“Las palabras que salen del corazón nunca se pronuncian, quedan atrapadas en la garganta y sólo pueden leerse en los ojos”.
José Saramago
Recapitulo un poco de la entrega anterior. La tierra del Nobel de Literatura de 1998 es bellísima… y lo digo no sólo por su gente sino por dos aspectos en particular: su comida y la calidad del alojamiento que brindan. Al entrar a Portugal no acababa siquiera de llegar al primer hotel cuando recibí un mensaje demandante de mi hijo Miguel Ángel en el chat familiar, donde sólo están Carlos Francisco, David Alonso y quien escribe estas palabras además del primero. En ese chat nos contamos prácticamente todo, no hay secretos, es el lugar digital de convivio permanente entre cuatro varones que se aman profundamente.
El mensaje de Miguel Ángel decía, ordenándome con suma autoridad: “padre, comer bacalao y vino del Duero es, por supuesto, una tarea obligada”. Ah caray, pensé, no soy muy afecto al bacalao, a los mariscos en general, salvo que sean en Mazatlán o en Puerto Nuevo. Todas las ocasiones en las que he intentado probar el bacalao, sobre todo en Navidad, sinceramente no lo logro. No obstante, viniendo el consejo de mi hijo, sonaba razonable y, pues, aunque no soy mucho de refranes: “A la tierra que fueres has lo que vieres”.
Así, una vez en el hotel, pregunté a la encantadora concierge (queda pendiente contarles la magia de aquel lugar), dónde podía comer el mejor bacalao de Oporto. Amablemente, la señorita, me recomendó tres lugares, sin dejar de insistir que la tercera opción que recomendaba sería la mejor tanto por la ubicación como por la vista, así que me dirigí caminando hasta el lugar en un largo recorrido de cinco kilómetros, a la orilla del río. Fue muy sencillo llegar al esplendoroso restaurante, más allá de la impresionante vista del Castillo Real, disfruté de un exquisito bacalao, lo digo sin exagerar, a la Oporto con un excepcional vino de la zona y, otra vez, la grata sensación de ser tratado como un viejo amigo de toda la vida por el gerente, el mesero y la chica que servía el agua en el restaurante.
Cuando llegué al lugar eran aproximadamente las seis de la tarde, en esta región se pone el sol cerca de las diez de la noche. Pensé comer, disfrutar un rato del lugar y buscar un buen sitio para ver la puesta del sol, pero gracias al cielo no lo hice. Durante mi estancia en el restaurante algo me sucedió. Hasta ese momento venía de una larga travesía iniciada en nuestra bendita tierra, en México, el 18 de abril y para ese día estábamos a 11 de mayo, justo cuando pisé Portugal, 23 días más tarde de pasar por París, Sevilla y Santiago de Compostela. En ese instante me puse a reflexionar todo lo que me había sucedido durante esa primera etapa de mi viaje. Ahí, sin darme cuenta, empezó a iluminarse todo, si todo: el río, el castillo, todo era hermoso, todo de día, y la noche se transformó en algo fascinante, francamente indescriptible, así que ya no me levante.
Quería llenarme de ese aire, de esa luz, de esa atmósfera incomparable con cualquier otra, pero para variar ocurrió lo recurrente. Llegó una pareja de judios (paisanos, como les dice el querido Don José Galicot), ruidosos, desenvueltos, con una gran actitud y se sentaron en la mesa frente a mí. Hago una pausa para precisar algo que muchos a veces no entienden, cuando insisten en preguntar: ¿vas a viajar solo? ¿No te aburres? ¿No te sientes solo? A lo que, con la mayor franqueza contesto: no, lo disfruto plenamente y, que me encanta viajar solo, al igual que acompañado, cuando merece la pena hacerlo.
En este viaje en especial la soledad fue apenas un decir. En París, Sevilla y Santiago de Compostela, tuve varias cenas y comidas con amigos mexicanos, además de locales con los que coincidí. De Madrid hablaré después, porque es otra historia que contaré con el corazón en la mano. En más de una docena de ocasiones cenando solo, en los diferentes destinos, las parejas vecinas a mis mesas me invitaron a sus propias mesas o se vinieron a la mía. Dos me llamaron poderosamente la atención por su aspecto exquisito, una pareja danesa: ella actriz y él productor de cine; no me soltaron hasta que me pasé a su lado. El otro caso excepcional fue con una pareja alemana que se sentó en mi mesa con mucho respeto, además de ser muy simpáticos y encantadores.
Esto me sucede continuamente con todo tipo de parejas y fue el caso de Oporto. Los comensales me pidieron mi opinión sobre la comida, el vino, el servicio y, cuando menos me di cuenta, ya estaban en mi mesa. Fue una velada muy agradable, era una pareja neoyorquina, en sus sesenta y pico de años. Ella, toda una mujer empoderada; él, un mandilón declarado, se lo dije de frente entre risas. Se nos fue el resto de la noche intercambiando confidencias, nunca mejor momento para hacerlo sino con extraños que dejan de serlo, y con quienes las cosas no tienen mayor repercusión. La velada terminó cerca de las dos de la mañana. Volví caminando al hotel, como señalé líneas arriba, el trayecto era de un poco más de cinco kilómetros. La luna reflejada en el agua del río me hizo sentir una profunda paz y tranquilidad permanente, en un país donde la inseguridad no es tema del que preocuparse. Qué nación tan hermosa.
Antes de concluir, les comparto el tema del alojamiento. Cuando visitó un país nuevo, desconocido; entre consultar al amigo conocedor y el internet, procuro que el lugar de mi estancia sea una marca internacional, americana de preferencia, pero este no fue el caso. Cuando reservé, el nombre del hotel garantizaba básicamente buena ubicación, habitaciones grandes que rompían con el estándar europeo, además de estar recientemente remodelado. Así que, cuando arribé al lugar, no lo podía creer, y así me pasó durante todo el viaje.
Las instalaciones del hotel estaban frente al río, frente a la avenida principal, vaya suerte, pensé, sólo atiné a comentar: “obviamente tengo vista al mar”, aseguré más que pregunté, con cierta sorna. La guapa dependienta contestó: “no, tiene un habitación luminosa muy bonita, con vista a un grupo de edificios clásicos de la ciudad”. “¿Qué necesito para tener la vista que quiero?”, pregunté. “Pagar un costo adicional”, contestó. Así lo hice. Cuando llegué a la nueva habitación me encontré con un baño enorme con doble tina, además de regadera, doble lavabos, oficina, estancia para los niños; entro a la recámara principal y me encuentro una terraza semi circular (de 16 metros: 2 x 8, la medí), con espectacular vista que abarcaba el rio Duoro y el Océano Atlántico, toda la estancia media más de 50 metros cuadrados. Qué grande y benevolente ha sido mi Dios Padre conmigo, te agradezco todo señor, por toda la luz que me has brindado. Me despido de Saramago con esta frase: “sabes el nombre que te dieron, no sabes el nombre que tienes”, quizá regresé a Europa a eso, a escuchar el nombre que me dieron mis padres, para tratar de entender por qué me dieron esta vida Bella.
Hasta siempre. Buen fin.
Más información

Mundo
En pleno debate sobre la IA, Anthropic lanza nuevo modelo de alta gama; es Opus 5.5, una versión avanzada de Claude

Metrópoli
Anuncian octava edición de la Feria de los Barrios; te decimos cuándo y dónde

Nación
Embajada de EU emite alerta por huracán Polo; llama a sus ciudadanos a mantenerse alerta

Nación
Niños y adolescentes pasan hasta 4.5 horas diarias conectados, alerta CNDH; reitera llamado a regular IA





