Con un ojo al Kremlin y otro al Elíseo

Arturo Sarukhán

El resultado de los comicios presidenciales en Francia el domingo ha generado una exhalación de alivio en la mayoría de las capitales europeas y ciertamente aquí en Washington. Esta no era una elección entre derecha, centro e izquierda; tampoco era en el fondo una entre los dos candidatos, Emmanuel Macron y Marine Le Pen. Se trataba de una elección más entre democracia liberal y autoritarismo, turbocargada por las implicaciones que ésta conlleva para la actual coyuntura de guerra y amenaza a la seguridad europea e internacional.

La posibilidad de que Francia, sobre todo después de la primera vuelta electoral hace dos semanas, eligiese a una presidenta que pudiera sacar al país de las estructuras de comando y control militar integradas de la OTAN, cortando muchas de las amarras que hacen de Francia un motor de la Unión Europea y normalizando relaciones con Moscú y Vladimir Putin, tenía a muchos a ambos lados del Atlántico en ascuas. Francia, que se reincorporó a las estructuras de mando de la OTAN en 2009, cuenta con la tercera fuerza militar más grande de la alianza y el cuarto presupuesto de defensa más alto y es por mucho hoy la mayor potencia militar de la UE. Por más que el propio Macron haya levantado algunas cejas recientemente refiriéndose en 2019 al estado de “muerte cerebral” de la alianza y abogando por una fuerza militar europea para reducir la dependencia del continente con respecto a Estados Unidos, el líder galo reafirmó su apoyo al pacto militar a raíz de la invasión rusa a Ucrania. Le Pen en cambio ha mostrado su afinidad con otros líderes europeos chovinistas y demagogos de extrema derecha como el primer ministro húngaro Viktor Orbán y el senador italiano y ex eurodiputado Matteo Salvini, y es hostil hacia quienes en Europa abogan por invertir más en la relación transatlántica. Muchos ven con resquemor sus lazos con Moscú desde que en 2014 un banco ruso emitió un préstamo importante a su partido y después de su visita para reunirse con Putin en el Kremlin antes de las últimas elecciones francesas en 2017. Su calidez hacia el mandatario ruso probablemente la empujaría a bloquear las sanciones de la UE contra Moscú y resistirse a un mayor apoyo militar para Kiev, insistiendo de paso que ve a Rusia como “una gran potencia” que “podría volver a ser un aliado de Francia” después de que la guerra “haya terminado y haya sido resuelta mediante un tratado de paz”.

Por ello es que todo el mundo estaba pendiente de cómo votarían los franceses y también explica el porqué de un inusitado artículo de opinión firmado por tres líderes europeos (España, Portugal, Alemania) publicado en Le Monde días antes de los comicios, en el que llamaban al electorado francés a defender una Francia “libre, abierta, fuerte y generosa”, rechazando abiertamente a una candidata de ultraderecha que apoya a “los que atentan contra nuestra libertad y nuestra democracia.” Y los votantes franceses que acudieron a las urnas el domingo en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales afortunadamente hicieron eso, si bien no de la manera palmaria en la que muchos deseábamos: Le Pen obtuvo 10 puntos porcentuales más de votos comparado con lo que logró en 2017. ¿Qué puede explicar el ascenso gradual pero aparentemente irresistible de la extrema derecha de Francia? ¿Y cómo pueden otros países que enfrentan movimientos de extrema derecha nacionalista envalentonados, incluido Estados Unidos, revertir la tendencia antes de que sea demasiado tarde?

Algunas razones importantes de la popularidad de Le Pen son particulares a la escena política francesa. La más obvia es que muchos votantes están hartos y decepcionados con Macron. Pero las elecciones esta vez parecían tener menos que ver con cambio que con la noción de la protección: quién protegería el generoso sistema de bienestar social francés o a los franceses del aumento del costo de vida, la pandemia, los inmigrantes o de las élites globales. Macron saltó a la fama en 2017 como asesor de un presidente de izquierda, François Hollande, y atrajo a los votantes cosmopolitas al presentar su candidatura como una lucha por una Francia abierta, vertebrada al mundo. Pero ahora la candidata de extrema derecha afirmaba que la brecha política clave en su país es “entre patriotas y globalistas”. Indistintamente del signo ideológico al que afirman pertenecer, cómo se parecen entre ellos todos los demagogos, chovinistas-nacionalistas y populistas en el mundo, ¿no?

Al mismo tiempo, Le Pen ha ampliado hábilmente su capacidad de atracción. Desde que tomó las riendas del partido de manos de su padre, ha apostado por una desintoxicación de su movimiento de extrema derecha, mayormente dejando de lado la nostalgia por el régimen de Vichy, buscando alejarse de la historia antisemita del partido y afirmando defender los derechos de las mujeres y las minorías sexuales contra la supuesta amenaza que representan los inmigrantes intolerantes. Después de mostrar efectos limitados durante muchos años, esta estrategia está dando sus frutos. Durante el mandato de Macron, Le Pen ha centrado gran parte de su retórica en cuestiones económicas básicas, prometiendo proteger el estado del bienestar y aumentar los ingresos de los pobres; esto ha mejorado su posición entre los votantes de la clase trabajadora. Mientras tanto, el repugnante y reprensible Eric Zemmour la ha rebasado por la derecha, haciéndola parecer razonable en comparación, ayudando con ello a suavizar y potabilizar la imagen de Le Pen. Algunos votantes de derecha que alguna vez consideraron que votar por un candidato extremista como Le Pen era una traición a la República Francesa, ahora la apoyan abiertamente. Y al igual que con muchos simpatizantes de Bernie Sanders en las elecciones estadounidenses de 2016 (no hay que olvidar que 12 por ciento de quienes votaron por él en la primaria Demócrata decidieron hacerlo contra Hillary Clinton en la general, votando por Trump), varios votantes de izquierda que hace cinco años se "taparon las narices" y emitieron su voto contra el archienemigo de la extrema derecha ahora les decían a los encuestadores que respaldarían a Le Pen. Y al final del día, todo esto se aderezó con el poder de la narrativa implacablemente pesimista y nostálgica hábilmente articulada por la extrema derecha y el fracaso del resto de la sociedad para contrarrestarla con una visión más optimista del futuro.

Al final del día, los votantes franceses no se dejaron engañar por el “rebranding” de Le Pen. Pero el que Macron haya derrotado a Le Pen con 58.5 por ciento del voto solo disfraza la realidad inescapable -como ocurre hoy en EE.UU también- de que la sociedad francesa está profundamente dividida (y aún faltan las elecciones legislativas en dos meses para la Asamblea Nacional) y que la extrema derecha nacionalista, euroescéptica y antiinmigrante es más fuerte hoy en Francia que en cualquier momento desde la Segunda Guerra Mundial. Las consecuencias internas de una presidencia de Le Pen, así como su visión de Francia y Europa, eran -y siguen siendo- alarmantes. Aunque muchos votantes franceses más jóvenes, especialmente de izquierda, pueden estar comprensiblemente desilusionados con Macron, tratar el voto como una elección entre dos males era una falsa dicotomía. Citando al politólogo francés Raymond Aron, “en la política no se escoge entre el bien y el mal, sino entre lo preferible y lo detestable”. Lo detestable parece haber sido derrotado por el momento, para alivio de buena parte de Europa y de Estados Unidos. Y lo preferible augura, por lo menos en el corto y mediano plazos, que el frente coaligado y concertado de presión y oposición trasatlántica a la agresión de Putin en Europa no se fracturará desde una de las capitales clave de ese esfuerzo.
 

Consultor internacional

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