Cocoliztli

Enrique Márquez

I. La barbilla de Marlon Brando

Cocoliztli es un nombre extraño. Porque Coco suena a temor, susto ante lo raro. Porque Coco era un mal nahuatlato.

Cientos de años después de la enfermedad del Cocoliztli, solía decirse a los niños renuentes a dormir: “Métete a la cama, ¡ya!, porque si no va venir el Coco”.

Pero el Cocoliztli, animal de engaño, como acostumbran ser todos los males matones, era una especie de viborilla inesperada y tramposa, una fiebre hemorrágica viral de origen desconocido, que en unos cuantos días podía poner a cualquiera bajo tierra.

“¡Salmonellosis entérica, subespecie Paratyphi C, como agente casual de la enfermedad!” podría alardear de seguro, sin ápice de duda, siglos después, el epidemiólogo de moda, para, segundos después —nada más de la pura satisfacción— mesarse la barbilla con la mano derecha como Marlon Brando en algún momento de sosiego —if any— de El Padrino I.

De 1545 a 1548 se desarrolló la primera epidemia del Coco que acabó con la vida de entre cinco y 15 millones de personas, alrededor del 80% de la población nativa.

“… La espantosa epidemia que afligió á la colonia en esos años, que sobre el inmenso número de víctimas que hizo, tuvo de notable que sólo cebó su saña en los naturales del país (…) Insuficientes eran los hospitales establecidos para recibir á tan crecido número de enfermos; corto el número de hombres destinados para recoger y enterrar á los que sucumbían; faltaban sepulturas para tantos muertos, aunque se abrieron grandes zanjones en los cementerios de todos los templos, y se consagraban grandes campos en los alrededores de la ciudad y el número de cadáveres era tal que permanecían amontonados en las calles y en los patios de las casas durante muchos días”. (Vicente Riva Palacio, “Historia del Virreinato”, México a través de los siglos II)

Pero el animal del engaño, mal de males nahuatlatos, proseguiría reptando por el siglo. Sin parar. La matarife viborilla.

II. Del Coco al primer tratado de herbolaria y medicina indígena

Treinta y un años después, en 1576, en el mes de agosto, según los testimonios, el Coco asolaría de nueva cuenta a los pueblos nahuas o mexicas pues murieron más de dos millones de indígenas al grado que numerosos poblados como Tlatelolco quedarían totalmente deshabitados.

Fray Bernardino de Sahagún, ilustre profesor de latinidad en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, escribió que la mortandad fue tan brutal que “en este pueblo morían diariamente 10, 20, 30, 40, 50 a 60 y 80 gentes y de aquí en adelante no sé qué será” (Historia General de las Cosas de la Nueva España, T. III.).

La gran paradoja sería que el ataque letal del Cocoliztli, animal matón de engaño, en 1545 como en 1576, se ensañó justamente contra el colegio franciscano que desde su fundación (1536) tuvo en la ciencia médica uno de sus principales proyectos.

Dedicado a la instrucción de la élite de los pueblos originarios en torno al Valle de México, la institución novohispana concebida desde la utopía indígena, significó el encuentro de dos culturas muy diferentes: la occidental cristiana y la mesoamericana.

Este primer diálogo intercultural se materializaría en 1552, siete años después de los estragos causados por el Coco en el Colegio, con la elaboración del códice Libellus de Medicinalibus Indorum Herbis por parte del médico náhua Martín de la Cruz y traducido al latín por el indio Juan Badiano, que acaba de ser publicado por la Secretaría de Relaciones Exteriores y la Secretaría de Cultura (INAH y BNAH) en una espléndida edición facsimilar (http://codicecruz-badiano.com).

La publicación forma parte del proyecto Códices Vivos de México, impulsado por la doctora Alejandra Moreno Toscano, y del Programa de Diplomacia Cultural Natur-Kultur que desarrollan la Embajada y el Instituto Cultural de México en Alemania, a cargo del embajador Rogelio Granguilhome y la directora Luisa Reyes Retana.

 

Poeta e historiador. Director Ejecutivo
de Diplomacia Cultural en la SRE

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