Inquietan los tiempos actuales. Siempre ha sucedido lo mismo, supongo.

Los años acumulados permiten mirar de otra(s) forma(s). En ocasiones con mejor definición, otras veces el tiempo deforma y las imágenes no son nítidas. Lo que ha desaparecido o desaparecerá o se usará menos y caerá en los cestos de basura de la historia es producto, para bien, para mal, de la actividad humana: el interludio entre uno y otro calificativo, útil e inútil, es inmenso. Nuccio Ordine (La utilidad de lo inútil. Manifiesto, Acantilado, 2013) ilustra: “Ciertamente no es fácil entender, en un mundo como el nuestro dominado por el Homo oeconomicus, la utilidad de lo inútil, y, sobre todo, la inutilidad de lo útil (¿cuántos bienes de consumo innecesarios se nos venden como útiles e indispensables?)”.

Espacios amables y bellos —útiles— tienden, con celeridad a enmohecer y/o a volatilizarse: carteros, telegramas, casetas telefónicas, bibliotecas, cine clubes, sesiones de ajedrez al aire libre, grupos de filatelia, etcétera, son ejemplos actuales, entre vivos y muertos (moribundos es término ad hoc) de un pasado no tan lejano en el tiempo, pero sí lejano en la realidad. Todo lo enunciado ha sido reemplazado, llevado a menos o desechado. Ni para bien ni para mal, Cantinflas dixit. Todo se resume al correr de la vida. De saudade también se vive y se muere, escribiría el poeta.

El periódico de papel entra en ese rubro. Aunque menos vivo, sigue vivo. Una vieja fotografía del New York Times lo explica: siete personas aguardan en la parada del autobús. De los siete, hombres y mujeres, sólo uno no lee el periódico. El resto tiene sumida la cara en él. Esa vivencia ha desaparecido por diversas razones. La fundamental no es económica, es otra: poco se lee en periódicos en papel. La relación es inversamente proporcional: entre menos se recurra a ellos, menor la producción; entre menor la oferta, mayores las amenazas económicas/laborales sobre las casas periodísticas.

Me imagino, no hay “estudios” al respecto, que en la actualidad, en la mayoría de los hogares no se leen periódicos de papel. Los niños no ven a los padres leerlos y por ende poco saben de ellos. Desconocen su importancia. La televisión quizás supla un tanto esa función, pero, si acaso lo hace, es diferente. Sentarse y leer exige; ver el televisor es sencillo. Observar a los progenitores leer, siembra. Escucharlos comentar tiende puentes. Leerlo en la computadora ofrece la misma información. Sin embargo, tocar y compartir el periódico vivo nutre mejor. Intercambiar secciones e incluso subrayar alguna noticia aviva la convivencia. Lo saben quienes lo han experimentado.

No todas las costumbres son positivas. La de sentarse al lado de periódicos de papel y degustar o enfadarse con sus noticias fue y es un hábito sano. La modernidad tiende a sepultar. Sepulta lo que le resulta inconveniente y lo reemplaza con celeridad. Elimina costumbres e impone reglas nuevas. Por ejemplo, la de ser atendida por robots y robotas como sucede en algunos hoteles en Japón.

La humanidad, conforme avanzan los conocimientos y se prioriza lo económico, desdibuja bienes y necesidades del pasado, como las enunciadas líneas atrás. Nuestra especie se encamina a un desfiladero sui géneris donde el ser humano dejará de ser el ente que ahora somos. En efecto, inquietan los tiempos actuales. Si olvidamos y sepultamos los clubes de filatelia —casi ya no hay correo—, los cineclubs, los torneos de ajedrez al aire libre, la lectura de los periódicos en parques públicos, etcétera, y mientras florece la inteligencia artificial y con ella la generación de “otros” seres humanos, nuestra especie no será como la actual: ¿mejor?, ¿peor?, otra…

Médico y escritor

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