Hace un par de semanas, el gobierno de la CDMX dejó a la población saber que debido a falta de agua en el sistema Cutzamala, había escasez de agua grave. Por su cuenta, nos resta menos de medio año de agua. Anunciar eso fue la peor decisión posible. Enfrentado con una escasez grave de agua, puedo imaginar que muchos llegaron a casa con la idea de llenar garrafones, tinacos y cisternas. Quizás, la extracción de agua potable en el sistema se incrementó dramáticamente en las últimas semanas, mientras que la gente se preocupaba por guardar suficiente agua, como asegurar la entrega de agua por pipas, si la captación de lluvia será posible en cantidad suficiente como hay poca lluvia este año, o si bajarán el valor de sus propiedades, si no era mejor vivir en unas alcaldías que no dependen del agua de Cutzamala, entre otras preocupaciones causadas por pánico. Pero no pensaban en soluciones más definitivas.

En 1994, la ciudad de Bogotá enfrentó una fuerte escasez de agua debido a varios colapsos de túneles en el sistema Chingaza que provee agua a dicha ciudad. El gobierno federal de Colombia propuso un plan para limitar el acceso a agua potable, amenazando con usar tandeos si la gente no reducía su consumo drásticamente. Sucedió lo contrario, el uso se incrementó radicalmente en un periodo muy corto. El pánico impulsó el acaparamiento de agua en casa. No fue hasta que el alcalde en ese momento Antanas Mockus y su equipo presentaron otra manera de enfrentar el problema: trabajar con la gente. El nuevo programa redujo el uso de agua.

Bogotá se enfrentó con dos semanas de escasez; sin embargo, lograron una reducción del uso de agua que siguió bajando durante casi dos décadas. ¿Cómo lo lograron? dando a la gente indicaciones directas y detalladas sobre cómo bajar su consumo, presentando campañas de comunicación inolvidables —y algunas veces muy chistosas— como cuando el alcalde salió en un anuncio de televisión tomando un baño con su esposa, para mostrar que dos personas se podrían bañar juntos y usar la mitad de la cantidad de agua. También hicieron una campaña de “vergüenza” contra las empresas y lugares que gastaban demasiada agua. También promovieron el “reloj de agua”, una instalación que le recordaba a los bogotanos el nivel del agua de la ciudad y la importancia de sus acciones para ahorrar agua.

Y bueno, Bogotá enfrentó con éxito su crisis del agua. Podemos aprender algunas cosas de ella, pero nuestra ciudad está enfrentando una crisis diferente y prolongada —un desabasto de agua causado por problemas de infraestructura que causa pérdidas de aproximadamente 40% del agua potable en el sistema, el cambio de medioambiente en general que genera una menor precipitación, el desgaste total de uno de los glaciares que antes proveía de agua a la ciudad, y una población cada vez más grande. ¿Qué podemos hacer?

Por un inicio, podemos cambiar nuestra relación con el agua, mejorando su uso, y tomando medidas de prevención y mitigación como las de Bogotá. A pesar de las diferencias entre las crisis que enfrentamos, hay lecciones que podemos aprender en cómo inspirar a la población a disminuir el consumo de agua. Pero no podemos esperar que campañas enfocadas al cambio de comportamiento resuelvan nuestro problema. De acuerdo con Conagua, el acuífero mayor de la CDMX está enfrentando un problema grave —solo recargamos 512.8 hectómetros cúbicos al año, mientras que extraemos 993.23 hectómetros cúbicos al año. En breve, eso representa una recarga de 51.63% del uso anual. El acuífero está sobreexplotado. Nuestro consumo del agua foránea del valle de México a través del sistema Cutzamala y otras fuentes también tiene complicaciones y genera conflictos sociales. Lo que viene hacia nosotros le fue quitado a alguien más, y la construcción y operación del sistema ha causado conflictos —a veces violentos— con pobladores mazahuas, campesinos, y otros grupos.

Una solución posible la podemos encontrar en Asia, y en particular en la ciudad posiblemente más moderna del mundo: Singapur. La isla es famosa por un programa de agua reciclada. Pero ¿funciona el tratamiento de agua para las tomas de agua en casa?, ¿no sería algo sucio? ¿contaminado?

El NEWater de Singapur es un sistema de agua tratada y reciclada (y a veces embotellada) que sobrepasa los requisitos mundiales de limpieza e idoneidad para el consumo humano. El agua pasa por procedimientos de microfiltración por membranas que no dejan pasar partículas contaminantes como bacterias y sedimentos. Luego, el agua pasa por ósmosis reversa, que quita virus, bacterias restantes de la microfiltración, metales pesados como el plomo, pesticidas, hidrocarburos, y otras contaminantes. Finalmente, el agua pasa por un proceso desinfectante usando luz ultravioleta, que elimina cualquier bacteria o virus que no fue filtrado anteriormente. El resultado es agua tan limpia que es usada para procesos industriales que requieren agua más limpia de la que tomamos en casa.

En muchas partes del mundo, desde Australia hasta Namibia, el uso de agua reciclada para consumo humano tiene raíces en los años 90. Aquí en la Ciudad de México no contamos con la práctica a nivel del que una ciudad de nuestro tamaño requiere.

La realidad es que el agua tratada es agua. Punto. Toda el agua que tomamos, o bueno, casi toda, en un momento fue consumida por otro organismo en este planeta —quizás un dinosaurio, un árbol, o una colonia de microbios. Pero no es “virgen”, solo está más alejado de su uso anterior: el agua de una planta purificadora.

El mensaje, contando las evidencias, es claro. Es hora de reciclar.

Profesora-investigadora del CIDE

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