José Luis de Peribáñez

David Huerta

La muerte de José Luis Ibáñez deja enlutada a la Universidad Nacional, al teatro mexicano y a la cultura de nuestro país.

El nombre del encabezado de esta columna es el que le dio Salvador Novo a José Luis Ibáñez, maestro de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Conocí ese rebautizo por uno de sus colegas, profesor de Letras Inglesas. Le queda muy bien: allí está su nombre con una amplificación —proveniente de la obra del inmenso Lope de Vega— en la que cabe con plenitud el teatro, cifra de su destino.

Maestro con una capacidad de trabajo ejemplar, conocedor profundo del arte dramático, José Luis Ibáñez murió el pasado martes 4 de agosto en la madrugada. Tenía 87 años de edad y aun así quienes tanto lo quisimos no creíamos que se hubiera ido. No parecía posible, sonaba descabellado, era difícil o imposible de aceptar; como tantas muertes, se dirá: en este caso está todo teñido magníficamente de cariño y admiración. Tanto amor no puede aceptar que se extinga el objeto de su energía.

He leído con atención lo mucho que se ha escrito sobre Ibáñez y mi contribución, aquí, en esta columna, será modesta pero genuina. Lo evoco ahora.

En 2016, en el Foro Experimental que ahora lleva su nombre, hubo una reunión con maestros de la Facultad, presidida por la entonces directora. Se abordaron diversos asuntos y la directora anunció, en un momento a la vez solemne y jubiloso, que dos profesores merecían una felicitación: José Luis y yo. Él, porque el lugar en el que estábamos se llamaría, por decisión del consejo técnico de la Facultad, “Foro Experimental José Luis Ibáñez”; yo, por un premio que me acababan de dar. Me tomó por sorpresa, pero lo más bonito fue que José Luis me hizo una seña para que me acercara, entre los aplausos de nuestros colegas, y nos dimos un gran abrazo. Decir que me emocioné es decir muy poco.

Ibáñez solía invitarme a sus clases para que les hablara yo de poesía a los alumnos. Muy pronto aquello se convertía en una conversación entre él y yo, en la que quien terminaba aprendiendo era el invitado. Yo hacía la exposición inicial y casi de inmediato ilustraba lo que iba diciendo con algún ejemplo: un verso, una estrofa, un poema, un pasaje. Sin falta, Ibáñez complementaba lo dicho por mí con otro fragmento poético, sacado del arsenal inagotable de su memoria portentosa. La sesión solía prolongarse más allá de la hora pactada.

Apenas puedo dar una idea de lo mucho que se le quería en nuestra Facultad y de todo lo que se le va a extrañar. No solamente porque era un maestro excepcional sino porque era de una simpatía desarmante y conocerlo era quererlo de inmediato. Las anécdotas e historias que contaba con una maestría de cuentista formidable no eran el menos atractivo de los rasgos que esmaltaban su trato y lo llenaban de luz.

La muerte de José Luis Ibáñez deja enlutada a la Universidad Nacional, al teatro mexicano y a la cultura de nuestro país. Desde aquí saludo y les doy el pésame a Emilio Méndez, a Mario Murgia, a Margarita González Ortiz, a Lucía Uribe.

 

Comentarios