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¿A mayor PIB, mayor felicidad?

08/09/2019
03:22
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A Francisco Toledo, un mexicano irrepetible: amó y sufrió por Oaxaca.

 

Economizar palabras, sobre todo en escritos periodísticos es necesario. Algunos autores respetuosos utilizan primero el término completo seguido por un paréntesis con las siglas; por ejemplo, Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Otros, escriben las iniciales, FAO (por sus siglas en inglés: Food and Agriculture Organization), y en ocasiones explican su significado en nuestra lengua: Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, aunque es infrecuente que usen las siglas en español, ONUAA. No todos los lectores conocen las innumerables siglas y menos la trascendencia, o no, de las organizaciones.

Contamos con muchas agencias, creadas poco a poco, “a fuego lento” como dice la canción, aunque el fuego ilumine poco y su utilidad sea sesgada. Las líneas previas como pretexto para reflexionar acerca del Producto Interno Bruto (PIB) y sus vínculos con la sociedad y, en particular, con esa palabra compleja de definir, pero crucial: felicidad. El PIB nos domina: domina la vida económica de las naciones y por ende de sus habitantes.

El PIB, como se sabe, es un indicador económico que refleja el valor monetario de todos los bienes y servicios producidos por un país o una región en un tiempo, casi siempre un año. En síntesis, el PIB mide la actividad económica a partir de los bienes y servicios producidos dentro de la economía formal. En lo que respecta a ingreso per cápita, de acuerdo al Fondo Monetario Internacional (FMI), en 2018 los siguientes países ocuparon los primeros diez sitios: Luxemburgo, Suiza, Macao, Noruega, Irlanda, Islandia, Catar, Singapur, Estados Unidos y Dinamarca.

El PIB, suponemos, impacta sobre el Índice global de felicidad publicado por Naciones Unidas a partir de 2012; dicho índice se construye de acuerdo a las siguientes variables claves para el bienestar social: ingresos, esperanza de vida saludable, apoyo social, libertad, confianza y generosidad —hay quienes añaden percepción sobre la corrupción—.

Las diez naciones que encabezan el Índice global de felicidad, de acuerdo al estudio publicado en 2018 por la Organización de la Naciones Unidas, en el cual se analizó la situación en 157 países —en el mundo hay 194 naciones— son, Finlandia, Noruega, Dinamarca, Islandia, Suiza, Países Bajos, Canadá, Nueva Zelanda, Suecia y Australia. Al entrecruzar la información de los índices, Suiza, Noruega, Islandia y Dinamarca aparecen en ambos; de acuerdo a los últimos censos, la población de los cuatro países suma veinte millones. Si se analizan las coincidencias entre las naciones al escrutar los índices a partir del sitio once y hasta el treinta, las sincronías son menores que en las naciones que ocupan los primeros lugares: no hay una relación directa entre PIB elevado y felicidad.

A la mayoría de los ciudadanos “de a pie” poco le interesa los índices que dominan el mundo. Los decretos del Banco Mundial —BM— y del FMI y sus exigencias rigen la vida económica y en ocasiones política de las naciones. El diálogo, o más bien, indiálogo, es entre países y las órdenes del BM y del FMI.

Un país rico no siempre brinda mayor bienestar a sus ciudadanos. La riqueza generada anualmente por un país es fundamental. Si esa riqueza no se distribuye, su “valor humano y moral” disminuye. Las desigualdades económicas en los diversos sectores de una nación rica es una razón por la cual sus índices de felicidad no alcanzan los primeros lugares.

La felicidad es un estado transitorio. Se goza un tiempo, luego disminuye, y, con suerte, tiempo después regresa. La suma de los factores del índice de felicidad es tajante: además de contar con dinero suficiente, es necesario ser sano, tener libertad, apoyo social y confianza, circunstancias que estimulan generosidad. Importa también el número de habitantes por nación: la Tierra y los hurtos de los políticos la han dañado, quizás irremediablemente. Si impera la corrupción y el PIB no se distribuye “mejor” es poco probable que las variables implícitas en los índices de felicidad florezcan.


Médico

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor de la Facultad de Medicina, UNAM. Miembro del Colegio de Bioética. Colabora mensualmente en la revista Nexos. En 2013 publicó "Decir adiós, decirse adiós" (Mondadori).