Pensar en Altamirano

David Huerta

En estos días he pensado mucho en Ignacio Manuel Altamirano. Volví a leer los versos de “Los naranjos”, el poema suyo que más me gusta

Apenas cumplidos mis 20 años, acepté la encomienda de compilar una antología de cuentos mexicanos del siglo XIX. José Emilio Pacheco me encargó el trabajo y él mismo me ayudó, verde como yo estaba, a que la obra resultara legible. El libro antológico Cuentos románticos se publicó en 1973 en la colección Biblioteca del Estudiante Universitario, dirigida por Pacheco, y de entonces a esta parte ha tenido un extraño éxito, casi exclusivamente en el ámbito escolar; ha sido reeditado algunas veces y se lee y se estudia en los salones universitarios.

Trabajé muchas jornadas en la antigua Hemeroteca, ubicada por entonces en el antiguo convento del Carmen; la maestra María del Carmen Ruiz Castañeda me orientaba y me auxiliaba mucho. Tardes y mañanas enteras me sumergí en las publicaciones beneméritas del siglo XIX mexicano. Me asomé, desde luego, a la extraordinaria revista hecha en 1869 por Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893): El Renacimiento. En 1963, Huberto Batis había publicado los índices de esa revista: su libro fue un instrumento muy útil en mi modesta investigación.

Uno de los escogidos para la antología fue, naturalmente, el propio Altamirano; de él escogí el cuento “Atenea”. Leí incontable páginas suyas. En las páginas de Cuentos románticos conviven sin discordia los escritores liberales (Vicente Riva Palacio, Guillermo Prieto) con los escritores conservadores (José María Roa Bárcena, José Joaquín Pesado); como en El Renacimiento, donde estuvieron unidos en torno al designio postulado por Altamirano: buscar las bases de una literatura nacional.

La política de Altamirano fue tan liberal como romántica fue su poética. Estuvo al lado de Benito Juárez en momentos difíciles y cuando lo juzgó conveniente se le opuso con buenas razones. Nadie puede negarle integridad moral y coherencia política.

En la nomenclatura del gobierno actual, el movimiento de Reforma vendría a ser la segunda transformación. En ella, Ignacio Manuel Altamirano tuvo un papel central. Uno de sus méritos en El Renacimiento fue la voluntad de concordia y de diálogo: los enemigos en la guerra y en la política estarían juntos en los trabajos literarios y culturales. ¿Por qué? Porque los vencedores liberales tenían grandeza de ánimo, temple moral y un sentido de nación claro y definido: no estaban dispuestos a enconar las viejas heridas; querían un país sano y afirmativo, no un campo de venganzas irritadas y querellas sin fin. De ahí la hospitalidad para los escritores conservadores de la más grande y valiosa revista mexicana.

En estos días he pensado mucho en Ignacio Manuel Altamirano. Volví a leer los versos de “Los naranjos”, el poema suyo que más me gusta. Pienso en él con una nostalgia intensa, articulada en torno a lo que sé de él y de él he leído: ojalá que su espíritu encarnara en alguien capaz de emprender una empresa como El Renacimiento. Pero no; no es posible. Es una lástima.

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