En el mundo de las pandemias, las peores son producto del ser humano. Derivadas de sus acciones e inacciones, las conductas inadecuadas y con frecuencia irracionales de nuestra especie han producido innumerables problemas. A nivel global, hemos enfermado a la Tierra; en el mundo, las guerras han sido y son inmensas catástrofes; en la sociedad, las groseras diferencias económicas son irrespirables: cuarenta por ciento de la población pervive con menos de 120 pesos al día, y, a nivel individual, el mal uso de medicamentos ha contribuido a la muerte de cientos de miles de personas.

La resistencia bacteriana a antibióticos es, y será, una pandemia imposible de controlar: un porcentaje considerable de las víctimas habitan en países pobres. La espiral es clara: la mediocre atención a la salud debido a la miseria impide utilizar antibióticos de segunda línea por costosos cuando han fallado los anteriores (más sencillos). Además, en naciones depauperadas, se tiene la pésima costumbre de prescribirlos en exceso, la mayoría de las veces por laxitud y/o ignorancia médica.

La resistencia a antibióticos se produce cuando las bacterias sufren cambios al verse expuestas a los antimicrobianos. La razón fundamental es su uso inadecuado: muchos problemas infecciosos no requieren antibióticos. Dichos errores se asocian a una nueva espiral: la falla terapéutica se vincula con la persistencia de la infección, lo cual, a su vez, aumenta el riesgo de propagación de la bacteria así como la posibilidad de una segunda infección.

El uso impropio deviene una tercera espiral: la resistencia a los antibióticos aumenta la estancia hospitalaria, incrementa los gastos y se asocia a mayor mortalidad.

Hay quienes aseguran que la resistencia a los antibióticos es una amenaza para la salud mundial. No se equivocan. Los expertos hablan de prevención. Alimentación sana, agua potable, sistemas de salud funcionales disminuyen el número de infecciones. En medicina, la prevención es una de las piedras angulares. De no mejorar la situación del cuarenta por ciento de la población mundial el panorama continuará empeorando. Se calcula que en 2050 morirán diez millones de personas. Y morirán después de estancias hospitalarias prolongadas. La cuarta espiral reta: a mayor pobreza, menor prevención; a mayor resistencia mayores gastos imposibles de costear en países pobres.

Algunas personas denominan a la resistencia a los antibióticos, la “pandemia silenciosa”. No concuerdo con la idea. No es silenciosa: en 2019 acabó con la vida de un millón doscientas mil personas. Ese mismo año fallecieron 860 mil debido al sida y 640 mil por paludismo. Los números son claros y alarmantes. De acuerdo a estudios científicos, el mismo año la resistencia jugó algún papel en enfermedades responsables de la muerte de poco más de cinco millones de seres humanos. Quinta y última espiral: las comorbilidades, i.e., la asociación de dos o más procesos patológicos sucede cuando la causa inicial no responde al tratamiento. Médicos y no médicos conocen esa realidad.

Los microbios han aprendido a escaparse a los antibióticos. Son “inteligentes”. En cambio, nuestra especie es una calamidad. Escribí al inicio, “en el mundo de las pandemias, las peores son producto del ser humano”. En efecto, en unos países la gente muere por el mal uso de antibióticos, mientras que en las naciones pobres algunos fenecen por la falta de ellos. Nuestra especie se equivoca y después se vuelve a equivocar: entre más tiempo transcurre más paradojas dan cuenta de nuestro modus vivendi.

Médico y escritor

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