Un querido amigo me mandó una fotografía de Jorge Luis Borges al lado de Francisco López Merino. Son dos jóvenes que no lo parecen, que no quieren parecerlo: en la imagen son como unos señores severos; mejor dicho: como unos muchachos que empiezan a jugar el juego de ser adultos y apenas lo consiguen, a pesar del auxilio de la ropa seria y la circunspección a la que se sienten obligados. Aparecen sentados en una banca de lo que quizá es un parque público. Andan por los veintitantos años de edad.

Este personaje, López Merino, mereció dos poemas de Borges que conmemoran y lamentan, con tonos de dolida e intensa elegía, la muerte “por deliberada mano” de ese camarada.

El amigo trágico de Borges era menor que él; cinco años más joven, pues nació en 1904 (Borges era del 1899, como bien se sabe).

López Merino era un poeta “un poco dandy”. Se dio un balazo en 1928 a los 23 años. No hay duda sobre la fuerte impresión que esto produjo en Borges, joven tímido y miope, seguro ya de su genio literario pero titubeante ante la vida, el arte, el amor, la muerte. La impresión de esa voluntad en acto de “rehusar todas las mañanas del mundo” duró largos años; al año siguiente del suicidio de su amigo, Borges publicó en Cuaderno San Martín (1929, su tercer libro de poesía), el poema titulado “A Francisco López Merino”, de dolidos tonos elegíacos, a la vez reflexivos y de una intensa emoción.

Cuarenta años después, en otro libro de poemas, Elogio de la sombra, Borges volvió al suicidio de su amigo. Ese segundo poema se titula, a la inglesa, “Mayo 20, 1928”. Comienza de un modo enérgico: “Ahora es invulnerable como los dioses”. La diferencia entre el poema de 1929 y el de 1969 acaso es muy grande; no sabría decirlo; yo, por lo menos, leí los versos de los dos poemas como si fueran una sola composición, uno al lado del otro, en un contacto continuado entre lo dicho por el poeta de 30 años y la escritura del septuagenario que presidía, como un imponente sacerdote secular, la religión planetaria de la Literatura Total.

Sospecho que las sentencias de Albert Camus sobre el suicidio le resultarían indiferentes a Borges. No recuerdo que haya una sola mención de Camus en sus libros; puedo equivocarme, por supuesto. El suicidio, sin embargo, tenía para Borges un indudable espesor filosófico, vivencial, de una urgencia extrema.

En la vida de Borges, Francisco López Merino fue el suicida joven; Leopoldo Lugones, por otro lado, “se mató a principios del treinta y ocho”: fue para Borges el maestro viejo al que le importaba más la “sana teoría” que la “práctica deficiente”, “señor de todas las palabras” y poeta de una originalidad desafiante, a veces estridente, como en el Lunario sentimental, libro del que tanto aprendieron el joven Borges y el soltero eterno de la poesía mexicana, Ramón López Velarde.

Todas las frases entrecomilladas de esta columna provienen de textos de Jorge Luis Borges.

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