Por Ivonne Vargas Hernández
Cada cuatro años, cuando ocurre un Mundial, regresa la misma pregunta: ¿cuántas horas de trabajo se pierden frente a los partidos? La consultora UKG calcula que la Copa Mundial de 2026 restará al menos 17,000 millones de dólares de productividad global, con un impacto estimado de 369 millones de dólares para México.
El dato empuja a una reacción casi automática: controlar, restringir, prohibir, pero esos 17,000 que nos dejan con la boca abierta pasan por alto algo más caro: el desafío no son los minutos frente al partido. Esta cifra nos hace pensar, ¿cómo es el descanso y el margen real de recuperación entre los trabajadores? Porque la realidad es que estos eventos son una válvula de escape para colaboradores francamente cansados.
Desde el Observatorio de Bienestar, del Instituto del Propósito y Bienestar Integral de Tecmilenio, analizamos el impacto de fenómenos como el Mundial en el ánimo de las y los trabajadores, y la observación cubre diferentes verticales.
Al analizar cifras de nuestro reporte Factor Wellbeing 2025, con más de 24,000 participantes, encontramos que la dinámica de los mexicanos, y estos meses de Mundial no son la excepción, refleja en lo general un alto compromiso, de 4.6 puntos en una escala del 1 al 5, siendo esto último la máxima calificación. Pero resulta que la energía que le queda para convivir al terminar el día apenas alcanza 3.56.
¿Cuál es la relación de esto con el futbol?
Quiere decir que la convivencia no compite contra el trabajo: es una forma de recuperación. Si las personas cierran la jornada agotadas y sin capacidad para desconectarse, permitir ver algunos partidos y generar convivencia no resta productividad, la repone. Ese es el puente: el compromiso de los mexicanos ya es alto, de 4.6, pero queda atrapado detrás de una energía social de 3.56.
La recuperación es lo que libera ese compromiso y lo convierte en desempeño. Por eso, si hay reglas claras respecto a cómo organizar los tiempos de entrega, la flexibilidad horaria y quiénes hacen o no home office, esos espacios entran en el terreno de recompensas o muestras de salario emocional, que no caen mal con un colaborador que habla de sentirse agotado por la inequidad en la carga laboral, la duplicidad de funciones y el no tener espacios para desconectarse a lo largo del año, más que en vacaciones.
La tarjeta roja, la falta, no está en controlar. Ausencias y distracción habrá, pero el foco rojo está en la falta de recuperación, en un país que ya figura entre los tres con mayor estrés laboral del mundo.
Veamos cómo se observa esta disparidad y por qué permitir ver los partidos y reorganizar las jornadas puede derivar en un beneficio.
¿Cuál es el marcador para las organizaciones?
El Mundial no provoca ese agotamiento, ni necesariamente una baja de productividad, deja a la vista las característivas en las que llegan los colaboradores Un equipo que ya trabaja al límite no se quiebra por ver un partido: se quiebra por cargas desproporcionadas y por haber normalizado el estar disponible las 24 horas.
Por eso prohibir la convivencia durante el torneo resulta contraproducente. Esos momentos compartidos operan como válvula de escape, un mecanismo de recuperación dentro del propio entorno laboral. Cerrarla no protege la productividad: elimina el descanso y profundiza el desgaste que ya deteriora el desempeño.
Entonces, ¿un gol mejora el ánimo?
Conviene voltear a ver la otra cara del cálculo de pérdida de horas por los partidos. Gallup documenta que un trabajador entusiasta con su rol eleva su productividad 14%, y que los equipos comprometidos alcanzan 21% más rentabilidad que los desconectados.
Una encuesta global de Future Workplace y Virgin Pulse, que analizamos en conjunto con data del Observatorio, refuerza el punto: casi la mitad de los trabajadores señala que los eventos sociales y las actividades de equipo son la vía por la que un líder fortalece los vínculos en el trabajo, por encima de cualquier herramienta tecnológica. La convivencia bien gestionada no resta horas: devuelve compromiso, ánimo y permanencia.
Por eso el reto será gestionar, no restringir. Y aquí conviene reorganizar la mirada: este examen no es exclusivo del futbol. Los colaboradores quieren ver el Mundial hoy, pero también las Olimpiadas y desconectarse en las festividades de diciembre.
Cada una de esas temporadas somete a la organización a la misma prueba. La pregunta de fondo no es cómo sobrevivir a un evento deportivo de un mes, sino si la empresa sabe gestionar el cansancio de su gente cada vez que el calendario se tensiona. Además, si saben gestionar de manera equitativa, sin que exista la inequidad entre quienes tienen flexibilidad o no para faltar —o salir a tiempo— durante un partido.
Recordemos: los líderes que solo improvisan una política para el Mundial quedarán expuestos en la siguiente cuesta. La recuperación no es un permiso especial: es infraestructura.
Cómo construir esa infraestructura: cinco movimientos
Si la recuperación es infraestructura, se diseña, no se concede. Cinco movimientos para gestionar el cansancio antes de que el calendario lo exponga.
Auditar la brecha, no el ausentismo. El número a vigilar no es cuántos vieron el partido, sino la distancia entre compromiso y energía: ese 4.6 frente a 3.56. Esa brecha anticipa la rotación mejor que cualquier control de asistencia.
Repartir la flexibilidad con equidad explícita. El agravio no nace de que alguien vea el partido, sino de que unos puedan y otros no. Hacer visibles las reglas evita que la flexibilidad se perciba como privilegio.
Tratar la convivencia como recuperación, no como pausa perdida. Si la mitad de los trabajadores reconoce que ahí se fortalecen los vínculos, esos momentos merecen entrar en la planeación, no tolerarse como distracción.
Activar el salario emocional en las cuestas del calendario. El Mundial, las Olimpiadas y diciembre son el mismo examen. Reservar reconocimiento y descanso para esos picos previsibles vuelve estable lo que hoy es improvisación.
Volver la recuperación un indicador de liderazgo. Mientras el descanso dependa del permiso puntual de cada jefe, será frágil. Sostener la energía del equipo debería pesar en la evaluación de un líder, junto a los resultados.
Directora del Observatorio de Bienestar del Instituto del Propósito y Bienestar Integral de Tecmilenio, cofundadora del Instituto Internacional de Desarrollo Organizacional con sede en Barcelona. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.
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