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Con un ojo en el parabrisas y otro en el retrovisor

Arturo Sarukhán

En el transcurso de esta mañana, Joe Biden habrá tomado protesta como el presidente número 46 de los Estados Unidos de América. Y confrontará a partir de hoy una tarea inconmensurable que nunca visualizó al momento de lanzar su precandidatura a la presidencia. Es difícil exagerar los desafíos que enfrenta su país en 2021. Los dolorosos hitos del año pasado -muertes, desempleo, desastres naturales, deuda pública, desigualdad, tensión social y racial, todos ellos récord- así como la discordia política y máxima polarización, atizadas por un mandatario pirómano y sedicioso, dispuesto a quemar y reducir a cenizas a la república con su partida de la Oficina Oval, ocuparán un lugar central en la agenda del nuevo mandatario estadounidense.

La Administración Biden incluirá a muchos funcionarios veteranos del 2009 y el arranque de la gestión de Barack Obama. Pero ni el mundo ni los EE.UU de 2009 existen ya. Biden necesitará un manual de juego distinto para una nueva era. La lista de nueces a quebrar es extensa, y con problemas imprevistos que el sistema político estadounidense está mal preparado para manejar; aquí van solo algunos temas endiablados que marcarán la gestión de Biden.

La cantidad de votantes blancos varones que no creen que Biden ganó la presidencia. Entre todos los votantes registrados, casi el 40 por ciento dice que su elección es ilegítima, según los promedios de encuestas levantadas en las últimas dos semanas. Esa división estará a la vista hoy, en un Washington resguardado y potencialmente asediado como si fuese el Bagdad pos-invasión de 2003. Y aún con el control Demócrata del Congreso, la corrosión de la confianza y la fe en las instituciones democráticas podrían poner freno a la agenda de Biden. A ello hay que agregarle las heridas abiertas raciales que ha dejado un presidente encabezando un movimiento blanco de restauración en el país.

El aumento en la desigualdad y polarización del ingreso durante la pandemia. Escrutando la riqueza colectiva acumulada por 651 multimillonarios estadounidenses del 18 de marzo al 7 de diciembre pasados arroja que los 10 principales billonarios del país poseen ahora entre ellos más de $1 billón de dólares. En resumen, cerrar la punzante brecha del ingreso en EE.UU se ha vuelto aún más difícil.

La cantidad de hogares estadounidenses que dicen que “a menudo” no tienen suficiente para comer. Una encuesta de la Oficina del Censo para medir el impacto de la pandemia a fines de noviembre y principios de diciembre muestra que más de 20.8 millones de personas “a veces” no tienen suficiente comida, frente a los 16.6 millones de marzo, un aumento del 30 por ciento. En octubre pasado, más de uno de cada cinco hogares estadounidenses no tenía suficiente dinero para comprar alimentos, una cifra más alta que en el peor punto de la crisis financiera de 2008. La pandemia seguirá afectando con mayor dureza a las familias de menores ingresos, lo cual continuará alimentando el malestar social y político.

El acceso a la salud ha dejado de ser un problema individual. Hasta 2020, la mayoría de los votantes que tenía seguro médico se preocupaba poco por personas que no tenían cómo pagar uno. La pandemia trastocó esto. Aquellos con recursos podrán tener la atención médica personal más cara del mundo, pero aún pueden morir a causa de un virus que contraen de su trabajadora doméstica o de alguien que trabaja en la economía gig. El acceso a la atención medica ya es un problema colectivo para el país.

Movilidad social descendente. A fines de 2008, los estadounidenses todavía pensaban que los ingresos y la esperanza de vida aumentaban inexorablemente para ellos y sus hijos. Eso ha cambiado. La esperanza de vida estadounidense comenzó a caer en 2014 y, a raíz de la pandemia, ahora puede ser menor que en 2008. Muchos estadounidenses que alguna vez asumieron que superarían el nivel socioeconómico de sus padres ahora viven de lo que éstos les dejaron, si acaso.

El cambio climático que llegó para quedarse. Durante más de 200 años, el crecimiento económico de EE.UU -y del mundo- se ha basado en la emisión de carbono. Biden busca romper ese vínculo, al menos un poco. Y tiene que hacerlo. Los incendios forestales ya hacen que California sea periódicamente inhabitable, mientras que obtener una hipoteca a 30 años en Miami, Nueva Orleans o incluso partes de Nueva York amenazadas por inundaciones a causa de los cada vez más frecuentes y violentos huracanes se ha convertido en un sueño guajiro. En el mediano plazo, es posible que los estadounidenses vuelvan a emigrar a la región norte del medio oeste, donde no hay costas que se inunden, existe suministro natural de agua potable y no se padecen ondas de calor.

El dominio de los gigantes tecnológicos. En 2008, la empresa estadounidense con la mayor capitalización de mercado era la petrolera Exxon, con un valor de $425,000 millones de dólares. Amazon valía $33 mil millones y Facebook alrededor de $15 mil millones. Desde entonces, las valoraciones de Amazon y Facebook se han multiplicado por 50. Hoy en día, las seis empresas estadounidenses más valiosas son todas empresas tecnológicas (incluyendo a Tesla como empresa de tecnología).

Candidatos antidemocráticos pueden ganar elecciones. En 2008, un presidente Donald Trump era inimaginable y Viktor Orbán todavía era un demócrata en Hungría. Ahora, el GOP tiene legisladores de QAnon y Trump podría pasar estos años hasta las próximas elecciones intermedias alentando el terrorismo y la sedición de extrema derecha y quizás provocando un conato de secesión en algún estado sureño. ¿Qué sucede si otra turba trumpista toma, por decirlo, la asamblea estatal de Alabama y declara su autonomía o “independencia” de los Estados Unidos gobernados por Biden?

Y para rematar: Estados Unidos ya no es una superpotencia. Sí, todavía cuenta con el ejército más poderoso del mundo, pero desplegar tropas en el extranjero se ha vuelto políticamente inviable y con poco valor geoestratégico. Y en el futuro previsible, ningún enemigo jamás intentará invadir EE.UU. Mientras tanto, China o Rusia -que habían sido cuidadosos en sus acciones en sus entornos geopolíticos hasta que Rusia invadió Georgia en 2008- y hasta países que aspiran a ser potencias regionales como Turquía, han adoptado el intervencionismo agresivo: los rusos en Ucrania y Siria, China en Hong Kong y el mar de la China Meridional, Turquía en Siria, el Cáucaso, el este del Mediterráneo y el norte de África. Estados Unidos ya tampoco es la única superpotencia económica. Y, como resultado del vandalismo y vacío diplomáticos de Trump, ha dejado de ser referente de valores, de liderazgo internacional y de construcción de un entramado de bienes públicos globales. Después de Trump y del 6 de enero, el país necesitará tomar lecciones sobre democracia en lugar de impartirlas. Algunas capitales en el mundo, sabiendo que los trumpistas podrían regresar en 2024, medirán con gotero cuánto escuchan o siguen a Biden en la arena internacional.

Como vecino y socio estratégico de Estados Unidos, México y los mexicanos no deberían más que apostar y desearle la mejor de las suertes y todo el éxito a Joe Biden a partir de hoy.
 

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