9 de marzo: un día sin mujeres (pero con ellas)

César Güemes

No la vieron venir. O, como también decimos coloquialmente, les cayó la voladora.

El movimiento a favor de las mujeres en el país, que había dado algunas claras señales de existencia, no era ni de lejos hace medio año lo que es hoy. Y tampoco es por ahora mesurable la fuerza con la cual llegue al 9 de marzo, un día que dividirá la historia de México y ya nada, por fortuna, volverá a ser como es en este momento.

El movimiento específico de feministas se vio desbordado. En un lapso que podemos considerar breve pero necesario, pasó a ser, como le decía al inicio, un movimiento a favor de todas las mujeres que, en buen romance, se puede traducir como “hasta aquí llegamos y háganle como quieran”. Y que se complementa con las naturales peticiones de orden legal para proteger, salvaguardar y respetar los derechos que cualquier mexicana tiene. En efecto, curiosamente, son peticiones de que las autoridades actúen conforme está en la ley, en los reglamentos, pero que poco a poco fue dejando de cumplirse hasta que el género femenino se volvió, además de víctima, invisible cuando de impartir justicia se trata.

Las mujeres que el 9 de marzo detendrán sus actividades cotidianas para sumarse a la protesta reivindicatoria son la ardiente punta de lanza de un movimiento, el suyo, que a poco menos de dos semanas ha generado un miedo no antes visto en la clase política. Miedo de verdad, que ha llegado al extremo de no mencionar por su nombre, por ejemplo, a la niña Fátima, víctima desdichada no de un sistema “neoliberal” —qué payasada y qué falta de respeto y qué ausencia del mínimo conocimiento de las fuerzas económico-políticas— sino de un clima generalizado de impunidad. La falta de un plan, por malévolo que fuera, para apropiarse de Fátima por parte de sus victimarios no obedeció a la falta de inteligencia, sino a que apostaron, como lo hacen todos quienes cometen ilícitos así de aberrantes, que estarían protegidos porque en México nadie hace nada. Y si ahora, antes de que se descubra toda la verdad sobre el caso, las autoridades salen a dar la cara e intentar cubrirse de laureles, se lo deben a que la ciudadanía actuó para ubicar a la pareja que llevó a acabo el ilícito. Además, si lo vemos fríamente, en caso de que las cámaras y las indagatorias que llevó a cabo la autoridad hubieran bastado, no harían sino cumplir con el deber por el que se les paga, por devengar el dinero que reciben y del que comen.

El lamentable crimen en contra de la niña Fátima se sumó a la causa de las mujeres por hacerse ver, por solicitar una defensa que les garantiza la sola existencia pero que a lo largo de las décadas se ha ido desvaneciendo.

De inmediato, en cuanto se hizo evidente la fortaleza del movimiento de las mujeres a favor de sí mismas, y con nula capacidad de respuesta política, se activó en las redes sociales —ese termómetro que minuto a minuto revela siempre en el subtexto más de lo que se dice— una suerte de antimovimiento en el que se ha tratado —y continuará tratándose de aquí al día 9— de desvirtuar la razón que asiste a las mujeres. El gobierno federal, y en particular esta extraña tiranía de un solo sujeto, el titular del Ejecutivo, responde con sonrisitas, gracejadas, evade en forma vergonzante el tema y evidencia el miedo que le causa que sus boberías sean naturalmente rechazadas, luego de que lleva más de un año destruyendo todo, burlándose de todo, desgobernando en toda regla y aun así con un índice de popularidad muy alto, como si ese índice representara el bienestar, la seguridad y el avance social del país.

Las mujeres que desde sus diversos ámbitos forman parte de la organización ya se dieron cuenta de la maniobra gubernamental para ignorarlas y paso a paso, metro a metro, van actuando en consecuencia: a diario ganan adeptos, mujeres y varones, a diario están en los medios, a diario ofrecen la razón para defender los derechos que siempre han sido suyos. Y eso, a una administración tiránica, además de no agradarle, le causa un enorme miedo porque no sabe ni cuenta con los talentos para enfrentar una fuerza que representa no los 30 millones de votos tan cantados como si se hubieran obtenido en buena lid, sino que abarca, por lo pronto, a la mitad del país. Hablamos, en números cerrados, de 60 millones de mujeres.

El movimiento, la marcha, la ausencia de las mujeres en los comercios y labores de todo tipo que viene para el día 9 tiene a los gobiernos locales y al federal, por fin, con la espalda contra la pared. Desde luego, si bien el movimiento se manifieste de manera física en toda la República, es entendible que las mujeres que participen no sean las 60 millones de mexicanas, pero se entiende también —y eso lo saben fuerte y claro en la administración pública— que representan a todas las mujeres y a todos los varones que las apoyen.

Como medida desesperada, secretarías locales anuncian que no descontarán el día a las mujeres que participen en el movimiento. Nomás eso faltaba, tanto que les descontaran o por otra parte que las “perdonaran”. El día 9 le quedará en claro al gobierno federal que las mujeres no necesitan permiso para vivir.

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