Gonzalo Serrano
La selección mexicana ha clasificado, por primera vez en su historia, a los dieciseisavos de final de un mundial de fútbol ganando los tres partidos de su grupo. Después de cada uno de esos triunfos, se ha desatado una euforia colectiva en las calles que ha quedado registrada en las redes sociales.
Además de las imágenes de cientos de miles de mexicanos festejando sanamente, se han agregado manifestaciones fuera de control resultado del exceso de alegría, pero también del consumo de alcohol y drogas.
Algunas de estas escenas son divertidas, hay otras que han derivado en abusos y accidentes de consecuencias gravísimas. Algunos aficionados han movido patrullas de la policía; otros lanzaron a una mujer uniformada al aire en repetidas ocasiones sin su consentimiento. Hay quienes se suben a los paraderos para tirarse sobre la gente, terminando muchos con los huesos quebrados. Y conductores que, atrapados en medio de la multitud, han reaccionado de forma violenta arrollando a la masa ante el miedo de que les destrocen los autos.
Octavio Paz, en su clásico ensayo El Laberinto de la Soledad, reflexionaba sobre el valor de estas manifestaciones: "Gracias a las fiestas el mexicano se abre, participa, comulga con sus semejantes (…) y es tan significativo que un país tan triste como el nuestro tenga tantas y tan alegres fiestas". Pero el mismo autor advertía que existía otra cara de la moneda: "No hay nada más alegre que una fiesta mexicana, pero también no hay nada más triste. La noche de fiesta es también noche de duelo".
El martes la selección enfrentará su primer partido de eliminación directa. El sueño de los aficionados es seguir avanzando hasta pasar la barrera del quinto encuentro, una obsesión que se arrastra desde hace cuatro décadas.
Bajo esa dinámica queda la sensación de que clasificar puede tener costos inimaginables: vidas trastocadas, autoridades desbordadas, monumentos vandalizados, comercios destruidos, autos rotos y más atropellos.
Lo que potencia el riesgo es la lógica de las redes sociales: la viralización de lo extremo genera imitadores. Cuando un joven ve que tirarse desde un paradero acumula millones de reproducciones, el incentivo no es el festejo sino el registro. Hay una competencia paralela al Mundial: lograr el acto más insólito, sin medir las consecuencias.
El ejemplo más reciente de las consecuencias que puede tener un éxito deportivo llegó el 30 de mayo, cuando el Paris Saint-Germain conquistó su segunda Champions League. Los hinchas del PSG se volcaron a las calles de Francia y el saldo fue de dos fallecidos, 192 heridos —entre ellos policías y bomberos—, 559 detenidos y 264 vehículos incendiados. Un mal presagio para lo que viene.
El deseo es que México siga avanzando en esta Copa, pero también está el temor por lo que pueda ocurrir. Parafraseando a Paz, está en medio de un laberinto sin muchas salidas: la derrota los sumiría en la amargura de otra oportunidad perdida, y el éxito puede seguir acentuando el círculo vicioso de quienes no saben convivir sanamente con la victoria.
Académico de la Escuela de Humanidades y Educación del Tecnológico de Monterrey. Doctor en Historia y Periodista.

