La presidencia de Andrés Manuel López Obrador implosionó en crisis. El presidente luce descolocado y el corazón de su proyecto ha sido tocado por escándalos de presunta corrupción y conflicto de interés que involucran a su círculo más cercano. De ser una eficaz herramienta de comunicación y el principal instrumento de su gobierno, su conferencia matutina se ha convertido en una trinchera que exhibe a un presidente errático y desbocado en los últimos días. Uno que incluso sobrepasó la frontera de lo legal al exhibir datos personales de un particular.

Desde el púlpito presidencial, lo mismo embistió al periodista Carlos Loret de Mola por revelar la lujosa casa en Houston donde vivió su primogénito, que calificó como Santa Inquisición a la canciller de Panamá por rechazar el nombramiento de un presunto acosador como embajador. Lo mismo arremetió contra Austria por no prestarle a México el penacho de Moctezuma, que pausó las relaciones con España por los abusos que cometieron empresas de aquella nación en el pasado mexicano. Las declaraciones de un Jefe de Estado desplazadas por los arrebatos personales de un ciudadano cualquiera con derecho de réplica.

Las últimas dosis de irritabilidad presidencial son achacadas desde el interior de la autodenominada Cuarta Transformación a una campaña de desprestigio en contra de AMLO, como lo reiteraron— en un atípico comunicado de respaldo— 17 mandatarios estatales de extracción morenista y la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, quien también enfrenta un escándalo por la distribución que hizo su gobierno de ivermectina contra Covid-19, un medicamento no aprobado e ineficaz para combatir al virus. Pero esta irritabilidad más parece reflejar la incompatibilidad de la realidad actual con la visión de cambio que prometió la 4T.

Como lo fue el silencio de Los Pinos tras la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa y el escándalo de la Casa Blanca, que consumieron la presidencia de Enrique Peña Nieto tres años antes de que terminara oficialmente, el ruido de Palacio Nacional es evidente. Si ante la pérdida del control de la agenda, Peña Nieto replegó el diálogo público, López Obrador lo está dinamitando. El manto de moderación con el que el presidente se cubrió para llegar al poder se transformó en la bandera de

polarización que cada mañana iza con orgullo. Y el llamado a la reconciliación nacional que hizo en sus primeras declaraciones como presidente electo fue relegado por su sed de revancha.

Como ocurrió con el cobarde silencio peñista, que terminó por evadir al presidente frente a la realidad, con el estruendoso ruido lopezobradorista, que está aturdiendo al presidente frente a la misma, el peso y la función de la palabra y, sobre todo de la investidura presidencial, están entrando en una etapa de franca devaluación. Especialmente para un presidente como López Obrador, que ha confiado el destino de México en su narrativa y que ha depositado el rumbo del gobierno en su comunicación, esto no es un buen augurio. ¿Está a tiempo el presidente de corregir o el ruido de Palacio será eco del ocaso de un eterno opositor que nunca comprendió que ya era presidente de todos los mexicanos?

Quizá AMLO debería de recordar el discurso que dio en el Hotel Hilton de Reforma en la noche de su victoria presidencial, el 1 de julio de 2018: “Habrá libertad empresarial; libertad de expresión, de asociación y de creencias; se garantizarán todas las libertades individuales y sociales, así como los derechos ciudadanos y políticos consagrados en nuestra Constitución [...] Bajo ninguna circunstancia, el próximo Presidente de la República permitirá la corrupción ni la impunidad. Sobre aviso no hay engaño: sea quien sea, será castigado. Incluyo a compañeros de lucha, funcionarios, amigos y familiares. Un buen juez por la casa empieza”.

El autor es periodista, internacionalista y analista político.
@DiegoBonetGala

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