Ocho poemas de Góngora

David Huerta

En la Cátedra Góngora comparecen lingüísticas, filólogos, investigadores, archivistas, memorialistas y de vez en cuando algún poeta

El 11 de noviembre di una charla por Zoom en la Cátedra Góngora, de Córdoba, que tiene su sede en esa ciudad de Andalucía.

Joaquín Roses, director de la Cátedra, me sorprendió hace algunos meses con la invitación a participar en un ciclo llamado “El infinito en pie: ocho poemas de Góngora comentados”, en el que intervinimos, entre octubre y noviembre, un puñado de lectores de la poesía gongorina: cuatro españoles, dos mexicanos, una francesa y una italiana: Amelia de Paz, Rafael Bonilla Cerezo, Nadine Ly, Pedro Ruiz Pérez, Joaquín Roses, Laura Dolfi, Martha Lilia Tenorio y yo. Fueron materia de nuestros comentarios cinco sonetos, un romance, una letrilla y una décima.

Digo que la invitación de Joaquín Roses me sorprendió porque suelo autorretratarme sinceramente como “lector de a pie”, frasecita que mi hija me dice que repito constantemente, a la menor provocación, y en la Cátedra Góngora comparecen lingüísticas, filólogos, investigadores, archivistas, memorialistas y de vez en cuando algún poeta —pero nunca, que yo recuerde, participan mexicanos, con la excepción de mi querida maestra, Martha Lilia Tenorio, a quien en España le reconocen justamente dones que yo no tengo y credenciales académicas e intelectuales de las que carezco.

Alguien a quien respeto enormemente me recomendó con Roses y declinar hubiera sido una desfachatez. La conferencia me tuvo ocupado y preocupado buena parte de este año. Para colmo de preocupaciones, me asignaron un lugar notorio en la lista de los conferenciantes: la última charla. Martha Lilia Tenorio habló dos días antes que yo y eso nada más consiguió ponerme más nervioso.

Lo hice lo mejor que pude, por mí, por don Luis y por la afición en general. No diré que fui aclamado, pero salí adelante. Creo que todo valió la pena. Todo: el trabajo arduo, la desazón, la inseguridad, las molestias a un par de amigos que aceptaron leer mis cuartillas cuando las concluí y me ayudaron muchísimo.

Escogí una décima de don Luis de 1617 y comencé mi comentario con una evocación de la frase lopezvelardeana “la majestad de lo mínimo” para hacer un elogio de las décimas en general y de las gongorinas en particular. (Esa frase le da título a un libro reciente de Fernando Fernández, con quien mucho hablo de poesía.)

Volví a asombrarme de las múltiples dimensiones que hay en el menor pasaje de la poesía de Góngora. La décima me abrió a experiencias insólitas. Es un poema breve que hace honor a esa descripción del laberinto hecha por Marcel Detienne: “El camino más largo en el espacio más corto”.

Ya Córdoba no está “lejana y sola”, como en el poema imborrable; allá, con la tumba de don Luis en la mezquita-catedral en la que el poeta pasó tantos años como miembro del coro. Hay ahora en esa ciudad un puñado de amigos, de rostros que puedo reconocer con gusto, de recuerdos —los de esas conferencias, precisamente— que guardo con mal disimulada alegría.

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