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13/10/2019
01:05
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En ocasiones es difícil saber la verdad. Lo es más cuando esta incumbe al ser humano. Demasiadas noticias, innumerables escritos históricos y científicos, incontables versiones, algunas veraces, otras falsas, dificultan concluir y llegar a la “verdad”. Dudé en utilizar la palabra verdad, por eso la entrecomillé. Si algún día releo este breve texto decidiré si fue afortunada mi decisión; lo mismo pienso y deseo le ocurra a quien lo lea.

¿Quién pobló primero la Tierra: el ser humano o los animales? La respuesta divide en dos a la población: los creyentes apuestan por “su orden”: algunas creencias piensan que fue el ser humano, otras que insectos y animales. A los descreídos nos da igual el orden o el desorden; no así las consecuencias ni la lúgubre realidad de la Tierra herida que año tras año se agrava. La pregunta previa proviene de la siguiente: ¿Cómo sería la Tierra sin seres humanos?, cuestión, lo sé, con una dosis de sin sentido, el cual espero disminuya a partir de las siguientes disquisiciones. Inicio: El ser humano es “causa y consecuencia”.

Nuestra especie empezó a poblar la Tierra aproximadamente hace dos millones y medio de años. Poco a poco, gracias al fuego, a la caza, a la rueda y a la modificación de la vida nómada, su status en la Tierra cambió y por ende las relaciones con ella. Todo se transformó; la estructura natural de nuestra casa empezó a ser utilizada por la especie humana. Agua, ríos, mares, tierra, árboles, población animal, insectos, praderas marinas, bosques y todo lo que incluye la palabra Naturaleza cambió debido a la presencia del ser humano.

Muchas acciones devinieron variaciones positivas: salud, agua potable, transporte, y entre otras, casas; algunas, al principio, sin calcularse las consecuencias futuras —era imposible hacerlo— modificaron, primero, poco a poco la ecología y después con celeridad extrema. Hoy hemos empezado a pagar por nuestra irresponsabilidad. Creer que somos los dueños de la Tierra y de sus habitantes naturales ha sido un grave error. Hemos perturbado el equilibrio de plantas, insectos, animales y otros habitantes indispensables para nuestra vida y nuestra morada como son agua dulce y salada, aire y árboles.

Lo mismo debe pensarse en cuanto al silencio, espacio que merece más atención. Hemos alterado la música propia y el silencio de la Naturaleza. Los cánticos de los pájaros, el ulular del viento, los zumbidos de insectos y abejorros, la música de la lluvia y el lenguaje de árboles y plantas expuestos a la fuerza del viento han cambiado o se han perdido. Industria, automóviles y aviones han roto esa armonía y han inundado a la Naturaleza de ruidos ajenos a ella y a nuestra especie la han sometido a un mundo ruidoso donde el silencio, bienhechor y codiciado espacio, desaparece y desaparece…

Arremetemos con todo, contra nuestra casa e incluso contra los escasos grupos indígenas bolivianos, peruanos o de otros lares cuya vida se entremezcla en armonía con la Naturaleza, sin que a ellos les interesen parámetros propios de la toxicidad de humanos racistas, tales como longevidad, impuestos, vida burocrática o establecimientos propios de nuestro medio, bancos, burós políticos, ejércitos “buenos y malos”, prediales y un inmenso, abominable e interminable etcétera.

Arrasamos con todo lo que está a nuestro alcance y con incontables pares sin que importe si están o no cerca de nosotros. Los desequilibrios producidos por la especie humana contra símiles y contra la casa Tierra no deben achacarse a nuestros ancestros: ellos ignoraban las consecuencias producto de sus actividades. No nos engañemos: desde hace más de un siglo, las advertencias científicas y filosóficas sobre el deterioro de la salud de la Tierra son legión.

Destaca, entre los argumentos esgrimidos desde hace décadas, una palabra: supervivencia. Supervivencia del ser humano, de la sociedad y de la Tierra. A diferencia de la oración que encabeza este texto, hoy no es difícil saber la verdad: El ser humano es el cáncer de la Tierra.


Médico

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor de la Facultad de Medicina, UNAM. Miembro del Colegio de Bioética. Colabora mensualmente en la revista Nexos. En 2013 publicó "Decir adiós, decirse adiós" (Mondadori).

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