Las goteras

David Huerta

La primera vez que escuché la historia fue en la voz pausada de un amigo mío, filósofo y poeta, de Aguascalientes por más señas. La contó con una cara seria hasta el final: el individuo que iba a entrevistar al gran escritor y le decía a éste que no era posible que viviera en tales condiciones, que merecía algo mucho mejor, que había goteras en su modesto departamento y que un gran escritor como él —he aquí su nombre: Jorge Luis Borges— debería disfrutar en grande de su inmensa fama internacional.

Días después, alguien le preguntó a Borges cómo le había ido con su admirador, un escritor entonces peruano; Borges dijo que no lo había ido a ver nadie con esas características, y le aclararon que Mario Vargas Llosa le había hecho una visita hacía poco. “Ah, repuso Borges, no sabía que era escritor; supuse que era un agente inmobiliario.”

Leo ahora en las páginas culturales de los diarios que Vargas Llosa ha publicado en un libro lo que sucedió durante aquella visita al departamento de la calle Maipú y que en esas páginas le hace un sentido homenaje a Borges. No voy a dejar mi relectura de Evaristo Carriego por acercarme siquiera a esa obra inmortal del ahora aristócrata español y novelista laureado, que vive seguramente en una casa sin goteras y sigue escribiendo con el mismo adocenamiento e idéntica chatura con que hace tantos años que escribe, para regocijo de la Academia Sueca y de sus incontables seguidores, que le compran a ésta todo lo que les vende.

No quisiera hacer conjeturas sobre lo que Mario Vargas Llosa siente o piensa acerca de este hecho: que a él le dieron un premio que no le dieron a Borges. ¿Pensará que lo merece más? No lo sé y no vale la pena averiguarlo; no he oído o leído que nadie opine semejante cosa, pues, ¿en qué cabeza cabe que eso tiene algún sentido? El premio a Vargas Llosa no demuestra nada sino lo mal que están las cosas en el mundo en general y en la Academia Sueca en particular. Si hubieran premiado a Borges, a pesar de su complacencia —de la que se arrepintió más tarde— con el dictador de Chile, el premio habría quedado honrado y revalorado. No sucedió.

Lo ocurrido en aquella ocasión con los dos escritores —el inmenso Borges, el microscópico Vargas Llosa— me recordó otra historia. Los amigos de Borges le decían que cobrara las entrevistas que le solicitaban cuando ya era célebre en todo el mundo; él se rehusaba, porque aquello le parecía sencillamente absurdo. Los amigos insistieron tanto que Borges por fin aceptó: “Voy a cobrar las entrevistas”, concedió a regañadientes. Los entrevistadores acudían a verlo con un leve temblor de ansioso nerviosismo y la chequera lista; Borges les advertía entonces que les iba a cobrar. Asentían, aceptaban. ¿Cuánto será, maestro? Solemnemente, Borges les decía la cantidad: un dólar.

El memorable comentario de Borges sobre el “agente inmobiliario” dio en el blanco. Vargas Llosa se lo tiene merecido.

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