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El imperativo infinito

David Huerta

A nadie parece ocurrírsele decirle a uno “no hagas nada”. O mejor todavía: “haz lo que quieras”. Este último suena más bien a un consejo escandalosamente inmoral

Esa frase un poco extraña que se lee en el encabezado de esta columna, “el imperativo infinito”, apunta hacia una forma común de imposición, de orden, de mandato, que casi todos utilizamos cotidianamente. Es una frase corta, de sólo dos palabras, que hay que completar con el verbo que pide cada ocasión: “Tienes que”: tal es la frase. Tienes que pensar, considerar, ver, leer, comprar, decir; lo que sigue de aquí es un largo etcétera. Tener que hacer esto o lo otro: tal es el imperativo infinito. Hay que decir (tengo que decir) que quizá no es infinito pero sin duda lo parece; parece inagotable y es incesante, imposible de acallar, locuaz y agobiante.

Es algo tan presente, tan grande, que no se percibe. Se parece a un imperativo moral, pero no lo es, o por lo menos a mí no me lo parece; no surge de una consideración general sobre los valores que deben regir la conducta de cada quien sino de una serie pululante de ocasiones y opiniones particulares, singularizadas: “Tienes que ver esta película porque te va a cambiar la vida”, “tienes que volver a ver el partido de ayer en la repetición pues ya sé que te lo perdiste y eso no puede ser”, “tienes que comprar estos audífonos que te recomiendo porque hasta ahora no has escuchado la música como se debe”.

A nadie parece ocurrírsele decirle a uno “no hagas nada”. O mejor todavía: “haz lo que quieras”. Este último suena más bien a un consejo escandalosamente inmoral; el otro también (“no hagas nada”), desde luego: es el hedonismo de la inacción (“que es la cordura”, como leí en un poema memorable), la grandeza íntima e intransferible del dolce far niente, frase en italiano que se le deshace a uno en la boca como una golosina trascendental. El dulce no hacer nada, el ocio y su grandeza, como una luminosa recompensa ante la agitación de lo que tiene que hacerse, de lo que uno tiene que hacer porque así se lo han ordenado desde todos los puntos de la Rosa.

“Haz lo que quieras; tienes que hacer lo que quieras”: eso sí me parece interesante, a diferencia del imperativo infinito que tan abrumadoramente se nos viene encima a cada momento. (Creo recordar que está al final de una novela entrañable.) Lo que quieras: no aquello que se pone en acción como el fruto de un capricho acaso destructivo; sino el apetito en acción, los deseos genuinos y hondamente enraizados en el momento de salir a la luz para enlazar el espíritu con el mundo. Haz lo que quieras: encuentra una vez más lo que ya has encontrado.

Apenas existe quien descubre que lo que quiere que hagas es lo mismo que tú quieres hacer. Es posible que allí, en ese encuentro, esté la semilla de sentimientos y emociones formidables. Es un encuentro extraordinario. He querido decirte que leas este libro y descubro que eso mismo deseas tú, por ejemplo. Es una forma de coincidir que se parece hasta la identificación con las experiencias más hondas: el amor, la amistad.

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