Un mito revolucionario

David Huerta

Cortázar se puso ciegamente al servicio del régimen de Castro: fue uno de sus propagandistas y “compañeros de viaje”

El cuento de Julio Cortázar titulado “Reunión”, incluido en el libro de 1966 Todos los fuegos el fuego, sirvió para refrendar el mito romántico de la revolución cubana y de sus figuras centrales: Fidel Castro y Ernesto Guevara. Cortázar se puso ciegamente al servicio del régimen de Castro: fue uno de sus propagandistas y “compañeros de viaje”. Entre los episodios más vergonzosos de su vida figura el avieso ataque a sus colegas escritores —que comenzaban a tener serias dudas sobre lo que sucedía en Cuba—: los llamó “chacales” y acuñó un término torcido para utilizarlo como arma polémica contra ellos: la palabra “policrítica”. Fue una manera de deshonrarse y de manchar el trabajo literario de toda su vida.

No sé si Cortázar conocía la mentalidad de su admirado Guevara. Un viejo amigo del escritor argentino, Juan Goytisolo, agraviado por él con aquel insulto (“chacal”), presenció en Argelia, en 1963, un hecho que, estoy seguro, habría perturbado al autor de Rayuela. Guevara descubrió un libro de Virgilio Piñera en la embajada de Cuba en Argel, lo arrojó con desprecio al otro lado de la sala y exclamó: “¿Quién coño lee aquí a ese maricón?” La escena ha sido contada por otros escritores, pero vale la pena tenerla en cuenta porque pinta a la perfección el machismo de esos revolucionarios, tan reaccionarios como el más acabado personaje de la ultraderecha. Ahí es, como en otras zonas de la experiencia y el pensamiento, donde se juntan la izquierda y la derecha. Son iguales.

Aquel desembarco trágico, primer capítulo del movimiento revolucionario en Cuba, tuvo un protagonista mexicano: Fernando Gutiérrez Barrios. Muchos personajes de la izquierda mexicana lo saben muy bien, pero suelen “olvidarlo”, convenientemente. Estoy seguro de que Julio Cortázar ignoraba la existencia de ese temible policía mexicano que en nuestro país encabezó la sangrienta lucha contra los movimientos armados en los años 70.

Gutiérrez Barrios ayudó a Castro y a sus camaradas y les permitió entrenarse, embarcar en playas mexicanas rumbo a Cuba y les ofreció garantías de seguridad para llevar a cabo los propósitos de la insurrección contra el dictador de la isla, Fulgencio Batista. No lo hizo así nada más, por la bondad solidaria de su corazón: a cambio de esa ayuda decisiva, esperaba que los cubanos no se entrometerían en México para apoyar ningún movimiento de izquierda. Los cubanos cumplieron.

Uno de los efectos más deprimentes de esos hechos es el increíble masoquismo de la izquierda mexicana, traicionada durante seis décadas por el dirigente mundial más comprometido con el PRI: Fidel Castro Ruz. Ahí están los mimos de Castro a Carlos Salinas de Gortari, entre mil otros hechos. Pero la adoración por esa revolución traicionada (o “cubolatría”) sigue viva y activa en México, asombrosamente.

Son ciegos como Cortázar, como el ciego del proverbio, el peor de todos: no quieren ver.

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