Para citar la comedia de William Shakespeare, la visita de trabajo del Presidente Andrés Manuel López Obrador a Washington hace una semana fue, en esencia, “Mucho ruido y pocas nueces”. En el contexto de la batahola desatada por la desafortunada posición mexicana ante la agresión internacional en Ucrania, el boicot a la Cumbre de Las Américas en Los Ángeles, los ataques y descalificaciones a legisladores estadounidenses y las provocaciones y bravatas en torno a Julian Assange y la Estatua de la Libertad en plenos festejos del Día de la Independencia de Estados Unidos, la reunión en la Casa Blanca pasó con algo de pena y sin gloria.

Más allá del falso debate en México de si hubo un desaire protocolario al presidente mexicano (no lo hubo, en virtud de que se trataba de una visita de trabajo, y no oficial o de Estado) y las críticas más que justificadas al soliloquio público de López Obrador en la Oficina Oval, la reunión presidencial deja de nueva cuenta diversas interrogantes, un sinnúmero de preocupaciones y un alud de retos. Empecemos con ese soliloquio, que pecó tanto en forma como fondo. En la forma, porque tradicionalmente ese espacio con un pool reducido de prensa presente se dedica, ya sea antes o después de que se ha desahogado la agenda en las reuniones de trabajo en la Oficina Oval, a declaraciones breves y de corte general enmarcando la visita, para luego retirar de ahí a la prensa. El mandatario mexicano básicamente secuestró media hora de tiempo sustantivo de la agenda para echarse su rollo con su público como único destinatario; sin duda mal, pero peor, y aquí viene el fondo, al restregarle al Presidente Joe Biden, con la prensa presente y para deleite de la oposición Republicana, que los estadounidenses cruzan la frontera a nuestro país para comprar gasolina. En momentos en los que la espiral inflacionaria, particularmente de la gasolina, están pasándole factura en los niveles de aprobación en las encuestas al mandatario estadounidense y los Republicanos tratan de culpar a Biden, su homólogo -y socio y vecino- mexicano le rayó la carrocería.

En lo sustantivo, haciendo eco de la famosa sentencia de James Carville en la campaña presidencial estadounidense de 1992, sigue siendo la migración, estúpido, la prioridad y la que determina el tono muscular de la relación bilateral. Es el tema que además le da fuerza y capacidad de palanqueo a México; lástima que el presidente mexicano no lo sepa capitalizar para bien de la agenda bilateral. Más allá de los lugares comunes de López Obrador, el presidente mexicano persiste en seguirle picando el ojo a la administración estadounidense, cosa que ya todos en Washington advierten. Esta semana varios medios y analistas ya subrayaban que a un presidente -Trump- que amagaba y amenazaba a México, López Obrador nunca lo confrontó, mientras que ante otro presidente -Biden- que ha buscado a toda costa buscar que fluya la relación personal y reconstruir el andamiaje bilateral eviscerado por su antecesor, el líder mexicano se dedica a minarlo y provocarlo. En ese sentido, el presidente estadounidense sigue demostrando que no tiene gatos en la panza y que es el adulto en la relación, tratando de mantener la tracción y dirección de la agenda bilateral, dejando entrever que no será él quien rompa lanzas en la relación. Ambos gobiernos pecan de omisos y siguen sin invertir el capital político y diplomático real y la banda-ancha necesaria para mover la aguja en los temas estratégicos que definirán el futuro de la relación y su papel en el contexto global del siglo XXI. Fue EE.UU quien definió y determinó la agenda de la reunión y las acciones y compromisos derivados de ella en el comunicado conjunto. El Congreso estadounidense se ha convertido en un flanco abierto y un foco rojo real y preocupante en la relación bilateral, como no sucedía desde la época del asesinato de Enrique Camarena. Suficientes retos de percepción y temáticos tiene México en el Capitolio -y buen parte de nuestra agenda bilateral depende del Congreso- como para empeñarse en generar más anticuerpos ahí, sobre todo cuando es la tercera vez que el presidente viaja a Washington y rehúsa reunirse con el liderazgo bipartidista de ambas cámaras o con los legisladores mexicoamericanos e hispanos. La agenda presidencial mexicana en Estados Unidos persiste en enfocarse solo en el titular del Ejecutivo: además de la nula interacción con el Congreso, ningún encuentro con organizaciones cupulares hispanas, con centros de análisis, con consejos editoriales de periódicos, con organizaciones comunitarias mexicanas o con actores no estatales como alcaldes o gobernadores relevantes para los intereses de México, de su agenda en EE.UU y del bienestar de 11 millones de mexicanos en ese país, de los cuales 5 millones son indocumentados. Y a pesar de que parece que algunos de los potenciales litigios con compañías energéticas estadounidenses podrían estarse solventando, se perdió una oportunidad, quizá la última en este sexenio, para que México se vuelva un verdadero socio y co-accionista con EE.UU y Canadá de un paradigma y un enfoque norteamericanos de sustentabilidad, eficiencia, resiliencia e independencia energéticas, cara al cambio climático y los retos y oportunidades del siglo XXI, sobre todo en el contexto del gran recalibramiento geoestratégico -el más importante que efectúa Estados Unidos desde el final de la Guerra Fría- frente a China.

La visita a Washington pone de relieve que la re-institucionalización de la agenda bilateral entre ambos países y los esfuerzos de funcionarios de los dos gobiernos y las respectivas embajadas mantienen la agenda a flote, y que de no mediar en el corto o mediano plazo un conflicto más severo (USTR está evaluando si aprieta el gatillo o no para una disputa al amparo del T-MEC en respuesta a las políticas energéticas mexicanas), las ruedas de la relación no se caerán. López Obrador sigue mostrándose adepto a capitalizar estos encuentros para generar narrativas positivas con su base electoral, con todo y los costos reales que conlleve para la relación bilateral y en la interacción con su homólogo estadounidense. Pero también no cabe duda que el campo minado que está dejando a su paso el presidente mexicano en la relación con Estados Unidos, y con tirios y con troyanos allá, abre una encrucijada real camino a 2024 -año en el que coincidirán las elecciones presidenciales de ambos países- y para lo que venga después.

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