Circula desde hace años una anécdota empresarial atribuida a un japonés radicado en México. Puede que haya cambiado de empresa, de dueño y de detalles según quien la cuente, pero la idea central es poderosa.

En una negociación laboral, la empresa pone sobre la mesa una oferta: aumento salarial, mejores prestaciones, ciertos beneficios adicionales. Hasta ahí, nada extraordinario. Lo interesante viene después, cuando la empresa pregunta al sindicato: “¿Y ustedes qué ofrecen?”.

La respuesta, según la anécdota, no es una nueva exigencia. No es una amenaza. No es un bloqueo. No es una lista interminable de agravios acumulados.

Es una contraprestación.

El sindicato ofrece reducir el ausentismo, mejorar la productividad, disminuir desperdicios, elevar la calidad o cumplir determinadas metas operativas. En otras palabras: la empresa mejora las condiciones de los trabajadores, y los trabajadores mejoran las condiciones de la empresa.

Eso se llama negociación.

No porque una de las partes renuncie a sus derechos. No porque el sindicato deje de defender a sus agremiados. No porque la empresa tenga siempre la razón. Se llama negociación porque hay intercambio. Porque una parte pide, pero también concede. Porque cada demanda viene acompañada de una responsabilidad. Porque el acuerdo no se construye sobre la presión de uno ni sobre la imposición del otro, sino sobre una pregunta elemental: ¿qué pone cada uno para que esto funcione mejor?

Esa pregunta no la encuentro por ningún lado en el conflicto entre la CNTE y el gobierno.

Durante semanas se habló de “mesas de negociación”. La expresión se repitió en comunicados, entrevistas, conferencias y notas periodísticas. La CNTE se sentó con el gobierno. El gobierno recibió a la CNTE. Hubo reuniones, propuestas, pausas, reanudaciones, avances parciales y desacuerdos de fondo.

Pero sentarse en una mesa no significa negociar. Negociar implica algo más exigente.

La primera regla de una negociación real es que las partes lleguen con mandato y con capacidad de movimiento. Si una parte llega únicamente a repetir una exigencia inamovible, la mesa no sirve para construir acuerdos; sirve para escenificar posiciones.

Si el planteamiento es “deroguen esta ley”, “desaparezcan este sistema”, “aumenten el salario en cien por ciento” y “resuelvan todo lo que pedimos”, pero no existe disposición a revisar costos, alternativas, viabilidad, contraprestaciones o consecuencias, entonces no estamos ante una negociación. Estamos ante una exigencia arbitraria con formato de diálogo.

La segunda regla es que debe haber intercambio. No necesariamente simétrico, pero sí real. Una parte puede pedir mejores condiciones laborales, pensiones más dignas, mejores ingresos o mayor seguridad social. Es legítimo. Pero la pregunta que necesariamente sigue es: ¿qué ofrece a cambio?

¿Mejor asistencia? ¿Mejores resultados educativos? ¿Evaluación seria? ¿Capacitación verificable? ¿Compromiso con el calendario escolar? ¿Reducción del ausentismo? ¿Recuperación de clases perdidas? ¿Indicadores públicos de aprendizaje? ¿Rendición de cuentas ante los padres de familia? ¿Algún compromiso concreto con los estudiantes?

Porque el gran ausente en estas mesas no ha sido el gobierno. Tampoco la CNTE. El gran ausente ha sido el niño.

El niño que no aparece en los pliegos petitorios. El niño que no bloquea avenidas. El niño que no tiene representación sindical. El niño que no se sienta en Gobernación. El niño que no puede decir: “¿Y mi educación?”.

Ahí está el corazón del problema. La CNTE exige como sindicato, pero no aparece comprometiéndose como actor educativo. Reclama derechos laborales, pero evade responsabilidades medibles frente al sistema que dice defender. Habla de justicia, dignidad y lucha social, pero el resultado educativo permanece fuera del intercambio.

Como si la escuela fuera solo el lugar donde trabaja el maestro, no el lugar donde aprende el alumno.

Y ahí empieza la segunda parte del problema: cuando la educación queda fuera de la negociación, la mesa deja de buscar soluciones y se convierte en un mecanismo para administrar presión.

Mañana sigo con eso.

@CarlosSeoaneN

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