Poetas laureados

David Huerta

Pero López Velarde no es ni ha sido el poeta nacional de México, entre otras razones porque esa institución no existe entre nosotros, como existe en Inglaterra y en EU

La institución del poeta laureado es muy antigua. La de los “poetas nacionales”, afín a aquella, es más antigua todavía: comienza con Virgilio, consagrado por el emperador Augusto, a quien el Mantuano consagró a su vez en la Eneida. Virgilio es el poeta nacional (o imperial, si se quiere) de Roma.

El inmenso Francesco Petrarca fue poeta laureado en el siglo XIV; su fama y su influencia permiten decir, con toda certeza, que los siglos siguientes fueron “petrarquescos”. El poeta de Laura —laureado por él mismo en el Cancionero— fue el maestro de poesía en Europa durante largo tiempo.

En España ha habido poetas nacionales; en la Cuba de Fidel Castro, Nicolás Guillén fue nombrado poeta oficial de su país, a pesar de que el viejo revolucionario de la Sierra Maestra no sentía mucho afecto por él. En México no ha habido poetas nacionales ni poetas laureados. Mejor dicho: la frase “poeta nacional” se asigna a los poetas famosos, respetados, admirados, queridos. Carlos Pellicer, Octavio Paz, Jaime Sabines han sido todo eso, en diferentes dosis y combinaciones.

Efraín Huerta fue consagrado hace algunos años, extraoficialmente, como Poeta de la Ciudad de México; y tan no es oficial esa designación —más bien, asunto de opinión— que no hay en esta ciudad de la que es “el poeta” ninguna calle, plaza, puente peatonal, paso a desnivel, avenida, cerrada, callejón o glorieta que lleve su nombre; y creo que así está bien. Pero debo aclarar algo: cuando se le propuso a su familia ponerle el nombre de Huerta a un sitio en la ciudad, le asignaron un lugar apenas visible: un caminito oscuro y tristón entre edificios y casas, una auténtica vergüenza.

Hay poemas de inmensa celebridad nacional, compuestos por poetas muy diferentes. De Juan de Dios Peza (“Fusiles y muñecas”), Manuel Acuña (“Nocturno a Rosario”), Salvador Díaz Mirón (“Mamá, soy Paquito”), Guillermo Aguirre y Fierro (“El brindis del bohemio”) y muchos de Amado Nervo, numerosos poemas están en esa situación. “La suave patria”, el centenario poema de Ramón López Velarde, está entre ellos y figura por méritos propios en un canon problemático y discutible, no por sensiblería o chabacanería; es un gran poema.

Pero López Velarde no es ni ha sido el poeta nacional de México, entre otras razones porque esa institución no existe entre nosotros, como existe en Inglaterra y en los Estados Unidos. En realidad, es un asunto de opinión, específicamente de opinión pública; de acuerdo: entonces hay que decir que el del “poeta nacional” de México es un tema ocioso, la verdad. En nuestro país hay premios y distinciones diferentes y contrastantes; hay una Rotonda para los (…y las) Ilustres; pero no existe esa institución de la que hablamos aquí. La del poeta nacional es una cuestión de pareceres, de muy cortos alcances.

López Velarde murió hace 100 años en lo que hoy es la Casa que lleva su nombre. Lo mejor es leerlo, seguir leyéndolo.

Comentarios