Hace cuatro años, Sandra Cuevas, entonces alcaldesa de Cuauhtémoc, inició la guerra contra los rótulos, una manifestación de la cultura urbana que decidió proscribir del terruño que entonces gobernaba, sustituyendo los colores de la gráfica popular por pintura blanca. Numerosos chilangos rechazaron la decisión. Hoy, Clara Brugada ha emprendido una guerra florida para “ajolotizar la ciudad”. La jefa de gobierno lo explica así: “Si ajolotizar significa llenar de color lo que antes era gris, construir utopías, dibujar murales, transformar el espacio público, pintar de morado feminista, crear el sistema público de cuidados, invertir en movilidad y en electromovilidad, modernizar el tren ligero, construir cablebuses, entonces, claro que estamos ajolotizando…” Y numerosos chilangos, de nuevo, critican y se burlan de esta idea. La ajolotización cromática que ha emprendido Brugada, pintando de rosa, morado y guinda los espacios públicos de la Ciudad de México, es el extremo opuesto de lo que en su momento hizo Cuevas pero, como sabemos, los extremos en algún momento pueden unirse: las dos caprichosas órdenes son ejemplos de un autoritarismo que ignora opiniones, razones e incluso normativas. A unos días de que arranque el Mundial y miles de turistas y decenas de medios internacionales aterricen en la Ciudad de México, esta súbita ajolotización camina como campaña, se mueve como campaña y hace ruidos como de campaña. ¿Será una campaña…? Esta modesta columna cultural no es experta en la grilla política capitalina, así que serán otros los que debatan si esto que parece una campaña rosa-morada-guinda de autopromoción partidista es correcta, e investiguen cuánto dinero le está costando a los sufridos contribuyentes capitalinos… Lo que sí está en nuestros terrenos periodísticos como sección de cultura y ciencia, es ocuparnos del manoseado protagonista de este ruido mediático: el ajolote, pero no el ajolote morado del bienestar, sino la especie endémica xochimilca, más bien oscura, cuya existencia está en grave riesgo por la invasión de su hábitat y la contaminación del agua de la antigua zona lacustre de Xochimilco. Lo han advertido científicos de varias instituciones mexicanas desde hace años, pero los responsables ambientales de todos los gobiernos de ayer y hoy no han hecho caso... El ajolote de Xochimilco vive sus últimos años antes de desaparecer, víctima de la corrupción de quienes han permitido numerosos delitos ambientales, y de otros que no han querido invertir en la regeneración de la zona chinampera de la ciudad. Que el ajolote resista entre la basura y las aguas negras no lo vuelve motivo de orgullo sino de vergüenza. ¿Cómo se dirá vergüenza en náhuatl? (Escríbanos a columnacrimenycastigo@gmail.com)

