TikTok, TikTok

Arturo Sarukhán

Es más que una casualidad que el nombre de la popular app china también se asemeje al sonido que emite lo que crecientemente suena como una bomba de tiempo en la tensión geopolítica entre Washington y Pekín.

De entrada, como la primera plataforma de red social china con usuarios en todo el mundo, lo que ocurra con TikTok determinará si el internet puede subsistir como una herramienta verdaderamente global. Pero en el fondo, este caso también se ha convertido en una prueba de fuego estratégica para las relaciones entre ambos países. Mientras que para sus 30 millones de usuarios estadounidenses la aplicación representa una plataforma de videos de baile virales, desafíos de hashtags y memes irreverentes, para la Administración Trump es una cuestión de seguridad nacional y revanchismo. No es ninguna novedad que Donald Trump trate al comercio y la diplomacia como si fuesen transacciones inmobiliarias. Pero el pulso en torno a TikTok es la expresión más reciente de un cisma que se expande entre Estados Unidos y China, y que apunta a un futuro donde la tecnología e innovación se amurallan cada vez más detrás de barreras ideológicas y soberanas. La promesa de un internet libre y abierto como detonador del cambio, el empoderamiento social y la democratización -un paradigma que la Casa Blanca de Barack Obama adoptó con entusiasmo- se ha desvanecido estos años. Hoy en día, el internet se ha vuelto más una zona de competencia y otro frente más de la pugna estratégica y tecnológica entre naciones.

La discusión sobre TikTok al interior del gobierno de Trump comenzó a mutar a fines de junio, poco después de que usuarios estadounidenses del app se atribuyeran el mérito de inflar las expectativas de la multitud que supuestamente acudiría a un mitin de campaña de Trump en Tulsa, Oklahoma, para luego boicotearlo y dejar grandes secciones de la arena vacía y al presidente echando espuma por la boca. A principios de julio, el secretario de Estado Mike Pompeo afirmaba que EE.UU estaba evaluando prohibir el uso de TikTok, y este mes Trump anunció que había tomado la decisión de vedar la aplicación, agregando luego que aceptaría un acuerdo por el cual Microsoft compre la totalidad o parte de la compañía en Estados Unidos. La decisión, justificada por Washington como una respuesta a preocupaciones de seguridad, también se alimenta del intento chovinista y electorero de Trump por culpar a China de la pandemia de coronavirus y perjudicar sus posibilidades de reelección.

El internet de hoy está dividido en tres zonas en el mundo: en la Unión Europea, centrada en y priorizando la privacidad de usuarios; en China, una red dominada y controlada por el gobierno; y en Estados Unidos, liderado y dominado por los intereses de un puñado de empresas estadounidenses. A medida que el internet se fragmenta aún más, Washington y Pekín parecen estar dispuestos a enfrascarse en una batalla à la guerra fría por los corazones y las mentes de usuarios globales y las economías emergentes y en desarrollo. En esta puja, el nacionalismo estadounidense encarnado por Trump está minando el ideario de libertad en internet y redes abiertas con el que alguna vez evangelizó Estados Unidos. Y en el fondo, más allá de la dinámica particular de la disputa sino-estadounidense, la medida es un disparo sobre la proa a otras empresas tecnológicas extranjeras en el sentido de que Washington tiene la intención de favorecer a sus empresas en la arena digital.

Las acciones de Trump contra el uso de TikTok en EE.UU -así como la de este lunes contra Huawei- sugieren que su gobierno está adoptando una postura más similar a la de China, concibiendo al internet y sus empresas como un espacio que el Estado nación puede y debe controlar al interior de sus fronteras, y que incluye elegir ganadores y perdedores entre las corporaciones según los caprichos de los líderes del gobierno; insistir en que éstas pongan datos de consumidores a disposición del gobierno, como lo ha afirmado de manera palmaria el procurador general de justicia de EE.UU, William Barr; o amagar con penalizar a las plataformas a menos que apoyen la idiosincrasia particular de quienes detentan el poder con respecto a la libertad de expresión y los hechos. La embestida a TikTok por parte de la administración Trump además amenaza -como el resto de su política comercial- con echar por la borda la reputación de Estados Unidos como campeón de un sistema de comercio global justo y basado en reglas.

Esto representa una ruptura gigante con el consenso bipartidista de décadas en el sentido de que los intereses estadounidenses son mejor servidos con la competencia y un terreno de juego parejo. Es cierto que China dio el primer manazo contra un internet global, controlando los flujos de información al interior de sus fronteras y que su "gran cortafuegos" evita que la mayor parte de la información que no le gusta al gobierno ingrese al país. Pekín se ha asegurado de que sus redes sociales y herramientas de búsqueda más utilizadas sean de propiedad nacional, y sus leyes ahora exigen que cualquier servicio en internet comparta datos con las autoridades. Si bien no hay mucha diferencia entre el tipo de datos que TikTok cosecha y lo que hacen otras plataformas de redes sociales y tampoco se ha demostrado que esta aplicación participe en la censura a gran escala como lo hacen muchas otras plataformas de información chinas, ByteDance, la empresa que en su momento lanzó TikTok, obedece regularmente las órdenes del régimen de Pekín -como al ocultar pruebas sobre los campos de concentración chinos para millones de uigures- mientras que muchos expertos en seguridad consideran que todas las empresas de propiedad china son vulnerables a la interferencia del gobierno y a sus demandas en materia de inteligencia.

Estamos por entrar a una era de un internet cada vez más balcanizado, tanto para naciones como consumidores. Con Estados Unidos y China como las dos principales potencias mirándose mutuamente con recelo en lo que pudiese configurar una nueva guerra fría en ciernes, la tecnología ha surgido como un frente crucial para que cada país ejerza poder más allá de sus fronteras. Y mientras que se asume que las empresas chinas marchan al unísono con el gobierno en Pekín, es un hecho que TikTok ha tratado explícitamente de pintar su raya y establecer una sana distancia, incluso en temas harto sensibles como Hong Kong. Lograr esa independencia, ya sea real o percibida, es un desafío clave para los conglomerados tecnológicos chinos si es que quieren expandirse más allá de las fronteras de China. No está claro cómo se resolverán esta serie de tensiones en los meses y años venideros, sobre todo con Trump en el poder. Pero lo que sí es un hecho es que TikTok presagia un creciente desacoplamiento económico y una espiral de represalias mutuas entre ambas naciones.

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