La cumbre no debe ocultar la cordillera

Arturo Sarukhán

El sistema internacional se encuentra en una curiosa tierra de nadie

La mirada de los analistas a ambos lados del Atlántico se posó en el primer viaje internacional de Joe Biden la semana pasada a Europa para asistir a las cumbres del G-7 (en Carbis Bay), de la OTAN (en Bruselas) y la que se celebró en Ginebra entre Estados Unidos y Rusia. Pero no obstante la enorme atención y cobertura a esas tres reuniones cumbre, y en particular a la celebrada con Vladimir Putin, sería un error perder de vista el hecho de que el Atlántico ya no es el teatro geopolítico más importante del mundo a los ojos de Estados Unidos. Esa distinción pertenece al Indo-Pacífico. Aunque este fue el primer desplazamiento del presidente al extranjero, su primera cumbre fue virtual, en marzo, con los líderes del llamado Cuarteto: EE.UU, Japón, India y Australia. El Cuarteto no es una alianza formal. Pero juega un papel más importante en la visión de política exterior y seguridad internacional de Biden que el futuro de la OTAN o la propia relación con Moscú. Su mensaje básico a sus aliados europeos parece haber sido una especie de “aquí estamos de vuelta, no se preocupen, mis amigos, los apoyo y les cuidaré la espalda. Ahora déjenme ir y abocarme al verdadero reto en el Indo-Pacífico”.

Si algo ha subrayado este último lustro, es que la era del llamado internacionalismo liberal ha dado paso a un retorno de la rivalidad entre grandes potencias en las relaciones internacionales. Los hechos que apuntan a la interdependencia global y necesidad imperiosa de una coordinación y concertación -global y regional- en el sistema internacional siguen siendo los mismos: la pandemia del Covid-19 o los efectos del cambio climático han evidenciado que las fronteras nacionales son en el fondo marcos de referencia y operación poco eficaces. Pero la redistribución del poder, turbocargada ahora por el nacionalismo, ha cambiado el entorno geopolítico mundial y regurgitado el papel de las fronteras. Por ahora, el sistema internacional se encuentra en una curiosa tierra de nadie, todavía anclado a instituciones y organismos multilaterales familiares, pero con las grandes potencias preparándose para posicionarse y luchar por los contornos del nuevo y fluido paisaje global. Es un escenario que Tucídides reconocería de inmediato. En esencia, una China envalentonada y en ascenso y una Rusia resentida y venida a menos no están dispuestas a aceptar un orden, nominalmente encabezado -y erosionado por cuatro años de vacío trumpista- por la potencia del status quo, EE.UU, y al que acusan de perpetuar la hegemonía occidental. Xi Jinping quiere devolver a China al centro del escenario mundial. La Rusia de Putin quiere recuperar una esfera de influencia en el antiguo espacio soviético. El efecto generalizado es sustituir un sistema internacional basado en reglas y en concertación multilateral por bloques rivales. Y los países que se encuentran en medio se enfrentarán a una presión creciente para elegir un bando. ¿Estarán con Estados Unidos o con China?; ¿seguirán buscando nadar de muertito si se agudiza la confrontación entre Washington y Moscú? Algunas naciones preferirán sentarse en la cerca; otras intentarán mantener una relación económica privilegiada con China mientras se esconden detrás del escudo de seguridad de Washington. Muchas ya han elegido y tomado una decisión.

El período entre 1945 y 2000 vio un alineamiento casi perfecto entre los intereses nacionales de Estados Unidos y su liderazgo internacional. Esto fue antes de que China se uniera a la Organización Mundial del Comercio, que Estados Unidos se embarcara -y atascara- en las dos guerras más longevas -en Irak y Afganistán- de su historia y que el sistema financiero global se colapsara sobre las cabezas de sus arquitectos en EE.UU y Europa. Y la lista de acciones que dañaron la credibilidad y posición moral de Estados Unidos y debilitaron su influencia global en cuatro años de vandalismo diplomático de Trump es larga. Incluye el abandono del acuerdo nuclear con Irán, la salida del Acuerdo Trans-Pacífico, la ópera bufa de cumbre con Corea del Norte, la aceptación pública sin chistar por parte de Trump del desmentido de Putin sobre la interferencia rusa en las elecciones estadounidenses o el transmitirle a su homólogo chino su aprobación sobre la reclusión de la minoría musulmana uigur en campamentos de concentración o que no se opondría a las medidas de Beijing para restringir la democracia en Hong Kong. Trump anunció que Estados Unidos se retiraría de la OMS en medio de la peor pandemia mundial en un siglo y del Acuerdo de Paris en momentos en que el cambio climático comienza a ser irreversible. Hostigó y fustigó a los principales aliados estadounidenses en la OTAN y comenzó a retirar unilateralmente tropas estadounidenses de suelo alemán. En lugar de condenar a Arabia Saudita por el asesinato y desmembramiento en un consulado saudí de Jamal Khashoggi, un destacado periodista y crítico de la monarquía, Trump simplemente criticó los fallidos esfuerzos de Riad para ocultar su participación en el asesinato. En su conjunto, acciones como éstas hicieron mucho más que confirmar una disminución de la estatura y autoridad de Estados Unidos bajo un líder megalómano. Parecían presagiar una era de incertidumbre intensificada y agudizada, acicateada por los temores de la posible desintegración caótica de una arquitectura política, de seguridad y económica que mal que bien sostuvo la estructura del sistema internacional durante los últimos setenta años. Como dijera en 2018 el entonces presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, “El orden internacional basado en reglas está siendo desafiado, sorprendentemente, no por los sospechosos habituales, sino por su principal arquitecto y garante, Estados Unidos”. El presidente Biden se ha esforzado por proyectar una fachada de normalidad estadounidense, de previsibilidad en sus acciones y de calma al mundo, pero dada la enorme influencia de su antecesor sobre el Partido Republicano, los amigos y enemigos de EE.UU sin duda se están preguntando si es Biden, y no Trump o el trumpismo, el que demostrará ser la anomalía para las relaciones internacionales yendo hacia adelante.

Es en este contexto que los aliados de Estados Unidos son sin duda su activo más importante. La presencia de Biden durante una semana de cumbres internacionales en suelo europeo tenía un solo propósito: reunir a la pandilla de viejos amigos para la inminente confrontación con China. El mensaje del mandatario estadounidense parece claro: mientras que Rusia representa una molestia, China encarna la verdadera amenaza sistémica y estratégica. Las habituales tensiones de Estados Unidos en y con la alianza transatlántica no van a desaparecer. Los franceses siempre sospecharán de las intenciones estadounidenses. Angela Merkel se niega a permitir que su compromiso con las reglas democráticas liberales se interponga en el camino de los intereses económicos de Alemania. Habiendo cortado amarras con la Unión Europa, Gran Bretaña podría quedar a la deriva. La Unión Europea misma está a la altura de EE.UU y China en el establecimiento de normas económicas globales, pero carece de una presencia geoestratégica. Y los europeos sin duda comenzarán a afrontar incómodas realidades en sus cálculos de poder, frente a Rusia y sobre todo ante China. Pero sin lugar a dudas, Estados Unidos está inmerso en una de las recalibraciones más importantes de su política exterior desde el fin de la Guerra Fría. Si bien Washington está brutalmente polarizado en la mayoría de los temas de política pública, hay un consenso bipartidista, amplio y creciente en torno a la necesidad de repensar y reorientar la relación con China (algo que por cierto haríamos bien en entender y procesar adecuadamente en México). Y es ése es el horizonte que las cumbres europeas de la semana pasada no pueden tapar.

Consultor internacional

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