Amable lector(a), me disculpo por apartarme de mis temas usuales: seguridad, violencia y justicia. Hoy escribo sobre algo distinto. No es letal, pero sí considerablemente más visible.
La brocha.
Hablo de esa brocha incansable y gubernamental que recorre la Ciudad de México con cubetas de pintura morada y una determinación casi religiosa de no dejar superficie alguna en su estado natural.
Puentes peatonales, bardas, barandales, guarniciones y mobiliario urbano han comenzado a adquirir ese tono que antes reservábamos para ocasiones más discretas: una recámara adolescente, una invitación de XV años o la envoltura de un dulce.
Ahora no. Ahora el morado brota por la ciudad como una criatura hambrienta.
Uno sale de casa por la mañana y encuentra un puente pintado de morado. Regresa por la tarde y descubre que el puente se reprodujo. Ya hay otro más adelante y otro más atrás. Parecen haber sido alcanzados por una poderosa epidemia.
Sospecho que, si uno estaciona el coche demasiado cerca de una obra pública, corre el riesgo de encontrarlo convertido en una instalación artística morada al regresar, incluyendo un ajolote sonriente en el cofre para darle la bienvenida al Mundial.
Porque no se trata únicamente de pintar. Se trata de “ajolotizar”.
Esa palabra existe porque la jefa de Gobierno la pronunció. Significa transformar el espacio público, llenarlo de color, recuperar territorios y construir una identidad para la ciudad.
El ajolote, noble criatura endémica de Xochimilco, ha sido reclutado por el gobierno capitalino para desempeñar una tarea monumental: mejorar el ánimo de todas las personas.
Me parece un animalito respetable. Posee una expresión permanentemente sorprendida, como si acabara de recibir su boleta del predial. Además, tiene una capacidad extraordinaria para regenerar partes de su cuerpo.
Es, por lo tanto, la mascota perfecta para una ciudad que necesita regenerarlo prácticamente todo.
El problema no es el ajolote. El problema es la brocha.
La brocha gubernamental tiene una lógica propia. No distingue entre lo urgente y lo ornamental. No entiende de drenajes, baches o banquetas destruidas. La brocha no hace preguntas. La brocha pinta.
Ve una superficie gris y se inquieta. La interpreta como una provocación personal. Se aproxima lentamente, sumerge sus cerdas en la espesura purpurea y comienza a trabajar hasta transformar cualquier vestigio de sobriedad en una celebración cromática.
Debe existir, en alguna oficina del Gobierno de la CDMX, un mapa gigantesco con pequeños alfileres morados que señalan las zonas conquistadas y alfileres grises que identifican los territorios todavía hostiles.
No critico el color morado como símbolo. La propia Clara Brugada ha explicado que representa la lucha feminista. Es una causa legítima y merece respeto.
Pero cuando el color se aplica sin descanso, deja de comunicar y empieza a colonizar.
Ya no embellece, invade.
La ciudad se convierte en un paisaje retocado con urgencia para que, cuando lleguen los visitantes del Mundial, encuentren una capital pintoresca. Una ciudad suficientemente morada para distraer la mirada de aquello que permanece debajo.
Y debajo siguen estando los mismos problemas de siempre.
Los baches que reaparecen después de unas cuantas lluvias. Los drenajes que se saturan. Los semáforos descompuestos. Las banquetas rotas. Y las estructuras que necesitaban mantenimiento antes que una nueva paleta cromática.
Aunque, ahora que lo pienso, quizá esa sea la solución definitiva al problema del pavimento: no reparar los baches, sino pintarlos de morado. Darles identidad. Convertirlos en parte de la experiencia turística.
Sugiero nombrarlos: ajolobaches.
Incluso podrían incluirse en las aplicaciones de navegación: “En 200 metros gire a la derecha pasando el ajolobache de considerable profundidad”.
Sería injusto negar que una ciudad necesita color. Pero la pintura no es mantenimiento. El maquillaje no es cirugía.
Mientras tanto, los capitalinos seguimos observando el avance inexorable de la brocha. Algunos con entusiasmo. Otros con irritación. Otros simplemente con la resignación de quien sabe que, tarde o temprano, la pintura llegará también a su calle.
Porque la brocha no descansa. La brocha pinta.

