Nostalgia tiene un bello origen: del griego, regreso y dolor. Regresar contiene un universo infinito: se retorna a uno, a sus otros unos, a las calles de la infancia, a los tenderos de la esquina, a los amigos, a los maestros y familiares, a las escuelas y a quienes nos acompañaron y han muerto. Volver, como tantas vivencias, representa una dualidad: construye y lastima.

Regresar suma y resta. Alma y cuerpo se edifican, o no, a partir del nacimiento. Todo influye: el deseo de los progenitores, la situación económica, las amistades, el país y un larguísimo etcétera conforman la personalidad. Escribo de nuevo: Regresar suma y resta. Cuando los menos superan a los más, retornar duele. De ahí la dualidad del concepto nostalgia.

A Homero se le atribuye uno de los orígenes del término nostalgia. Al regresar de sus periplos la tristeza acompañaba al poeta: ausencias y pérdida de amigos por muertes o debido a mudanzas invadían su alma. La nostalgia se manifestaba y lo entristecía.

El dolor vertebra otras caras de la nostalgia. Las experiencias comunes, por frecuentes, por ser espacios conocidos, exponen, al unísono, certezas y dudas. Esa idea no es una paradoja, es parte de la realidad humana. Amor y desamor, vida y muerte, placer y dolor son vivencias universales. La forma de entenderlas, vivirlas o padecerlas varía enormemente. Imposible encontrar guías o dictar reglas para comprender las incontables lecturas de esas experiencias. Para algunos dolor significa vida, para otros, dolor y derrota son sinónimos. No hay reglas: en ocasiones dualidades como alegría y tristeza, éxito y fracaso se ensamblan y construyen; en otros momentos siembran desasosiego y devastan. San Agustín advierte: “Es malo sufrir pero es bueno haber sufrido”. Tiene razón: a partir del dolor hay quienes renacen, se transforman, se convierten en seres resilientes y en maestros.

Entender el presente exige mirar hacia atrás. Hacerlo, con lupa y sin ropaje es una vía para deshojarse; hacerlo facilita analizar algunas razones de los sís y de los nos cuyos orígenes permitieron construir y construirse, o destruir y abandonarse. La vida es suma y resta: los sís y el plural de no suman y restan.

Revivir el pasado impone. Hacerlo satisface o aflige. Cuando prevalecen las pesadumbres regresar lastima y el dolor agobia. Si se tiene suerte y confrontan con éxito, la persona cambia: se atesoran los días, se mira diferente, se piensa de forma distinta y se escruta desde otra perspectiva. Ya lo dijo el gran Fernando Pessoa. La primera estrofa de Autopsicografía invita: “El poeta es un fingidor./ Finge tan completamente/ que hasta finge que es dolor/el dolor que en verdad siente”.

La nostalgia abraza cuando algún suceso en el entorno mueve e inquiere. Alegrías, pérdidas, muertes, soledad y un sinfín de “sucesos humanos” la evocan. El tiempo y su fugacidad son acicate. El tiempo de la vida corre, nunca se detiene. Los instantes son una suerte de antídoto; aunque efímeros, permiten apreciar los momentos, vivirlos con intensidad. Atraparlo, ya lo dijo Horacio en la Oda a Leuconoe, es obligación y regalo: Vivir el momento, no más. Carpe diem, “atrapar el día”, nos dice el poeta. Detener las manecillas del reloj no es posible, montarse en ellas sí lo es. Un mes, una semana y un día son instantes. El tiempo transcurre a buen paso si uno viaja con él y lo exprime y lo atesora.

La vida es un suspiro. Transformar ese suspiro en pasión y otorgarle el lugar adecuado a los días por venir es uno de los grandes retos de la vida. Así se edifica la existencia, retándola, de frente, con tesón. La nostalgia no se mitiga ni aumenta acogiéndose a ideas previas. Al contario, se nutre de ellas. Importa regresar. Trasciende el dolor del retorno. Se vive mejor cuando la nostalgia arropa y acompaña.

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