Un statu quo que se quiebra

Arturo Sarukhán

Este EU polarizado y cambiante que reveló la última crisis en Gaza podría dejar a Israel más lejos de Washington

En 2001, el recién-llegado embajador israelí en México, Yosef Amihud, me visitó en la cancillería mexicana cuando me desempeñaba como coordinador general de asesores. Lacónico, inició la conversación refiriéndose al socorrido dicho atribuido a Porfirio Díaz, afirmando que quizá para Israel, la ecuación era algo más vital: pobre Israel, tan cerca de dios y tan lejos de los Estados Unidos, sentenció. Viendo lo que ocurre hoy en Estados Unidos y evaluando muchos de los saldos del conflicto entre Israel y Hamas que se detuvo el viernes pasado con un cese al fuego, el embajador bien podría haber anticipado de manera premonitoria el reacomodo tectónico sutil pero relevante sobre la manera en la cual Washington encara la conflagración en Medio Oriente.

Una y otra parte aseveran ser los vencedores de esta última ronda bélica, inédita desde 2014. El gobierno israelí afirma que sus objetivos militares se cumplieron después de casi dos semanas de bombardeo incesante de la franja de Gaza. Hamas, el grupo terrorista que lanzó más de 4 mil cohetes desde ahí a territorio israelí, buscará reivindicarse ante una Autoridad Palestina debilitada como el único actor que confrontó al Estado de Israel, defendió la mezquita de Al-Aqsa en Jerusalén y abrió un frente interno detonando enfrentamientos, por primera vez desde la década de los cuarenta, entre ciudadanos israelíes -palestinos y judíos- en diversas ciudades del país. Pero visto desde Washington, no parece quedar la menor duda de que en el transcurso de la última quincena se ha alcanzado un punto de inflexión en la forma en la cual Estados Unidos mira ahora el conflicto entre Israel y Palestina.

De entrada, el choque en Gaza se produjo en momentos en los cuales Joe Biden y Benjamín Netanyahu buscan definir los contornos de su relación. Su primera llamada telefónica, postergada por Biden en un mensaje nada sutil y palmario a su homólogo israelí después de las elecciones y en el contexto de la relación de éste con Trump y el GOP, fue descrita por un alto funcionario del gobierno estadounidense como “la llamada más incómoda que he escuchado”. Pero más allá de las dinámicas personales, una de las pocas características novedosas de la familiar puesta en escena del choque entre Hamas e Israel es que ha expuesto y exacerbado las vulnerabilidades del país ante la opinión pública estadounidense. En esta capital, Israel ya es ahora un tema tan partidista que se ha convertido en un tercer riel más de la polarización nacional y el debate político entre el Estados Unidos rojo y el Estados Unidos azul. Por un lado, el GOP le ha hecho un flaco favor a Israel. Sus actitudes han cambiado drásticamente con la derechización del partido, como lo demostraron las políticas anti-palestinas y a favor de los asentamientos en territorios ocupados que impulsó Trump. Con el peso evangélico y una pequeña pero vocal derecha judía religiosa en el GOP, muchos Republicanos ahora apoyan abiertamente la creación de un Israel “más grande” y, de hecho, se oponen a cualquier Estado palestino genuinamente independiente. Y más de una década de implacable alineamiento de Netanyahu con el GOP ha sido determinante para convertir a Israel, y por lo tanto a Palestina, en un tema de corte partidista. Para los Republicanos y su ala evangélica, cada día de conflicto estas últimas dos semanas fue una oportunidad para acusar a Biden de ser insuficientemente pro-israelí.

Por su parte, el presidente Biden se apegó al manual diplomático que toda nación -incluyendo la nuestra- debiera articular al insistir oficialmente en el derecho irrefutable de Israel a defenderse, mientras aplicaba en paralelo una presión creciente detrás de bambalinas para un cese al fuego. Y hay que decirlo: su estrategia resultó política y diplomáticamente eficaz. Es poco probable que cualquier otro enfoque hubiera producido un alto a la violencia antes de lo ocurrido. Es posible incluso que Biden haya salvado vidas al negarle a Israel carta blanca para el uso de la fuerza mediante una presión silenciosa, pero a la vez no dando a los israelíes razón alguna para intentar demostrar su independencia diplomática y militar al continuar los ataques a pesar de la presión pública de Washington. Pero entre los Demócratas, Biden corría el riesgo de alienar a los críticos cada vez más vocales del gobierno de Netanyahu en el ala progresista del partido. Incluso a algunos de los legisladores Demócratas más pro-israelíes, incluyendo al Líder del Senado Chuck Schumer y al presidente del Comité de Relaciones Exteriores, el Senador Bob Menéndez, les preocupaba quedar atrapados entre el apoyo instintivo a Israel, característico de la generación política que va de salida, y no estar lo suficientemente en sintonía con las preocupaciones sobre la escalada de la crisis palestina y el papel de la derecha israelí -y de la Administración Trump- en haber puesto la mesa para este último conflicto. De manera más ominosa para Netanyahu, pero también para Israel a futuro, segmentos relevantes de opinión pública y publicada estadounidenses están encuadrando este nuevo rebrote de hostilidades en una narrativa de justicia racial. No menos sorprendente que Alexandria Ocasio-Cortez calificara a Israel de ser un “Estado apartheid”, fue la decisión de Demócratas pro-israelíes en el Congreso al detener la transferencia de un envío de armas y tecnología a Israel. Entre los Demócratas más jóvenes, los palestinos son ahora comparados de forma rutinaria con los afroamericanos bajo la segregación Jim Crow en el sur de Estados Unidos y a Israel con la antigua Sudáfrica o como una fuerza de ocupación.

El cambio en el discurso estadounidense sobre los derechos palestinos también es en parte producto del esfuerzo denodado de innumerables activistas pro-palestinos, de derechos humanos y de la propia izquierda judía en el país que han desafiado narrativas anti-palestinas arraigadas en la cultura estadounidense. Incluso dentro de la administración es evidente un cambio sutil pero clave: el Secretario de Estado Tony Blinken y el propio Biden hablaron de que palestinos e israelíes merecen “medidas iguales” de libertad y otros derechos. El uso repetido de la palabra igualdad por parte de la Administración Biden muestra claramente que las placas culturales tectónicas subyacentes a las actitudes estadounidenses están cambiando. Sugiere una nueva hoja de ruta en la que Estados Unidos busque que un acuerdo palestino-israelí a largo plazo proporcione ciudadanía de primera clase y derechos humanos y civiles sin distingo a todas las personas en Israel y permita que se ejerza efectivamente la autodeterminación a través de dos Estados uno al lado del otro. Eso alinearía al Washington de Biden de lleno con las aspiraciones palestinas de libertad e igualdad, en lugar de con las políticas territoriales israelíes, los criterios étnicos y la exclusividad de derechos nacionales judíos definidos más explícitamente en la ley del “Estado-nación” de 2018, característico del Washington de Trump.

Biden y el partido Demócrata parecen estar mandando una señal inequívoca: al igual que con las bicicletas, no se puede pedalear hacia atrás con el conflicto palestino-israelí. Y por si fuera poco, este Estados Unidos polarizado y cambiante que ha revelado la última crisis en Gaza, Israel y los territorios ocupados no se yergue como buena noticia para Tel Aviv; debiera ser un llamado de atención para Israel y para quienes apoyamos un Estado israelí democrático, plural, secular e incluyente que honre sus valores fundacionales y que a la vez sea capaz de garantizar su seguridad y la de sus ciudadanos. De no encarar este realineamiento en Washington, esa bicicleta podría virar y, haciendo eco de lo que musitaba el embajador Amihud hace dos décadas, alejar aún más a Israel de Estados Unidos.

Consultor Internacional 

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