. Cuando mi historia con la orquídea misteriosa me remueve hasta el corazón.

Hace 210 años el cura de Dolores, disgustado porque la Junta Subalterna de Valladolid había dado la orden, a nombre del Reino, de embargar y subastar la hacienda de Santa Rosa Jaripeo que poseía con su hermano Manuel, tañó muy de mañana una campana llamando a la subversión.

Y me quedo frío. No estoy en el tricolor elemento.

Porque desde hace horas deambulo por el sexto distrito de París (Boulevard Saint Germain, a la der. Rue de Seine y, luego del maravilloso sitio de las ostras, en la esq. con Rue de Buci), tratando de llegar al Bar du Marché para escribir: “La pasión es una santa demencia/ que te dice: /esto es lo que hay que hacer./ Te podrá asaltar distraído/ cuando no esperas nada/ o navegas sin ton ni son/ y entonces/ si te llega/ si llega hasta ti/ una reina vestida de blanco/ especialmente de blanco/ y sonríe/ sólo abre tus mandíbulas y aúlla./ Y ámala…/ Ámala…/ Ámala…”

Hoy ya es día 17, serpentinas, pitos, esquites y flautas y vivas quedaron proscritos en el Zócalo.

Y pienso, otra vez, en cómo podría amarte, Ma Pucette del Bar du Marché.

Gallinita de mi corazón.

Poeta e historiador. Director ejecutivo de Diplomacia Cultural en la SRE

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