El pasado 12 de abril Hungría deslumbró al mundo con una espectacular elección parlamentaria, tanto por el récord histórico de afluencia electoral (79%), como por el resultado: el populismo autoritario de Viktor Orbán del partido Fidez fue contundentemente derrotado (38%) después de 16 años en el poder (2010-2026), por Péter Magyar del partido Tisza con 54%, y una mayoría calificada en el Parlamento, de 141 escaños contra 55 de Orbán.
El triunfo de Magyar pone fin a la autocalificada “democracia iliberal”, eufemismo que escondía a un régimen populista-autoritario, corrupto, ineficaz y ultra centralizador del poder.
Es un giro de 180° que recupera a la democracia representativa con división de poderes, estado de derecho y libertades, que el parásito populista les arrebató en 2010. Hungría se asienta en su casa europea provocando una reconfiguración geopolítica continental, en la que transita de un modelo iliberal-personalista a uno pluralista-competitivo.
Apenas anunciada la victoria de Magyar, Bruselas (UE) abría las puertas a la Hungría democrática, destrabando los fondos que tenía congelados a Orbán por corrupción y ausencia del Estado de derecho, eliminando el “veto player” que el populista ejercía contra el apoyo a Ucrania y sanciones a Rusia.
Europa gana, Rusia y Trump pierden. El primero sin un aliado sumiso al interior de la UE y el segundo al carecer de ese soporte europeo para su proyecto MAGA.
Si Magyar aspira a reestablecer su democracia parlamentaria, requiere desmantelar el virus populista que Orbán enraizó en instituciones, jueces y reguladores para tener el poder en un puño. Deberá pasar del “sí se pudo” (vencer electoralmente al populismo), al “sí se puede” (reconstruir la democracia). Dos pasos distintos.
En cambio en México seguimos en el “no se puede”. La presidenta Sheinbaum asistió a una cumbre en Barcelona, cuyo tema y título fue “La defensa de la democracia y las libertades”, con un discurso centrado en nuestra historia de Hidalgo y Morelos a Cárdenas, pasando por Juárez y revolucionarios de 1910, que ocultó toda la dinámica antidemocrática de la 4T, desde el soporte a las medidas confiscatorias de la democracia de AMLO, y la sobrerrepresentación espuria (54-74%), su continuidad, con las elecciones acordeonadas de la reforma judicial, restricciones a las libertades en el amparo, hasta sus planes A y B electorales, que ahora se consolidan con una elección opaca y sesgada, mediante relevos en el Consejo General del INE, de clara simpatía oficialista y desprecio a la experiencia electoral. Para el 2027 asegura un árbitro completamente obsecuente al oficialismo, en detrimento de elecciones íntegras, independientes, transparentes y libres, esto es, DEMOCRÁTICAS, que es lo que la enorme mayoría de l@s mexican@s, el mundo y los inversionistas, esperan en México. En castellano coloquial: “Candil de la calle y oscuridad de su casa”.
Recuerdo una discusión con Lawrence Whitehead, (mexicanólogo profesor de Oxford), en los 80-90s del siglo XX, quien sostenía la imposibilidad de construir una democracia en México, sin contar con instituciones arbitrales electorales independientes y autónomas, que así dieran confiabilidad al electorado. Cuando se conformó el IFE de Woldenberg, reconoció haberse equivocado. Hoy le daría la razón.
Por eso, mientras que Hungría nos demostró que “sí se puede” recuperar a la democracia previamente capturada y castrada por el populismo, en México estamos al ritmo y letra del bolero de Oswaldo Farrés: “ Siempre que te pregunto que ¿cuándo, cómo y dónde? Tú siempre me respondes: quizás, quizás, quizás… Y así pasan los días y yo desesperando y tú, tú contestando: Quizás, quizás, quizás”.
Docente/investigador de la UNAM
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