La CNTE no está protestando. Está extorsionando políticamente al Gobierno.
A unos días de la inauguración del Mundial, la Coordinadora encontró el momento perfecto para elevar sus exigencias: cuando México necesita mostrar orden, capacidad de organización y control ante millones de personas en todo el mundo.
La amenaza es sencilla. O el Gobierno cede ante sus exigencias o la CNTE convierte los puntos neurálgicos del torneo en un espectáculo de bloqueos, caos vial, confrontación y destrozos.
Durante décadas, la Coordinadora ha operado bajo una fórmula eficaz: provocar el mayor daño posible a terceros para obligar a la autoridad a “negociar” desde una posición de sometimiento. Bloquean avenidas, cierran accesos, vandalizan instalaciones y paralizan la ciudad. Después aceptan “dialogar”.
Ese es el verdadero problema que Sheinbaum enfrenta esta semana: no solamente cómo garantizar que el balón ruede el próximo jueves, sino cómo evitar que este grupo de presión vuelva a imponer su agenda mediante la amenaza, el desorden, la violencia y la impunidad.
Yo veo tres opciones.
La primera es ceder.
Ofrecer mucho a cambio de nada. Ceder concesiones. Sacar recursos del fondo del barril y evitar que las imágenes del caos recorran el mundo.
Es la salida más veloz y cómoda. También —y por mucho— la más costosa. No solamente por el dinero que representaría. El verdadero costo está en el método.
Cada vez que el Gobierno concede bajo presión a esta gente, manda un mensaje muy claro: la ley puede esperar; lo importante es tener capacidad de daño.
La CNTE lo sabe. Por eso no eligió una semana cualquiera. Eligió la semana en que México tiene un margen nulo para tolerar el desorden.
Esta opción continuaría alimentando el insaciable apetito de la Coordinadora para regresar con la misma fórmula año tras año.
La segunda opción es el uso de la fuerza.
Desalojar. Liberar vialidades. Impedir bloqueos. Blindar el aeropuerto y los corredores estratégicos de la ciudad.
Puede sonar relativamente sencillo. No lo es.
Una intervención policial puede producir exactamente la escena que el Gobierno quiere evitar: golpes, gases, detenidos, lesionados y videos circulando en tiempo real.
En unas cuantas horas, el debate dejaría de ser la impunidad de la CNTE y se convertiría en la represión del Estado.
La Coordinadora conoce perfectamente la lógica de obligar a la autoridad a escoger entre permitir el abuso o pagar el costo político de contenerlo. Ha utilizado esa ventaja durante más de cuatro décadas.
Y existe una tercera opción: aplicar la ley con inteligencia, pero también con urgencia.
A estas alturas ya no hay tiempo para diseñar grandes estrategias, revisar protocolos ni preparar complejos operativos de contención. El Mundial arranca en tres días.
Lo que sí puede hacer el Gobierno es concentrar sus recursos, proteger los puntos críticos y fijar límites claros desde ahora.
El aeropuerto no puede bloquearse. Los accesos al estadio no pueden quedar a merced de una movilización. Las principales vialidades de la ciudad no pueden convertirse en moneda de cambio.
Se debe diferenciar con claridad entre protesta y delito. Entre manifestación y sabotaje. Entre ejercer un derecho y utilizar a millones de personas como rehenes.
El margen de maniobra es mínimo, pero existe.
Por eso la respuesta debe ser sencilla, visible y ejecutable: presencia preventiva, perímetros firmes, rutas protegidas, mando unificado y actuación inmediata contra quienes vandalicen, agredan o intenten bloquear instalaciones estratégicas.
No hay espacio para discursos ambiguos. Hay que decidir qué se va a permitir y qué no. Y sostenerlo.
El Gobierno debe mantener abierto el diálogo. Pero también debe establecer límites.
No dentro de seis meses. No después del Mundial. ¡Ahora!
Porque el problema no es que la CNTE intente tomar como rehén al Mundial.
El problema es que el Gobierno vuelva a pagar el rescate.
POSTDATA – Cría cuervos y te sacarán los ojos.
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