Siempre me he considerado una mujer ambiciosa. Durante años, mi definición de éxito fue el alcanzar una lista de metas muy claras: el crecimiento de La Cana, la consolidación de mi práctica como abogada y esa validación constante que te da el tener una agenda siempre llena, el sentirte "cotizada" y presente en cada foro relevante. Era un éxito medido bajo un estándar tradicional; una carrera de resistencia diseñada (ahora entiendo) por y para hombres que no tienen que preocuparse por quién sostiene la vida fuera de la oficina. Estaba convencida de que, para ser una profesional respetada, el agotamiento era una medalla de honor necesaria.
Pero entonces llegó la maternidad y nadie me advirtió que iba a cuestionar todo lo que creía valioso profesionalmente. Al reincorporarme al trabajo tras mi licencia de maternidad, me continuaron llegando invitaciones a foros, reuniones, viajes —el tipo de agenda que antes yo perseguía— y me descubrí diciéndoles que no. Y ahí empezó algo que no sabía cómo nombrar: el cuestionamiento interno, la culpa, el no entender qué me estaba pasando —¿Daniela, la que tanto se había esforzado, la de los reconocimientos, las conferencias, la que nunca rechazaba una oportunidad— ya no quiere trabajar? Por un momento sentí que le había fallado a la mujer que había sido, a esa versión de mí que tanto había construido. A aquella Daniela “ambiciosa.”
En esta búsqueda por entenderme, me topé con el reporte Women in the Workplace 2025 de McKinsey y Lean In —el estudio más grande sobre el estado de las mujeres en el mundo corporativo, que este año analizó datos de 124 organizaciones y encuestó a cerca de 9,500 personas. Por primera vez en sus once años de existencia, las mujeres mostraron menos interés en ser promovidas que los hombres. A primera vista, esto confirmaba mis miedos en torno a que, efectivamente, la ambición de las mujeres —y en particular de quienes somos madres— simplemente se apaga. Pero al profundizar, la interpretación correcta era otra —y en ella reconocí perfectamente lo que yo estaba viviendo: si ambición significa estar siempre disponible, trabajar todos los fines de semana y medir el éxito únicamente en títulos, ascensos y viajes de trabajo, entonces sí, muchas ya no queremos eso. Lo que ha cambiado no es nuestro nivel de ambición, sino lo que entendemos por ésta y lo que estamos dispuestas a sacrificar para alcanzarla. Y eso no es rendirse. Es, finalmente, empezar a definir el éxito en nuestros propios términos.
Para mí, el éxito hoy ha dejado de ser esa validación externa de la agenda saturada que antes me definía. Ahora, el éxito se siente en los momentos que el sistema consideraría "improductivos": es que me dio tiempo de ir a la clase de estimulación temprana de mi bebé; el haber podido ir al parque a sentarnos en el pasto una hora a hacer "nada", es haber podido estar con él en la mañana sin la prisa de salir corriendo a una junta, o lograr llegar a tiempo para bañarlo. Éxito es liderar mis proyectos con la misma pasión de siempre, pero con la paz real de estar presente en los momentos cotidianos de la vida de mi hijo y desconectarme los fines de semana para disfrutarlo.
Desde que soy mamá hay cosas que simplemente ya no estoy dispuesta a hacer, y que antes me hacían sentir importante o me parecían señal de que iba por buen camino. Ya no me desvelo trabajando a menos de que sea absolutamente necesario. Ya no viajo por trabajo si no puedo ir y volver el mismo día. Ya no acepto compromisos que me quiten los fines de semana. Ya no lleno el calendario sin dejarle un hueco fijo a mi hijo —ese tiempo es tan inamovible como cualquier junta. Ya no mido mi valor profesional por qué tan ocupada luzco. Algunos lo llamarían falta de ambición; yo lo llamo claridad.
Soy completamente consciente de que poder elegir todo esto es un privilegio enorme. Hay mujeres para quienes la flexibilidad es inalcanzable —para quienes la doble jornada es la única que existe porque los trabajos son precarios y el sistema de cuidados es insuficiente o inaccesible. Y mientras eso no cambie, mientras no haya corresponsabilidad real ni infraestructura que sostenga a las mujeres que trabajamos, el único modelo de éxito disponible seguirá siendo el masculino: el de quien está siempre presente porque se asume que no tiene que preocuparse por quién sostiene la vida en casa.
El reporte de McKinsey es claro: cuando las mujeres tenemos control real sobre cómo y dónde trabajamos, somos más productivas y más comprometidas. La flexibilidad no apaga la ambición, la libera —y el problema es que sigue siendo la excepción. Con la maternidad, la ambición no se apaga. Simplemente se niega a ejercerse bajo las viejas reglas.
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