En México estamos aprendiendo a convivir con cifras que deberían resultar insoportables.

Durante el primer semestre de 2026, 282 niñas, niños y adolescentes fueron víctimas de homicidio doloso o feminicidio. De ellos, 225 murieron por lesión de arma de fuego. Cuatro de cada cinco. La enorme mayoría de las víctimas eran adolescentes de entre 13 y 17 años.

Podemos consolarnos diciendo que la cifra disminuyó respecto del año anterior. Pero también podemos preguntarnos en qué momento consideramos una buena noticia que estén asesinando menos niños que antes.

Porque detrás de la reducción porcentual permanece un fenómeno mucho más inquietante: en algunas regiones del país, los adolescentes se han convertido simultáneamente en víctimas, consumidores, colaboradores, reclutas y carne de cañón de las organizaciones criminales.

Y eso debería preocuparnos bastante más que la estadística del mes.

No todos los menores asesinados pertenecían al crimen organizado. Muchos simplemente tuvieron la mala suerte de vivir, caminar, estudiar o acompañar a alguien en territorios donde la violencia se volvió parte del paisaje.

Pero existe otra realidad que tampoco podemos ignorar: las organizaciones criminales reclutan adolescentes.

Los utilizan para vigilar calles, informar sobre movimientos de policías o militares, transportar paquetes, vender droga, realizar cobros, llevar mensajes y obtener información. Algunos terminarán portando un arma. Otros participarán en homicidios.

Lo importante es entender que casi nunca comienzan por ahí. Nadie se despierta una mañana convertido en sicario. La incorporación puede empezar con algo aparentemente insignificante.

—Avísame si pasa una patrulla.

Después:

—Lleva esto a tal lugar.

El siguiente encargo ya no parece tan extraño.

La frontera se mueve poco a poco hasta que un chamaco que alguna vez hizo un favor termina formando parte de una estructura criminal. El proceso puede comenzar vigilando una esquina, transportando un paquete o proporcionando información.

Las organizaciones criminales también tienen un problema de recursos humanos.

Necesitan gente.

Pierden operadores en enfrentamientos. Otros son ejecutados. Algunos son detenidos. Algunos desertan. Y alguien tiene que sustituirlos. Y mientras sean capaces de reemplazar rápidamente sus niveles inferiores, el efecto de muchas acciones policiales será necesariamente limitado.

El propio fenómeno descrito en estos datos apunta hacia esa capacidad permanente de regeneración: adolescentes utilizados como mano de obra barata, vulnerable y fácilmente sustituible. Una célula puede reconstruirse después de sufrir detenciones o bajas importantes.

Y entonces surge la pregunta incómoda: ¿de dónde salen tantos?

La respuesta fácil es decir que los recluta el crimen organizado. La respuesta difícil es preguntarnos por qué puede hacerlo con tanta facilidad.

Dinero, pertenencia, reconocimiento, protección, un arma. La posibilidad de convertirse en alguien dentro de un entorno donde quizá nunca había sentido que era alguien.

Combatir exclusivamente el último eslabón de la cadena produce una victoria engañosa. Podemos detener al halcón, pero si mañana hay cinco adolescentes dispuestos a ocupar su lugar, no desmantelamos el sistema. Apenas generamos una vacante.

Por eso el reclutamiento de menores debería convertirse en uno de los indicadores centrales para medir el control territorial del crimen organizado.

Una organización que puede reclutar adolescentes con facilidad posee algo mucho más importante que armas: influencia social.

Ahí radica la gravedad.

Durante años hemos discutido cuántos policías necesitamos, cuántos soldados debemos desplegar, cuántas cámaras instalar y cuántos delincuentes detener.

Todo eso importa, pero quizá estamos olvidando una pregunta anterior.

¿Quién está formando a la siguiente generación?

Porque si el Estado llega cuando el adolescente ya lleva una pistola en la cintura, alguien llegó mucho antes.

Y mientras el crimen organizado siga teniendo una cantera de muchachos de dónde escoger, podremos detener criminales todos los días.

Ellos seguirán reclutando a los de mañana.

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