Estamos haciendo del empleo formal un privilegio cada vez más caro de ofrecer. En México hay 60 millones de personas ocupadas, pero esa cifra esconde un problema, sólo 22 millones están registrados en el IMSS y 3 millones como trabajadores en el ISSSTE, la mayoría no tienen prestaciones o son informales.

De hecho, durante el segundo trimestre de este año, 94% del aumento de la ocupación ocurrió precisamente en la informalidad. Tenemos gente trabajando. Lo que cada vez nos cuesta más trabajo crear son buenos empleos.

De esto platiqué con Gerardo Hernández, editor de Capital Humano de El Economista, en el podcast En Blanco y Negro, cuya conversación completa pueden ver . Gerardo lleva años siguiendo el mercado laboral y puso sobre la mesa una contradicción que deberíamos discutir mucho más: queremos, con razón, mejores salarios, jornadas más humanas y mayores derechos laborales, pero al mismo tiempo estamos haciendo cada vez más costoso y complicado contratar formalmente.

El problema se entiende mejor cuando vemos dónde está creciendo la informalidad. Gerardo explicó que el empleo informal dentro de empresas formales ha disminuido, mientras aumenta el trabajo en unidades económicas completamente informales. Son negocios que pueden no facturar, pagar en efectivo, carecer de contratos y no registrar a sus trabajadores ante el IMSS. Si mañana despiden al empleado, la relación puede terminar con la misma facilidad con la que comenzó.

Eso también explica por qué una tasa de desempleo baja no cuenta toda la historia. Una persona que perdió su empleo formal y empezó a vender comida, manejar por su cuenta o trabajar sin prestaciones ya aparece como ocupada. La estadística mejoró, pero su vida laboral posiblemente empeoró. Por eso deberíamos medir nuestras políticas económicas preguntando no solamente cuántos mexicanos trabajan, sino cuánto ganan, qué protección tienen y qué posibilidades existen de que ese trabajo les permita crecer.

El salario mínimo muestra bien el dilema. Había que aumentarlo. Durante años quedó demasiado rezagado y su recuperación mejoró el ingreso de millones de trabajadores. Pero ahora entramos en otra etapa. Si los salarios continúan aumentando mientras la productividad permanece estancada, sin que las empresas tengan más ingresos para pagar ese aumento salarial, la diferencia termina saliendo de algún lado: menores márgenes, menos prestaciones, precios más altos, automatización o menos contrataciones.

Los derechos que no vienen acompañados de productividad corren el riesgo de proteger mejor a quienes ya están dentro mientras hacen más difícil la entrada para quienes buscan empleo.

Los datos lo demuestran, de 2012 a 2018 se creaban 462 mil empleos formales cada año, en promedio; en la administración de 2018 a 2024, y quitando el efecto distorsionador de los trabajos de plataformas digitales que antes no se medían, la creación de empleos se cayó a 196 mil al año; pero en la presente administración sólo se crean 132 mil empleos al año. Era muy fácil ver que esto pasaría, si se dificulta contratar, se crean menos empleos.

Para una empresa pequeña la situación es todavía más complicada. Formalizarse significa SAT, firma electrónica, cuenta bancaria, contabilidad, seguridad social y una legislación laboral que muchas veces exige prácticamente lo mismo a una empresa de cinco trabajadores que a otra con mil. La empresa grande tiene abogados, contadores y personal de recursos humanos. El pequeño empresario normalmente tiene una computadora, muchas cuentas por pagar y la necesidad de comenzar a vender cuanto antes. No sorprende que algunos decidan quedarse fuera.

Y justo cuando encarecemos contratar formalmente aparece otro competidor: la inteligencia artificial. Como explicó Gerardo, las tareas de entrada son de las primeras que pueden automatizarse. Eso amenaza un escalón fundamental de la carrera laboral. Si desaparecen puestos de becario, practicante o empleado inicial, ¿dónde aprenderán los jóvenes que dentro de diez años deberían convertirse en supervisores, gerentes o emprendedores?

La salida no consiste en quitar derechos a los trabajadores. Tampoco en exigir cada vez más obligaciones y esperar que las empresas simplemente absorban el costo. Necesitamos elevar la productividad, simplificar la formalización, crear reglas proporcionales al tamaño de las empresas y facilitar esquemas de trabajo parcial con seguridad social. El empleo digno necesita derechos, pero también necesita empresas capaces de crearlo.

México no debe conformarse con que su gente encuentre alguna manera de trabajar. El objetivo debe ser que millones puedan entrar a un empleo formal, aprender, producir más, ganar mejor y construir un futuro. Defender al trabajador también significa cuidar el lugar donde ese trabajo nace. Si hacemos imposible contratar formalmente, la informalidad siempre tendrá la puerta abierta.

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