En los próximos meses, los gobiernos de México, Estados Unidos y Canadá volverán a sentarse a la mesa para revisar el T-MEC. En teoría, se trata de un ejercicio técnico: ajustar reglas de origen, resolver disputas pendientes y afinar los mecanismos de integración regional. En la práctica, sin embargo, la discusión estará inevitablemente condicionada por un actor que no forma parte del acuerdo: China.

Negar su peso resulta cada vez más complicado. Durante décadas, Norteamérica funcionó como una plataforma altamente integrada donde un vehículo podía cruzar fronteras múltiples veces antes de llegar al consumidor final . Hoy, esa misma red depende —mucho más de lo que se reconoce públicamente— de insumos, componentes y tecnologías de origen chino.

La evidencia se acumula cada día que pasa. En Estados Unidos, y a pesar de que no se vende ningún vehículo de marca china, hay autopartes, componentes electrónicos y materiales críticos provenientes de China que están presentes a lo largo de toda la cadena de valor. Un estudio reciente de AlixPartners señala que en los Estados Unidos hay alrededor de 500 empresas estadounidenses que tienen una importante participación de inversionistas chinos, la mayoría de ellos proveedores de autopartes. El temor del peso de China en la cadena se vio reflejado el pasado mes de marzo cuando un grupo de congresistas norteamericanos enviaron una carta al secretario de Comercio de Estados Unidos pidiendo bloquear una potencial apertura de plantas de fabricantes chinos de autos y baterías en suelo estadounidense.

En Canadá, por su parte, se están dando las primeras incursiones de vehículos eléctricos chinos después de un acuerdo de reducir el arancel a este tipo de autos de 100% a tan solo 6% para un cupo de 49 mil vehículos.

En México, el fenómeno es aún más visible: las marcas chinas han ganado terreno con rapidez, modificando la dinámica competitiva del mercado interno y presionando a fabricantes tradicionales.

Este contexto explica por qué la revisión del T-MEC no solo tratará sobre comercio regional, sino sobre contención estratégica. Desde Washington, el discurso apunta a endurecer reglas de origen, limitar triangulaciones y cerrar espacios a la inversión china en sectores sensibles.

La intención claramente es evitar que China utilice a México como plataforma de acceso preferencial al mercado estadounidense.

Para México, el momento es particularmente delicado. Por un lado, la renegociación podría representar una oportunidad para consolidar su papel dentro de la región, atrayendo inversiones bajo la lógica del nearshoring y fortaleciendo su base industrial. La integración profunda de las cadenas productivas —que ha sido la gran ventaja del tratado — sigue siendo un activo estratégico difícil de replicar en otras regiones.

Pero los riesgos son igualmente evidentes. Un endurecimiento excesivo de las reglas podría traducirse en condiciones menos favorables para el país, particularmente si se imponen requisitos difíciles de cumplir en contenido regional o restricciones a ciertos tipos de inversión. Más aún, no es descartable que la negociación incorpore elementos adicionales como compromisos en materia energética, condiciones regulatorias o incluso temas de seguridad que podrían redefinir el margen de maniobra de México.

México tiene sin duda un gran dilema. Necesita mantener su acceso preferencial al mayor mercado automotriz del mundo, pero también debe gestionar su creciente relación con China, que hoy es proveedor clave de tecnología, capital y productos. Romper con uno no es trivial; depender demasiado del otro tampoco.

En ese equilibrio se jugará buena parte del futuro industrial del país. La revisión del T-MEC no será únicamente un ajuste técnico, sino una redefinición estratégica del papel de Norteamérica en la competencia global. Y en esa conversación, aunque no tenga asiento en la mesa, la sombra de China será imposible de ignorar.

* Profesor del IPADE Business School

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