Por Víctor M. Cuevas Ahumada

Un conocido refrán sostiene que cuando Estados Unidos se resfría, a México le da pulmonía. La economía mexicana mantiene una estrecha interdependencia con la estadounidense, tanto por el canal comercial como por el financiero. Para muestra basta un botón. De acuerdo con estimaciones propias, realizadas con datos trimestrales del INEGI y de la Oficina de Análisis Económico de Estados Unidos, durante el período 1994-2025 la correlación entre los ciclos económicos de ambos países asciende a 0.83. Esto revela una elevada sincronización, puesto que 1 es la correlación positiva perfecta.

Sin embargo, la sincronización no establece la dirección predominante de los efectos de transmisión. Para aproximarnos a esta cuestión, conviene recordar la enorme asimetría entre México y Estados Unidos. De acuerdo con los Indicadores del Desarrollo Mundial (IDM), en 2025 el producto interno bruto (PIB) de Estados Unidos equivalió a 9.1 veces el de México. Y la brecha habría sido mucho más amplia de no ser porque el cálculo ajusta el PIB de ambos países por las diferencias en los niveles de precios.

En este contexto, cuando los datos correspondientes al ciclo económico de Estados Unidos se rezagan uno, dos y hasta tres trimestres, la correlación con el de México permanece positiva y estadísticamente diferente de cero. Esto es consistente con la idea de que la economía estadounidense funciona como una locomotora cuyo efecto de arrastre sobre México, tanto en las fases de aceleración como de desaceleración, puede prolongarse hasta tres trimestres.

Al considerar el juego de vasos comunicantes —es decir, los movimientos de bienes, servicios y capital, así como las cadenas globales de producción— junto con la marcada asimetría entre las dos economías, se comprende por qué los desequilibrios originados en Estados Unidos se transmiten hacia México con mucha mayor intensidad que en sentido opuesto. Así las cosas, durante el período 2002-2025 Estados Unidos registró un déficit fiscal promedio anual equivalente a 5.1 % del PIB, lo cual significa que los gastos del gobierno federal superaron sistemáticamente sus ingresos. Por otro lado, durante el mismo período la Unión Americana registró un déficit en cuenta corriente promedio anual equivalente a 3.4 % del PIB (cálculos propios con datos del Banco de la Reserva Federal de St. Louis y del Banco Mundial). La coexistencia de ambos déficits se conoce como déficits gemelos.

Un déficit en la cuenta corriente significa que, después de considerar el intercambio de bienes y servicios entre Estados Unidos y el resto del mundo —junto con los ingresos por las inversiones salientes, los pagos por las inversiones entrantes y las llamadas transferencias unilaterales—, esa nación recibe menos dinero del que desembolsa. De este modo, un aumento del déficit fiscal, ya sea por una expansión del gasto público o por recortes en los impuestos, puede elevar la demanda interna, y una parte de esa mayor demanda puede canalizarse hacia la compra de bienes y servicios importados. Bajo este escenario, aun cuando no se trata de una relación mecánica debido a la influencia de otras variables, un mayor déficit fiscal puede desembocar en un deterioro del saldo de la cuenta corriente. En esto consiste, precisamente, la hipótesis de los déficits gemelos.

Ahora bien, estos desequilibrios gemelos pueden tener repercusiones tanto favorables como adversas para México, las cuales pueden materializarse a través de diferentes canales. El canal comercial ha transmitido efectos muy favorables, debido al volumen y a la concentración de las exportaciones mexicanas en Estados Unidos, así como a la estrecha integración de las cadenas globales de producción (CGP) entre ambos países. De esta manera, una expansión fiscal en Estados Unidos, en ausencia de efectos compensatorios en los niveles de ahorro e inversión privados o en el tipo de cambio, eleva tanto el consumo como la actividad económica doméstica. Una parte de ese mayor consumo se vuelca hacia diversos productos importados, entre ellos los provenientes de México, mientras que el aumento de la actividad económica estadounidense genera una mayor demanda de insumos intermedios, de la cual también se beneficia México a través de su participación en las CGP. De este modo, las persistentes brechas en la esfera fiscal y en la cuenta corriente de Estados Unidos pueden tener como correlato el crecimiento de las exportaciones mexicanas.

Durante el período 1994-2025, en promedio, 83 % de las exportaciones mexicanas, incluyendo maquila, se concentró en Estados Unidos. Esta proporción alcanzó un máximo de 88.7 % en el año 2000 y un mínimo de 77.6 % en 2012. Por otra parte, durante el mismo período, las exportaciones mexicanas hacia el mercado estadounidense registraron una tasa de crecimiento promedio anual de 8.47 %. Si bien los aranceles del presidente Trump pueden resultar insuficientes para frenar el auge exportador de México mientras Estados Unidos continúe gastando más allá de lo que produce, la enorme concentración de las exportaciones mexicanas en ese mercado y el hecho de que estas dependan, en cierta medida, del sobregiro fiscal de Washington entrañan una importante vulnerabilidad estructural de México. Es decir, cualquier ajuste fiscal que reduzca la demanda interna en nuestro principal socio comercial, ya sea mediante recortes del gasto o aumentos de impuestos, podría traducirse en una caída significativa de nuestras exportaciones.

A la vulnerabilidad comercial se añade la financiera, aun cuando en la coyuntura actual México cuenta con algún margen de maniobra. La tasa de interés de referencia de nuestro país se mantiene por encima de la estadounidense y ofrece un diferencial favorable para compensar, aunque de manera acotada, una prima de riesgo por invertir en México y las expectativas de depreciación del peso. Sin embargo, no se pueden descartar nuevos episodios de fuerte expansión fiscal en Estados Unidos, como los registrados en 2020 y 2021, cuando el déficit fiscal de ese país se disparó hasta 14.5 % y 11.7 % del PIB, respectivamente.

Aunque esto, en principio, podría beneficiar al sector exportador mexicano, llevaría al gobierno estadounidense a financiarse mediante mayores emisiones de bonos del Tesoro, lo que ejercería presiones al alza sobre las tasas de interés de largo plazo dentro y fuera de Estados Unidos. El endurecimiento resultante del entorno financiero aumentaría el costo del financiamiento para el gobierno y las empresas mexicanas en los mercados globales y podría inducir al Banco de México a elevar considerablemente su tasa de interés de referencia, como ocurrió tras la fase más aguda de la pandemia, ante el riesgo de que una fuerte salida de capital y una depreciación del peso aceleren de nueva cuenta la inflación.

Así, el efecto favorable de la expansión fiscal estadounidense sobre las exportaciones mexicanas podría resultar insuficiente frente al freno que las mayores tasas de interés imponen sobre la producción nacional. El canal financiero podría imponerse al comercial porque gran parte de la industria exportadora es muy dependiente de partes y componentes importados y se encuentra escasamente integrada con el resto del aparato productivo —de ahí que la economía crezca a un ritmo muy inferior al de las exportaciones—. Asimismo, las mayores tasas de interés encarecerían el crédito para consumidores y empresas orientadas al mercado local, muchas de las cuales son micro, pequeñas y medianas empresas que generan la mayor parte del empleo del país. Por ello, a quienes ven el déficit fiscal estadounidense como un mero factor de impulso a las exportaciones mexicanas, habría que recordarles una vieja enseñanza: cuidado con lo que deseas, porque el impulso del vecino puede pasar factura.

Profesor-investigador de la UAM-Azcapotzalco e Investigador Nacional Nivel III

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