En la actualidad, inmunidad es una de las palabras más repetidas. La pandemia por SARS-CoV-2 es la responsable. Conocedores, neófitos, médicos, dueños de farmacéuticas, científicos, filósofos e incluso políticos —¡ !— hablan de inmunidad. No es para menos; han transcurrido 28 meses desde el primer caso de infección por SARS-CoV-2. Millones han fallecido, millones se han contagiado. La pandemia ha hermanado a la humanidad.

El número de noticias ha desbordado los espacios de opinión. Unas adecuadas, otras fake news. La información y la desinformación es desmesurada. Lo mismo debe pensarse acerca de la infodemia. Muchas noticias contienen la palabra inmunidad. El término ha rebasado su significado médico. Ahora conlleva varios apellidos. Unos mezclan filosofía y sociología.

En enero, Nicholas Agar, profesor de ética en la Universidad Victoria de Wellington, publicó en Religion & Ethics un interesante y provocador artículo, We need more philosophy to create cognitive herd immunity (Necesitamos más filosofía para crear inmunidad cognitiva de rebaño), idea basada en las apuestas iniciales encaminadas a detener la epidemia favoreciendo que los contagios se diseminasen con tal de que la población quedase inmunizada contra el virus. La apuesta médica tenía razones científicas. La realidad viral no favoreció la teoría: la pandemia perdura, se reproduce y acaba con incontables vidas.

La tesis central de Agar es exquisita: “El énfasis de la filosofía en el buen razonamiento puede evitar que las mentes se infecten con malas ideas”. Evitar infecciones por agentes patógenos es una de las grandes apuestas de la medicina preventiva. Impedir latrocinios por seres humanos patológicos es un concepto inscrito en diversos códigos éticos, filosóficos, religiosos y políticos. Latrocinio en el contexto actual del mundo equivale a infecciones en seres humanos causadas por otros seres humanos. Fortificar la razón por medio de la filosofía para evitar distorsiones mentales e impedir conductas patológicas, individuales, sociales o nacionales es deseable. Menudo brete.

Retomo una vieja idea de Gottfried Leibniz. Después de hurgar en profundos recovecos humanos, preguntaba “¿Por qué existe el Mal?, ¿cómo hacer para que lo que es estalle en Bien?”. Si aceptamos, siguiendo al filósofo alemán, que el Mal —idea kantiana— está determinado ontogénicamente, es decir, desde el periodo embrionario, poco es posible hacer: las conductas humanas se explican a partir de los genes. Si no se concuerda con esa teoría, es indispensable buscar otras posibilidades para mejorar las relaciones entre humanos y modificar la aplastante realidad, léase hoy la invasión rusa a Ucrania, léase desde hace años las hambrunas, las migraciones forzadas, los genocidios.

Regreso al profesor Agar: “Cuanto más expuesta esté la población a la filosofía, mayor será su inmunidad cognitiva”. En los últimos años, hemos sido testigos de la trivialización y desaparición de materias fundamentales en la formación ética en escuelas primarias y secundarias. Filosofía, civismo, sociología y ética, entre otras materias, han sido sustituidas por asignaturas designadas a temas contemporáneos, i.e., tecnología, informática, programación de todo tipo de avatares. Aunado a esa cruda realidad, la tecnología de la comunicación (o incomunicación) entre los jóvenes ocupa mucho tiempo y le resta tiempo a otros tiempos, el del estudio de la filosofía y materias afines.

Es urgente encontrar vías para diseminar urgencias humanas, ideas éticas, conceptos filosóficos. Me temo que poco se puede hacer. Han transcurrido más de tres siglos desde la muerte de Leibniz. ¿Qué diría hoy el filósofo acerca de la naturaleza humana? Agar tiene razón: necesitamos más filosofía.

Médico y escritor

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