Regresar es necesario. Se regresa para corregir, agregar, implementar y para discutir con uno mismo y con el entorno. Retornar y replantear, desde los primeros años de la casa y de la escuela, como faena cotidiana, podría mejorar un tanto la enfermedad del mundo y de la mayoría de las sociedades. Futilidad es un referente necesario en medicina y en la vida del día a día. Si bien es cierto que “echando a perder se aprende” y no menos veraz es la máxima Errare humanum est —Errar es humano—, la escuela de la futilidad tiene la posibilidad de enmendar incontables pifias. Comprender la futilidad y convertirla en disciplina es virtud.

Sin conocer la definición del término, no hay quien en la vida diaria no entienda sus significados: cuando se repite una maniobra o se efectúa una acción veinte o cincuenta veces y los resultados son nulos o inútiles, la acción es fútil. En medicina no siempre priva el juicio clínico. Con frecuencia se duplican exámenes o se realizan maniobras similares para resolver el mismo problema a pesar de su ineficacia. La contumacia —“Tenacidad y dureza en mantener un error”— es consanguínea de la futilidad —“Cosa inútil o de poca importancia”—. Cuando se incide en ambas, en la vida, o en medicina, el resultado siempre es perjudicial.

La parafernalia médica se reproduce sin cesar. Utilizarla adecuadamente es reto y arte. El reto implica aplicar la necesaria y no recargarse en ella cuando su uso no aporte modificaciones positivas; priorizar el valor de la clínica es buen antídoto contra la futilidad. El arte clínico consiste en apegarse a la máxima “espera y ve”, antes de someterse a los cánones casi persecutorios de la medicina que se ejerce en hospitales “ricos”. Observar y juzgar, esperar y ver, sin perjudicar la salud del enfermo son invaluables armas contra la futilidad. Un ejemplo: si después de semanas o meses de intervenciones médicas calificadas utilizando recursos óptimos no mejoran las condiciones de un enfermo inconsciente en terapia intensiva, el tratamiento debe considerarse fútil. La experiencia debe prevalecer.

En escenarios como el previo o en “pacientes terminales”, el diálogo entre enfermos, familiares y personal médico debe guiar las decisiones. Hacer o no hacer es un dictamen crudo y real al cual se debe llegar. Si se opta por no hacer, acompañar al enfermo, apoyarlo, física y moralmente es obligatorio: evitar maniobras, intervenciones e interconsultas cuyos resultados sean fútiles es sinónimo de conocimiento y lealtad hacia el paciente y con uno mismo. La voz del enfermo, su autonomía, su capacidad de decidir “hasta dónde y hasta cuándo” es la que debería dictar el camino a seguir. No me refiero necesariamente a eutanasia, hablo del derecho del enfermo y familiares a frenar procedimientos.

Los pacientes crónicos o muy enfermos saben. Entienden cuando una acción repetida, a pesar de su hechura adecuada y sus buenas intenciones es fútil. El problema no sólo es la inutilidad, es el costo humano —dolor, deterioro— y económico. Los propósitos médicos tienen que ser ambiciosos; el efecto benéfico no debe ser parcial, abarcar el alma y la mayor parte del cuerpo debería ser la meta. De ahí la necesidad de la sabiduría médica: ¿hacer o no hacer? No hacer, me repito, exige redoblar los esfuerzos: brindar confort, compañía y orientación es imprescindible.

Hace 24 siglos Platón, en la República, advertía acerca de la inutilidad de los esfuerzos médicos cuando el paciente, de acuerdo a su expresión, “sobrevivía mal ya que su vida literalmente era inútil”. Obligado es recordar la nula biotecnología en los tiempos del filósofo griego y obligado es releer la expresión “Errar es humano”, cuya segunda parte, menos conocida, …sed perseverare diabolicum, “…pero perseverar (en el error) es diabólico”, enfatiza la idea de futilidad.

Médico y escritor

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