Siempre está más oscuro, solía decir el senador John McCain, antes de ponerse totalmente negro. Y es que así se vislumbra el horizonte electoral en este momento para el Partido Demócrata. Con Bernie Sanders consolidándose como el puntero (aunque es Pete Buttigieg quien va a la cabeza por un pelo en términos de delegados obtenidos, 23 por los 21 de Sanders) para alzarse con la nominación, el presidente Donald Trump se perfila hoy como el favorito para ganar la elección presidencial en noviembre. El saldo palmario de los caucus de Iowa y la primaria de Nueva Hampshire, las dos aduanas de arranque del proceso de elección primaria, es un campo fragmentado de candidaturas, un voto balcanizado y una serie de interrogantes poco halagüeñas para las aspiraciones y viabilidad del Partido Demócrata de recuperar la Casa Blanca. Más aún, es difícil visualizar cómo podrían mejorar en el corto plazo esas perspectivas; de hecho, podrían empeorar.

Al igual que en Iowa, los resultados de Nueva Hampshire apuntan a la incapacidad de cualquiera de los actuales punteros para formar una coalición que se traduzca posteriormente en victorias en los estados clave del colegio electoral. Con todo y que en 2016 había solo dos precandidatos, el 26% del total de votos que ahora obtuvo Sanders representa mucho menos de la mitad del 60% que obtuvo hace cuatro años en ese estado, que colinda con el suyo de Vermont. Las encuestas de salida sugieren que el perfil sociodemográfico del voto favorable a Sanders no solo fue más estrecho y menos profundo que en 2016; muestran que más de dos tercios de sus votos provienen de personas que también lo apoyaron ese año y que obtuvo ahí el menor porcentaje de votos de los ganadores Demócratas previos (el mínimo anterior era 29% obtenido por Jimmy Carter en 1976). Estos datos duros además abren interrogantes puntuales sobre si Sanders realmente puede como candidato armar un rompecabezas de coalición lo suficientemente amplia y representativa a nivel nacional como para convertirse en presidente. Fue Pete Buttigieg quien acumuló ahí el abanico de votantes más equilibrado, ya sea por edad, ideología o educación, y terminó solo unos 4,000 votos detrás de Sanders. Y el tercer lugar obtenido por Amy Klobuchar fue muestra de que ante la vulnerabilidad de Biden, hay muchos votantes que están buscando apoyar otras opciones de centro. Por su parte, Joe Biden y Elizabeth Warren, hasta apenas este enero considerados como los principales contendientes, se colapsaron, con números en el caso de Biden aún más débiles de lo previsto. Mientras que en el ala progresista del partido Sanders parece haberle ganado finalmente el pulso a Warren, el centro -y el voto- está fragmentado en cuatro precandidaturas: Buttigieg, una resurgente Klobuchar, Biden y el caballo negro de la primaria Demócrata, Mike Bloomberg.

Con la precampaña enfilada hacia dos estados socio-demográficamente mucho más representativos del partido y el país -Nevada y Carolina del Sur el 22 y 29 de este mes, respectivamente- Buttigieg y Klobuchar enfrentarán la dura prueba de competir en zonas con mayor diversidad racial, después de que las encuestas han demostrado consistentemente que ambos atraen niveles ínfimos de apoyo de votantes afroamericanos y latinos. Para Biden, su colapso en Nueva Hampshire, donde no ganó un solo delegado y obtuvo menos del 9 por ciento de los votos y el respaldo de menos de uno de cada 10 de Demócratas menores de 45 años, tiene a muchos analistas y estrategas de campaña cuestionándose si puede forjar, a partir de Nevada y sobre todo de su dique de contención en esta fase de la precampaña, que es Carolina del Sur (por el peso del voto afroamericano que por el momento sigue decantado a favor del ex vicepresidente), una hoja de ruta que le dé renovada viabilidad y mitigue dudas sobre su capacidad para manejar los rigores de campaña a una edad avanzada, y que han provocado que el Partido Demócrata escatime el apoyo institucional que en su momento le otorgó a Hillary Clinton. Por si fuera poco, las primarias de Carolina del Sur, que son abiertas, verán una afluencia organizada de Republicanos votando por Sanders como parte de una estrategia para impulsar lo que perciben como la candidatura más favorable para Trump.

Hasta hace tres semanas, Biden encabezaba todas las encuestas nacionales de intención de voto Demócrata y el peso de su apellido era tal que sofocó la posibilidad de que otro candidato más joven o diverso emergiera en el carril ideológico que él ocupaba. Beto O’Rourke, Cory Booker y Kamala Harris intentaron y no lograron postularse como herederos ideológicos de Barack Obama, porque el compañero de formula de Obama aún seguía allí. Ahora, en ausencia de un candidato viable de centro/moderado que en este momento pueda efectivamente recrear la coalición de votantes necesaria para triunfar en el colegio electoral, habrá militantes del partido que deserten a Biden mientras otros esperarán para ver qué sucede después de Carolina del Sur. El resultado podría ser una defunción larga, lenta y dolorosa que impida que otro candidato de centro o moderado tome su lugar y evite que Sanders adquiera para mediados de marzo tracción imparable camino a la convención del partido en Milwaukee en julio.

Es muy posible que después de Carolina del Sur, Sanders habrá ganado tres de las cuatro primarias celebradas hasta ese momento. Si Biden no ha resurgido para entonces y el voto de centro/moderado sigue atomizado entre éste, Buttigieg y Klobuchar, Bloomberg, quien ha apostado todo a los 14 estados -y sus 1,357 delegados- que están en juego en el llamado ‘súper martes’ el 3 de marzo, se convertirá en la opción para muchos Demócratas convencidos de que la candidatura de Sanders los llevaría al despeñadero electoral. El problema de ese escenario es que si bien el ex alcalde viene subiendo como espuma en las encuestas a raíz de los resultados de Biden en Iowa y Nueva Hampshire, la mayoría de las proyecciones actualmente le dan a Bloomberg 5% de posibilidades de ganar la nominación; enfrentaría además una enorme oposición por parte del ala progresista del partido y un escenario potencialmente similar al de 2016 cuando 36% de todos los que votaron por Sanders en la primaria Demócrata no votaron por su partido (12% de ellos votaron a favor de Trump y el resto por Jill Stein, candidata del Partido Verde o no salieron a votar) el día de la elección presidencial. Y no sería ocioso contemplar que por primera vez desde 1952, ningún precandidato llegue a la convención nacional con los 1,991 delegados necesarios para alzarse con la nominación, con lo cual el escenario de una convención nacional Demócrata que tenga que decantarse en el pleno por Sanders o Bloomberg podría fracturar al partido de manera irremediable camino a las urnas en noviembre.

Mientras tanto, Trump solo se frota las manos. Ciertamente no será el Chapulín Colorado el que salve a la campaña Demócrata, pero tampoco está claro quién lo podría hacer en este momento.


Consultor internacional

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