—Julio, ¿qué es lo que más amas en la vida? —(evadiendo el tema de Susana, su finada esposa).

—Las palabras, Carlos, las palabras; sin ellas no existimos.

Julio Scherer García

Conocí a Julio en 2005, en Tijuana, Baja California, mi tierra natal. En menos de seis meses me pidió —me exigió estentóreamente— que eliminara el “don”. Así era él: directo, frontal, sin protocolos innecesarios. Se encontraba en la ciudad en la búsqueda de información para su nueva entrega literaria, “La terca memoria”, de la que, a la postre, meses después, me obsequiaría las galeras.

Durante la siguiente década, y hasta su dolorosa partida en 2015, compartimos innumerables desayunos, comidas y cenas; algunas ceremonias y pocas galas. Regularmente acompañados; eventualmente —lo que más disfruté— a solas, en esa intimidad confesional donde el periodista se despojaba del personaje y aparecía el hombre.

Para Julio —a quien recuerdo en “Los Dones I” y “Narrar nuestro tiempo: Diplomacia, Literatura y Periodismo”— existía una suerte de formato invariable en nuestras conversaciones, siempre en el mismo orden:

—“Cuéntame algo interesante”.

—“¿Cómo está la familia?”.

—“¿Qué estás leyendo?”.

—“¿Cómo ves al país?”.

—“¿A los políticos, a la política?”.

Todo inevitablemente en tono inquisitorial, con ese porte arrebatado y teatral de interrogador profesional: periodista inconmensurable.

Conozco poco a sus hijos. Crucé un par de conversaciones inolvidables con María y apenas una media docena de saludos con Julio, el mayor, hoy irremediablemente en el candelero, cuya escritura resulta, simplemente, genial.

Recién terminé de leer el libro que Julio Scherer Ibarra, al alimón —término taurino que tanto procuraba con su padre—, realizó junto al periodista Jorge Fernández Menéndez. Una obra que ha conmovido profundamente al llamado círculo rojo y a una parte significativa de la opinión pública.

En lo personal —ruego se me disculpe escribir en primera persona— la entrega literaria me encantó; me enganchó y, como decía Julio padre cuando algo lo entusiasmaba por lo escrito y publicado: “¡Me mató!”.

Merece plenamente su lectura, por la claridad de la información vertida y por la sencillez del lenguaje con el que el entrevistado se expresa, se desnuda y se sincera.

Por múltiples razones —que quizá algún día comparta en otros espacios y en otros tiempos— mucho de lo ahí narrado me resulta profundamente familiar, por cuestiones íntimas y personales.

Por ahora, y para iniciar este ejercicio público, considero que la obra debe analizarse con honesta sensibilidad intelectual. Varias de las denuncias —interesantes y viriles— exigen una respuesta inmediata, personal y directa de los distintos mencionados, tanto por su propia solvencia como por el espacio que hoy, inexplicablemente, detentan.

Ojalá que los diversos integrantes del llamado movimiento político nacional, que todo lo lidera, dejen de mirarse el ombligo y comprendan que la transparencia y la legalidad —más allá de sus axiomas fundacionales— dejaron de ser principios incuestionables cuando en la práctica resultan, en estas fechas, inverosímiles y tristemente inadecuados. La transformación sigue en transformación, digno caso de estudio para Robert Louis Stevenson.

Añoranza

—Carlos querido, dime, Julio… ¿realmente lees a todos, todos los días, a los que publican en los medios impresos?

—Lo digo con orgullo, Julio querido y admirado… a todos, hasta a ti. ¿Qué me respondes?

—¡Qué desperdicio de tiempo!

Hasta siempre. Buen fin.

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